/ martes 19 de mayo de 2020

El buen articulista

Fernando Savater escribió que el buen articulista sabe que en cierto modo es un servidor público y que sus textos cumplen una función didáctica o lúdica, pero siempre social; se debe a la “polis” y a las obligaciones de nuestra comunidad. Estos tiempos de Covid-19 ha sido un ejemplo de cómo éstos salieron a la batalla, más cuando el Gobierno comenzó a sesgar la información. Varias personas la confrontaron por diversos medios, entre ellos, escritores; objetivaron el pensamiento y lo compartieron, cumpliendo una función social de informar. Cuando el fenómeno se cruzó con temas como las desigualdades, la pobreza, violaciones a derechos humanos, falta de gobernabilidad y muchos más, de nuevo surgieron articulistas, cada uno abordando las temáticas desde diferentes ángulos. Cuando la información del Gobierno es sesgada, a veces no sirve de mucho opinar si las ideas no se difunden. Es como gritar las injusticias en el patio de la casa. El Estado ha demostrado ser débil en atender la crisis; se develaron errores desde la estructura que propició un aumento en las tensiones políticas y sociales. También mostró un sistema de salud insuficiente que nos hace confinarnos en el hogar. Hay una gran cantidad de pacientes que ingresan diariamente a los hospitales, cifras distintas a las que proporciona el Estado.

Hay un choque de incertidumbre. Se abusa de la información, es maquillada y se utiliza para fines políticos. La sociedad investiga otros datos, los no “oficiales” y la pregunta ahora es ¿a quién le creo?: a los números de López-Gatell o a los de la chica que trabaja en el Registro Civil, que muestra el número de defunciones diarias por “neumonía atípica” (que no coinciden); o al médico que se encuentra en el interior de un hospital que retrata la situación. De nuevo, los escritores cumplen la función de informar a la sociedad desde esta otra trinchera.

Surgen diversas posturas respecto a cómo será el mundo cuando esto acabe. Entiéndase “cuando” como una condición para que algo acontezca, quizás algún día, acto futuro de realización incierta. Por un lado, están las personas que sugieren que nada volverá a ser igual, incluso nosotros mismos, y nos transformaremos en seres más empáticos y bondadosos; por otro, los que aluden a que sólo será un paréntesis en nuestra vida y nada cambiará, seguiremos siendo los mismos individualistas, consumistas, egoístas, corruptos y, quizá peor. Ambas posturas son legítimas y válidas y los que piensen que las cosas no cambian, lo cierto es que sí habrá una variación en la organización social. Esta crisis ha evidenciado las fallas en distintos sistemas, entre ellos, el del derecho a la información, la cual debe ser veraz, verdadera y accesible. El articulista entonces se convierte en ese nuevo servidor público que brinda información de utilidad al servicio de los demás, ya no desde el Estado, sino desde la sociedad.

Fernando Savater escribió que el buen articulista sabe que en cierto modo es un servidor público y que sus textos cumplen una función didáctica o lúdica, pero siempre social; se debe a la “polis” y a las obligaciones de nuestra comunidad. Estos tiempos de Covid-19 ha sido un ejemplo de cómo éstos salieron a la batalla, más cuando el Gobierno comenzó a sesgar la información. Varias personas la confrontaron por diversos medios, entre ellos, escritores; objetivaron el pensamiento y lo compartieron, cumpliendo una función social de informar. Cuando el fenómeno se cruzó con temas como las desigualdades, la pobreza, violaciones a derechos humanos, falta de gobernabilidad y muchos más, de nuevo surgieron articulistas, cada uno abordando las temáticas desde diferentes ángulos. Cuando la información del Gobierno es sesgada, a veces no sirve de mucho opinar si las ideas no se difunden. Es como gritar las injusticias en el patio de la casa. El Estado ha demostrado ser débil en atender la crisis; se develaron errores desde la estructura que propició un aumento en las tensiones políticas y sociales. También mostró un sistema de salud insuficiente que nos hace confinarnos en el hogar. Hay una gran cantidad de pacientes que ingresan diariamente a los hospitales, cifras distintas a las que proporciona el Estado.

Hay un choque de incertidumbre. Se abusa de la información, es maquillada y se utiliza para fines políticos. La sociedad investiga otros datos, los no “oficiales” y la pregunta ahora es ¿a quién le creo?: a los números de López-Gatell o a los de la chica que trabaja en el Registro Civil, que muestra el número de defunciones diarias por “neumonía atípica” (que no coinciden); o al médico que se encuentra en el interior de un hospital que retrata la situación. De nuevo, los escritores cumplen la función de informar a la sociedad desde esta otra trinchera.

Surgen diversas posturas respecto a cómo será el mundo cuando esto acabe. Entiéndase “cuando” como una condición para que algo acontezca, quizás algún día, acto futuro de realización incierta. Por un lado, están las personas que sugieren que nada volverá a ser igual, incluso nosotros mismos, y nos transformaremos en seres más empáticos y bondadosos; por otro, los que aluden a que sólo será un paréntesis en nuestra vida y nada cambiará, seguiremos siendo los mismos individualistas, consumistas, egoístas, corruptos y, quizá peor. Ambas posturas son legítimas y válidas y los que piensen que las cosas no cambian, lo cierto es que sí habrá una variación en la organización social. Esta crisis ha evidenciado las fallas en distintos sistemas, entre ellos, el del derecho a la información, la cual debe ser veraz, verdadera y accesible. El articulista entonces se convierte en ese nuevo servidor público que brinda información de utilidad al servicio de los demás, ya no desde el Estado, sino desde la sociedad.