/ miércoles 24 de julio de 2019

Austeridad

Uno de los signos del nuevo gobierno federal es el llamado a la austeridad y la puesta en práctica de la misma, para bien o para mal.

El término austeridad procede del latín “austeritas”, áspero, difícil, y éste del griego “austerós”, áspero, seco. Aunque su significado ha ido variando se puede definir como severidad y rigidez en la forma de obrar o vivir, o como sencillez, sobriedad, moderación o ausencia de lujos o adornos.

La austeridad se puede aplicar tanto en los ámbitos individual o familiar como en los sociales o públicos, y qué bueno que se haga si las condiciones lo ameritan.

Hoy vivimos una situación general que difícilmente nos induce a ser austeros, por el contrario el consumismo –a veces desaforado- y las necesidades ficticias están a la orden del día.

En el campo individual y familiar son pocas las personas que buscan de por sí o practican la austeridad, otras que por su baja condición económica o de pobreza se ven forzadas a efectuarla para equilibrar –y unos ni eso- sus finanzas.

En los ambientes social, laboral o gubernamental, la austeridad tampoco goza de buenas simpatías, toda vez que muchas personas buscan tener una vida mejor económicamente hablando, subir en la escala social, gozar de comodidades y adelantos técnicos, trabajar menos y ganar más, mantener servicios y prebendas que consideran derechos, vivir “a lo grande”, no soltar los puestos donde puedan obtener más ganancias.

Si el nuevo gobierno promueve la austeridad en su sentido pleno, gracias sean dadas, pero si bajo esa bandera se crean situaciones de inconformidad, sin análisis serios para aplicarla en ciertos rubros, se afectan a núcleos de personas para favorecer a determinados grupos, se modifican y recortan presupuestos en campos clave como la salud, cuidados infantiles, promoción de la mujer, apoyos al deporte o la cultura, la cosa no resulta sana.

La austeridad en el ser y en el obrar es una virtud que podemos y debemos promover en las personas que nos rodean, pero no aplicar el concepto a rajatabla.

A nivel público resulta necesario determinar, bajo un estudio serio, dónde y cómo se puede ser austero, evitando lujos y gastos innecesarios o desperdicios que deben evitarse. La lucha contra la corrupción también atraviesa por una austeridad sana que favorezca al bien común. ¿Lo ven?





Uno de los signos del nuevo gobierno federal es el llamado a la austeridad y la puesta en práctica de la misma, para bien o para mal.

El término austeridad procede del latín “austeritas”, áspero, difícil, y éste del griego “austerós”, áspero, seco. Aunque su significado ha ido variando se puede definir como severidad y rigidez en la forma de obrar o vivir, o como sencillez, sobriedad, moderación o ausencia de lujos o adornos.

La austeridad se puede aplicar tanto en los ámbitos individual o familiar como en los sociales o públicos, y qué bueno que se haga si las condiciones lo ameritan.

Hoy vivimos una situación general que difícilmente nos induce a ser austeros, por el contrario el consumismo –a veces desaforado- y las necesidades ficticias están a la orden del día.

En el campo individual y familiar son pocas las personas que buscan de por sí o practican la austeridad, otras que por su baja condición económica o de pobreza se ven forzadas a efectuarla para equilibrar –y unos ni eso- sus finanzas.

En los ambientes social, laboral o gubernamental, la austeridad tampoco goza de buenas simpatías, toda vez que muchas personas buscan tener una vida mejor económicamente hablando, subir en la escala social, gozar de comodidades y adelantos técnicos, trabajar menos y ganar más, mantener servicios y prebendas que consideran derechos, vivir “a lo grande”, no soltar los puestos donde puedan obtener más ganancias.

Si el nuevo gobierno promueve la austeridad en su sentido pleno, gracias sean dadas, pero si bajo esa bandera se crean situaciones de inconformidad, sin análisis serios para aplicarla en ciertos rubros, se afectan a núcleos de personas para favorecer a determinados grupos, se modifican y recortan presupuestos en campos clave como la salud, cuidados infantiles, promoción de la mujer, apoyos al deporte o la cultura, la cosa no resulta sana.

La austeridad en el ser y en el obrar es una virtud que podemos y debemos promover en las personas que nos rodean, pero no aplicar el concepto a rajatabla.

A nivel público resulta necesario determinar, bajo un estudio serio, dónde y cómo se puede ser austero, evitando lujos y gastos innecesarios o desperdicios que deben evitarse. La lucha contra la corrupción también atraviesa por una austeridad sana que favorezca al bien común. ¿Lo ven?





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