/ viernes 19 de junio de 2020

Conmigo o contra mí; de la confrontación al diálogo

Antagonismo es la “contrariedad, rivalidad, oposición sustancial o habitual, especialmente en doctrinas y opiniones”, según la Real Academia Española. Podemos afirmar que dicha relación se registra lo mismo entre individuos que entre grupos o sociedades. Entre personas y entre organizaciones de personas suele haber confrontación por sus creencias y valores.

El choque de ideas o creencias es parte de la naturaleza de la comunidad humana. Resulta inevitable el desacuerdo cuando los seres humanos nos tratamos y construimos así nuestra vida social, económica, política y cultural. En las relaciones sociales siempre hay pugna, competencia, desacuerdo; así es la vida en común.

Adversarios o adeptos

Cuando elaboramos un proyecto para hacer realidad nuestra visión, procuramos identificar muy bien lo que nos va a ayudar y lo que nos va a estorbar. En nuestra relación con los otros aplicamos este discernimiento y marcamos muy bien a quienes nos ayudan en el logro de nuestras metas, pero igualmente marcamos a quienes nos obstaculizan con afán opositor.

Así nace esta simple y básica división de nuestra vida social: los que están conmigo y los que están contra mí. Pero es tan simple y tan básica dicha división, que corremos el riesgo de incurrir en el falso dilema, una falacia muy usada por los amantes de la confrontación.

El que alguien no me apoye, no significa que esté en contra mía; y el que alguien no sea mi adversario, tampoco significa que sea mi adepto. Es decir, existe el grupo de los que no están ni a favor ni en contra de mi proyecto, sea en su todo o en sus partes.

Confrontación

El espíritu de confrontación muchas veces nos lleva a sostener esa división de las personas en torno a nuestro proyecto, y entonces marcamos la línea que separa a los amigos de los enemigos, a los buenos de los malos, a los leales de los traidores, a los virtuosos de los viciosos.

El falso dilema viene en armonía con el maniqueísmo, una actitud que se fundamenta en el principio de que se es bueno o se es malo, sin términos medios; así que por pequeña que sea la diferencia que alguien tenga con mi proyecto, por un mínimo aspecto del mismo que no le convenza, no hay de otra: está en mi contra, es corrupto, es malo.

El espíritu de confrontación impide un margen de tolerancia que bien puede servir para el encuentro y el diálogo.

Diálogo

Para una vida comunitaria constructiva, es necesario el diálogo, con el cual anteponemos la flexibilidad del proyecto y el respeto al derecho que los otros tienen a disentir. Que alguien esté en desacuerdo -sea en todo o parte- de mi proyecto, no le convierte en mi enemigo, pero sí en valioso interlocutor.

La actitud crítica no es opositora de nadie. A ella se le convence, no se le impone. La razón no produce adversarios, como tampoco adeptos. El diálogo ayuda a encontrarnos racionalmente con quien no piensa como nosotros sin verle como enemigo.



Antagonismo es la “contrariedad, rivalidad, oposición sustancial o habitual, especialmente en doctrinas y opiniones”, según la Real Academia Española. Podemos afirmar que dicha relación se registra lo mismo entre individuos que entre grupos o sociedades. Entre personas y entre organizaciones de personas suele haber confrontación por sus creencias y valores.

El choque de ideas o creencias es parte de la naturaleza de la comunidad humana. Resulta inevitable el desacuerdo cuando los seres humanos nos tratamos y construimos así nuestra vida social, económica, política y cultural. En las relaciones sociales siempre hay pugna, competencia, desacuerdo; así es la vida en común.

Adversarios o adeptos

Cuando elaboramos un proyecto para hacer realidad nuestra visión, procuramos identificar muy bien lo que nos va a ayudar y lo que nos va a estorbar. En nuestra relación con los otros aplicamos este discernimiento y marcamos muy bien a quienes nos ayudan en el logro de nuestras metas, pero igualmente marcamos a quienes nos obstaculizan con afán opositor.

Así nace esta simple y básica división de nuestra vida social: los que están conmigo y los que están contra mí. Pero es tan simple y tan básica dicha división, que corremos el riesgo de incurrir en el falso dilema, una falacia muy usada por los amantes de la confrontación.

El que alguien no me apoye, no significa que esté en contra mía; y el que alguien no sea mi adversario, tampoco significa que sea mi adepto. Es decir, existe el grupo de los que no están ni a favor ni en contra de mi proyecto, sea en su todo o en sus partes.

Confrontación

El espíritu de confrontación muchas veces nos lleva a sostener esa división de las personas en torno a nuestro proyecto, y entonces marcamos la línea que separa a los amigos de los enemigos, a los buenos de los malos, a los leales de los traidores, a los virtuosos de los viciosos.

El falso dilema viene en armonía con el maniqueísmo, una actitud que se fundamenta en el principio de que se es bueno o se es malo, sin términos medios; así que por pequeña que sea la diferencia que alguien tenga con mi proyecto, por un mínimo aspecto del mismo que no le convenza, no hay de otra: está en mi contra, es corrupto, es malo.

El espíritu de confrontación impide un margen de tolerancia que bien puede servir para el encuentro y el diálogo.

Diálogo

Para una vida comunitaria constructiva, es necesario el diálogo, con el cual anteponemos la flexibilidad del proyecto y el respeto al derecho que los otros tienen a disentir. Que alguien esté en desacuerdo -sea en todo o parte- de mi proyecto, no le convierte en mi enemigo, pero sí en valioso interlocutor.

La actitud crítica no es opositora de nadie. A ella se le convence, no se le impone. La razón no produce adversarios, como tampoco adeptos. El diálogo ayuda a encontrarnos racionalmente con quien no piensa como nosotros sin verle como enemigo.



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