/ viernes 26 de octubre de 2018

El fin de la vida es la muerte

Me parece que es la única verdad aceptada absolutamente por todas las personas, también por los ateos. Todos hemos de morir. Pero como no se nos preguntó si queríamos nacer, tampoco se nos ha consultado cuándo queremos morir. No sabemos cómo moriremos. Si hacemos un recuento de nuestros abuelos o de nuestros bisabuelos, constataremos que ya murieron. Hemos conocido mucha gente que ya murió. No sólo los viejos mueren. Han muerto muchos niños, muchos jóvenes, muchos que vivían la madurez de la vida. Un día todos desapareceremos del mundo de la vida.

Siendo esta una verdad real: habremos de morir, no nos queda más que aceptar la verdad y disponernos a bien morir. Lo único que podemos heredar a nuestros parientes es nuestra forma de morir.

Desde que Cristo murió, la muerte ha tomado un sentido positivo. Si hemos muerto con él también viviremos con él. La novedad esencial de la muerte cristiana está en el bautismo. El cristiano está ya sacramentalmente muerto con Cristo para vivir una vida nueva.

La Iglesia enseña una manera de morir. Voy a citar algunos párrafos de escritores católicos.

Dice san Pablo en la carta a los Efesios, en 1,21: “Para mí la vida es Cristo, y morir es una ganancia”. “Deseo partir y estar con Cristo” (Flp 1,23).

Dice san Ignacio de Antioquía: "Para mí es mejor morir en Cristo que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a él que ha muerto por nosotros”.

Dice santa Teresa del Niño Jesús en una de sus cartas: “Mi deseo terreno ha sido crucificado. Hay en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí: ‘Ven al Padre’. Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir. Yo no muero, entro en la vida”.

Dice el prefacio de difuntos del misal romano: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.

La imitación de Cristo dice: “Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte”.

San Francisco de Asís dice en su Canto al Sol: “Y por la hermana muerte, ¡loado sea mi Señor! Ningún viviente escapa de su persecución; ¡ay si en pecado grave sorprende al pecador! ¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!”.




Me parece que es la única verdad aceptada absolutamente por todas las personas, también por los ateos. Todos hemos de morir. Pero como no se nos preguntó si queríamos nacer, tampoco se nos ha consultado cuándo queremos morir. No sabemos cómo moriremos. Si hacemos un recuento de nuestros abuelos o de nuestros bisabuelos, constataremos que ya murieron. Hemos conocido mucha gente que ya murió. No sólo los viejos mueren. Han muerto muchos niños, muchos jóvenes, muchos que vivían la madurez de la vida. Un día todos desapareceremos del mundo de la vida.

Siendo esta una verdad real: habremos de morir, no nos queda más que aceptar la verdad y disponernos a bien morir. Lo único que podemos heredar a nuestros parientes es nuestra forma de morir.

Desde que Cristo murió, la muerte ha tomado un sentido positivo. Si hemos muerto con él también viviremos con él. La novedad esencial de la muerte cristiana está en el bautismo. El cristiano está ya sacramentalmente muerto con Cristo para vivir una vida nueva.

La Iglesia enseña una manera de morir. Voy a citar algunos párrafos de escritores católicos.

Dice san Pablo en la carta a los Efesios, en 1,21: “Para mí la vida es Cristo, y morir es una ganancia”. “Deseo partir y estar con Cristo” (Flp 1,23).

Dice san Ignacio de Antioquía: "Para mí es mejor morir en Cristo que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a él que ha muerto por nosotros”.

Dice santa Teresa del Niño Jesús en una de sus cartas: “Mi deseo terreno ha sido crucificado. Hay en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí: ‘Ven al Padre’. Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir. Yo no muero, entro en la vida”.

Dice el prefacio de difuntos del misal romano: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.

La imitación de Cristo dice: “Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte”.

San Francisco de Asís dice en su Canto al Sol: “Y por la hermana muerte, ¡loado sea mi Señor! Ningún viviente escapa de su persecución; ¡ay si en pecado grave sorprende al pecador! ¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!”.




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