/ miércoles 25 de noviembre de 2020

El altruismo genuino

Aunque el concepto ha llegado a ser manoseado por diversos intereses, se acerca el tiempo en que esa rara práctica de compartir sin esperar nada a cambio se multiplica; pero no se necesita llegar a una época determinada para compartir. Aclaro: dije rara práctica, porque a veces queremos que todo el mundo sepa que andamos haciendo obras de beneficencia.
Y como el altruismo genuino no busca reflectores, quisiera citar de manera muy simple y lo más discreto que pueda, una historia que acabo de conocer; será sin nombres, porque así fue pactado, pero lo que busco es que quizá más personas hagamos algo similar, pues el ejemplo, de verdad, me ha conmovido.
Son siete integrantes de un grupo de jóvenes de no más de 20 años cada uno; se trata de cuatro mujeres y tres hombres. Están a mitad o un poco menos, de sus respectivas carreras profesionales y de lunes a sábado invierten la mayor parte de su tiempo en el estudio, las clases virtuales, sus procesos de investigación académica y demás actividades universitarias.
Es posible que en otras épocas -porque no se los pregunté-, sus tiempos libres sean como los de cualquier joven de su edad: amigos, antros, dormir, reunirse con la familia, salir con la novia o el novio, distraerse pues, en pocas palabras. Pero a partir de julio pasado, cuando esta grave situación de la pandemia nos obligó a replantear todas nuestras actividades, estos siete muchachos decidieron hacer algo distinto.

Los sábados a media tarde, en sus casas preparan alimentos muy sencillos, por supuesto con la ayuda del presupuesto de sus padres, y luego se reúnen en puntos específicos como hospitales, para entregar, con todos los cuidados posibles, burritos, sándwiches, café, aguas frescas y algún dulce.

La semana siguiente, el domingo, solicitan permiso en albergues para personas adultas mayores y este grupo de jovencitas y varones reúnen artículos de limpieza, también de aseo personal y se los llevan sin tener contacto con hombres y mujeres de edad avanzada, sin embargo, de pronto se dieron cuenta de la urgente necesidad que tenían en esos asilos de poder hablar y ser escuchados. Y estos siete muchachos se pusieron a platicar con ellos, con más que una sana distancia, pero sí con los más abandonados.

Por si fuera poco, en el tercer fin de semana planearon irse a un albergue para niñas y niños en situación de orfandad e hicieron lo mismo, pero ahora, con la novedad de que reunieron entre sus amigos y conocidos equipo de cómputo y lo habilitaron para que sus benefactores pudieran recibir clases en línea. Fueron, la primera vez, dos computadoras.

Y entonces, estos siete héroes anónimos comprendieron que la pandemia también puede ser sometida al proceso de análisis más viejo de la era moderna: el famoso FODAS. Por ello se aplicaron para saber, en términos muy simples cuáles son las fortalezas, las debilidades, las amenazas de convivir con este virus y su impacto, para obtener oportunidades. Cada fin de semana, desde julio pasado, han ayudado a crear mejores condiciones para algunos grupos vulnerables, en lo que es un verdadero altruismo genuino.

¿Por qué me llamó la atención esta historia? Se lo digo: porque no buscan reflectores ni aplausos, mucho menos reconocimientos. Es satisfacción personal y, “con una sonrisa que nos den es suficiente”, dicen.

¿Y sabe qué más?: Son jóvenes, hombres y mujeres, de una condición económica humilde, lo que hace más digna su actividad. Usted los encontrará alguna vez donde se les necesite, los va a observar sin que escuche ruido. Yo sólo escribo cosas comunes.

Aunque el concepto ha llegado a ser manoseado por diversos intereses, se acerca el tiempo en que esa rara práctica de compartir sin esperar nada a cambio se multiplica; pero no se necesita llegar a una época determinada para compartir. Aclaro: dije rara práctica, porque a veces queremos que todo el mundo sepa que andamos haciendo obras de beneficencia.
Y como el altruismo genuino no busca reflectores, quisiera citar de manera muy simple y lo más discreto que pueda, una historia que acabo de conocer; será sin nombres, porque así fue pactado, pero lo que busco es que quizá más personas hagamos algo similar, pues el ejemplo, de verdad, me ha conmovido.
Son siete integrantes de un grupo de jóvenes de no más de 20 años cada uno; se trata de cuatro mujeres y tres hombres. Están a mitad o un poco menos, de sus respectivas carreras profesionales y de lunes a sábado invierten la mayor parte de su tiempo en el estudio, las clases virtuales, sus procesos de investigación académica y demás actividades universitarias.
Es posible que en otras épocas -porque no se los pregunté-, sus tiempos libres sean como los de cualquier joven de su edad: amigos, antros, dormir, reunirse con la familia, salir con la novia o el novio, distraerse pues, en pocas palabras. Pero a partir de julio pasado, cuando esta grave situación de la pandemia nos obligó a replantear todas nuestras actividades, estos siete muchachos decidieron hacer algo distinto.

Los sábados a media tarde, en sus casas preparan alimentos muy sencillos, por supuesto con la ayuda del presupuesto de sus padres, y luego se reúnen en puntos específicos como hospitales, para entregar, con todos los cuidados posibles, burritos, sándwiches, café, aguas frescas y algún dulce.

La semana siguiente, el domingo, solicitan permiso en albergues para personas adultas mayores y este grupo de jovencitas y varones reúnen artículos de limpieza, también de aseo personal y se los llevan sin tener contacto con hombres y mujeres de edad avanzada, sin embargo, de pronto se dieron cuenta de la urgente necesidad que tenían en esos asilos de poder hablar y ser escuchados. Y estos siete muchachos se pusieron a platicar con ellos, con más que una sana distancia, pero sí con los más abandonados.

Por si fuera poco, en el tercer fin de semana planearon irse a un albergue para niñas y niños en situación de orfandad e hicieron lo mismo, pero ahora, con la novedad de que reunieron entre sus amigos y conocidos equipo de cómputo y lo habilitaron para que sus benefactores pudieran recibir clases en línea. Fueron, la primera vez, dos computadoras.

Y entonces, estos siete héroes anónimos comprendieron que la pandemia también puede ser sometida al proceso de análisis más viejo de la era moderna: el famoso FODAS. Por ello se aplicaron para saber, en términos muy simples cuáles son las fortalezas, las debilidades, las amenazas de convivir con este virus y su impacto, para obtener oportunidades. Cada fin de semana, desde julio pasado, han ayudado a crear mejores condiciones para algunos grupos vulnerables, en lo que es un verdadero altruismo genuino.

¿Por qué me llamó la atención esta historia? Se lo digo: porque no buscan reflectores ni aplausos, mucho menos reconocimientos. Es satisfacción personal y, “con una sonrisa que nos den es suficiente”, dicen.

¿Y sabe qué más?: Son jóvenes, hombres y mujeres, de una condición económica humilde, lo que hace más digna su actividad. Usted los encontrará alguna vez donde se les necesite, los va a observar sin que escuche ruido. Yo sólo escribo cosas comunes.

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