/ miércoles 17 de noviembre de 2021

Consume local

Por Sebastián Sáenz Nieto

Desde el 2020 hasta lo que se lleva del año, alcanzamos a ver en redes sociales el asomo de los nuevos emprendedores cuyo objetivo ha sido el sobrevivir a la crisis económica que ha generado la pandemia por COVID-19. A nuestras actividades de ocio le agregamos el ver en las historias de Instagram reseñas de comida, ropa de segunda mano, fundas para celular, entre otros productos más. Claro está que como sociedad nos hemos ido echando la mano en tiempos tan difíciles para poder estabilizarnos y salir adelante como colectividad.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de visitar el asentamiento Tarahumara que se encuentra a pocos minutos de mi casa. Conocí a Pilar y a María Elena, dos mujeres jóvenes que trabajan en el taller de costura del asentamiento.

Tanto María Elena y Pilar, como todos los residentes del asentamiento, son personas emprendedoras. Al igual que nosotros han sudado sangre y no solamente desde que comenzó la pandemia. Tienen una historia desde años atrás, cuando vivían en casas hechas de tablas, hules y alambres. Su reto más grande, el sobrevivir al invierno con tan sólo unos pocos sarapes, maíz y el poco calor que brindaban las brasas de la hoguera común.

Olvidados por el gobierno y marginados por la sociedad, tildados de personas vividoras que solamente piden dinero en la calle, de adictos o dipsómanos, cuando la realidad, no es la idea universal que tienen unos cuantos. Tanto hombres como mujeres trabajan jornadas de 8 horas en el campo. En los talleres que se gestionaron, elaboran pinole, productos a base de maíz, así como la confección de prendas típicas de su etnia y los cubrebocas tan necesarios en la nueva realidad. Todos estos artículos comienzan a comercializarlos fundando una cooperativa llamada Napawika para dar a conocer su marca y llegar a más personas.

Es por medio de reportajes que nos damos cuenta sobre el arduo y honesto trabajo que la misma comunidad Rarámuri ha hecho para ganarse un puesto en la sociedad, al igual que nosotros. La desemejanza que pueda existir entre ellos y los demás emprendedores, es la dificultad que se tiene en el acceso a las redes sociales como para promocionar su marca y golpear esa parte del mercado; sin embargo, ahí han estado siempre superándose y tratando de sobrevivir.

No quieren que se les den las cosas, quieren hacerlas, trabajar y lograr un asentamiento sostenible e independiente. Un buen gobernante, es aquel que deje de verlos como una estrategia de mercadotecnia política, que los incluya, asimismo les permita decidir y no caer en simulaciones.

Aún existe mucho trabajo por hacer como sociedad para llegar a la inclusión total y a la discriminación cero.

Todo está en la difusión, apoyemos a nuestros amigos y familiares en sus nuevos negocios, compartamos en nuestras redes, pero no olvidemos a María Elena, Pilar y muchas otras personas que, a pesar de no verlas en internet, merecen ser encontradas, ser reconocidas por su gran esfuerzo y emprendimiento. Únete y consume local.


Por Sebastián Sáenz Nieto

Desde el 2020 hasta lo que se lleva del año, alcanzamos a ver en redes sociales el asomo de los nuevos emprendedores cuyo objetivo ha sido el sobrevivir a la crisis económica que ha generado la pandemia por COVID-19. A nuestras actividades de ocio le agregamos el ver en las historias de Instagram reseñas de comida, ropa de segunda mano, fundas para celular, entre otros productos más. Claro está que como sociedad nos hemos ido echando la mano en tiempos tan difíciles para poder estabilizarnos y salir adelante como colectividad.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de visitar el asentamiento Tarahumara que se encuentra a pocos minutos de mi casa. Conocí a Pilar y a María Elena, dos mujeres jóvenes que trabajan en el taller de costura del asentamiento.

Tanto María Elena y Pilar, como todos los residentes del asentamiento, son personas emprendedoras. Al igual que nosotros han sudado sangre y no solamente desde que comenzó la pandemia. Tienen una historia desde años atrás, cuando vivían en casas hechas de tablas, hules y alambres. Su reto más grande, el sobrevivir al invierno con tan sólo unos pocos sarapes, maíz y el poco calor que brindaban las brasas de la hoguera común.

Olvidados por el gobierno y marginados por la sociedad, tildados de personas vividoras que solamente piden dinero en la calle, de adictos o dipsómanos, cuando la realidad, no es la idea universal que tienen unos cuantos. Tanto hombres como mujeres trabajan jornadas de 8 horas en el campo. En los talleres que se gestionaron, elaboran pinole, productos a base de maíz, así como la confección de prendas típicas de su etnia y los cubrebocas tan necesarios en la nueva realidad. Todos estos artículos comienzan a comercializarlos fundando una cooperativa llamada Napawika para dar a conocer su marca y llegar a más personas.

Es por medio de reportajes que nos damos cuenta sobre el arduo y honesto trabajo que la misma comunidad Rarámuri ha hecho para ganarse un puesto en la sociedad, al igual que nosotros. La desemejanza que pueda existir entre ellos y los demás emprendedores, es la dificultad que se tiene en el acceso a las redes sociales como para promocionar su marca y golpear esa parte del mercado; sin embargo, ahí han estado siempre superándose y tratando de sobrevivir.

No quieren que se les den las cosas, quieren hacerlas, trabajar y lograr un asentamiento sostenible e independiente. Un buen gobernante, es aquel que deje de verlos como una estrategia de mercadotecnia política, que los incluya, asimismo les permita decidir y no caer en simulaciones.

Aún existe mucho trabajo por hacer como sociedad para llegar a la inclusión total y a la discriminación cero.

Todo está en la difusión, apoyemos a nuestros amigos y familiares en sus nuevos negocios, compartamos en nuestras redes, pero no olvidemos a María Elena, Pilar y muchas otras personas que, a pesar de no verlas en internet, merecen ser encontradas, ser reconocidas por su gran esfuerzo y emprendimiento. Únete y consume local.


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