/ viernes 19 de julio de 2019

Educación ambiental como prioridad

Conocer y comprender la complejidad de nuestro medioambiente parece ser el gran reto de la educación en la época actual. El entorno en el que vivimos y convivimos con otros seres (no sólo humanos) es el objeto al que deben enfocarse las instituciones educativas en su responsabilidad formativa.

Nuestra formación como seres racionales, integrales, es la llave para abrir esa puerta que nos permita salir de este grave momento que en materia ambiental atravesamos como consecuencia de nuestras omisiones y abusos. Hay que ocuparnos de nuestra educación ambiental, tanto en lo individual como en lo colectivo.

Pero una educación ambiental consiste en mucho más que campañas aisladas (así sean intensas) contra el uso de popotes de plástico o para plantar un árbol, acciones que valen –indudablemente- pero la formación integral requiere de un plan estratégico que sistematice nuestros conocimientos, valores y decisiones que tienen que ver con el medioambiente.

Cada día más personas e instituciones se comprometen con una amplia visión en materia ambiental, promoviendo la ética frente la realidad que nos impone retos importantes que ya no se pueden soslayar más. Esto es lo que realmente vale: el compromiso con retomar una correcta relación con nuestro entorno.

Rumbo a dicho compromiso debe encaminarse, al final de cuentas, la educación ambiental, la cual debería ocupar un lugar especial en el mapa curricular de las instituciones encargadas de nuestra formación. El daño al ambiente es enorme, y en esa misma medida deben ser el compromiso y la responsabilidad para repararlo.

La Unesco señala que “tenemos ante nosotros el desafío de encontrar en la crisis una ocasión para ‘reinventar’ de forma creativa nuestra manera de entender y relacionarnos con el mundo” (https://www.unescoetxea.org). No sólo se trata de encarar el problema con tecnologías, sino con valores; la educación ambiental debe ser técnica y ética al mismo tiempo.

Una educación ambiental deberá sistematizar los medios y los fines, la teoría y la práctica, siempre sobre una base ética que nos justifique y motive a ser mejores. Gran desafío.


Conocer y comprender la complejidad de nuestro medioambiente parece ser el gran reto de la educación en la época actual. El entorno en el que vivimos y convivimos con otros seres (no sólo humanos) es el objeto al que deben enfocarse las instituciones educativas en su responsabilidad formativa.

Nuestra formación como seres racionales, integrales, es la llave para abrir esa puerta que nos permita salir de este grave momento que en materia ambiental atravesamos como consecuencia de nuestras omisiones y abusos. Hay que ocuparnos de nuestra educación ambiental, tanto en lo individual como en lo colectivo.

Pero una educación ambiental consiste en mucho más que campañas aisladas (así sean intensas) contra el uso de popotes de plástico o para plantar un árbol, acciones que valen –indudablemente- pero la formación integral requiere de un plan estratégico que sistematice nuestros conocimientos, valores y decisiones que tienen que ver con el medioambiente.

Cada día más personas e instituciones se comprometen con una amplia visión en materia ambiental, promoviendo la ética frente la realidad que nos impone retos importantes que ya no se pueden soslayar más. Esto es lo que realmente vale: el compromiso con retomar una correcta relación con nuestro entorno.

Rumbo a dicho compromiso debe encaminarse, al final de cuentas, la educación ambiental, la cual debería ocupar un lugar especial en el mapa curricular de las instituciones encargadas de nuestra formación. El daño al ambiente es enorme, y en esa misma medida deben ser el compromiso y la responsabilidad para repararlo.

La Unesco señala que “tenemos ante nosotros el desafío de encontrar en la crisis una ocasión para ‘reinventar’ de forma creativa nuestra manera de entender y relacionarnos con el mundo” (https://www.unescoetxea.org). No sólo se trata de encarar el problema con tecnologías, sino con valores; la educación ambiental debe ser técnica y ética al mismo tiempo.

Una educación ambiental deberá sistematizar los medios y los fines, la teoría y la práctica, siempre sobre una base ética que nos justifique y motive a ser mejores. Gran desafío.


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