/ viernes 10 de abril de 2020

El plan y el escepticismo

Muchos planes de gobierno, por mucho que sea el entusiasmo con que se anuncien, no siempre se ganan la confianza de los gobernados. La esperanza de buenos resultados no siempre es compartida -ni tiene porque serlo-, sobre todo en tiempos de crisis, tiempos de incertidumbre.

El plan de reactivación económica que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha presentado no solo despierta desconfianza en una gran porción de los mexicanos, sino que también ha generado (para no variar) una polarización en la opinión pública se plasma en redes sociales y medios de comunicación.

La propuesta de AMLO se enmarca en un triángulo –por decirlo de manera figurativa-: inversión pública en lo social y económico, el empleo y la austeridad (republicana). Más allá de esto y dejando fuera su retórica ideológica, no hay más, y esto decepciona a muchos.

El sector progobiernista mexicano manifiesta su aprecio ante lo anunciado por el presidente, expresando elogios y haciendo oír sus aplausos. Hay quienes confían (racional o apasionadamente) en el proyecto, manteniendo esperanzas en el logro de las metas.

Sin embargo, no son pocos los que nutren el grupo opuesto, el de los escépticos, entre los que hay muy racionales y otros no tanto. En esta parcela se respira la desilusión y la decepción que inspiran un discurso catastrofista. Para estos mexicanos el plan de AMLO es, en una palabra, irrealizable.

El presidente de México hizo la siguiente promesa: “vamos a crear en nueve meses, dos millones de nuevos empleos”. Ante ello, la crítica más consistente parece venir desde los grupos empresariales, en donde se destaca la imposibilidad de generar esa cantidad de empleos, sobre todo en tiempos de recesión y en el marco de una pandemia.

También se estima desde la iniciativa privada que la generación de empleos es un reto en el cual participan de manera determinante los empresarios, quienes –por cierto- se quedaron esperando algún anuncio oficial que les permita sobrellevar la crisis (“transitoria”), de la cual no se puede decir cuándo acabará.

Así, sostienen los críticos, sin el apoyo del gobierno a las empresas, la generación de tantos empleos no puede efectuarse, sobre todo porque el Estado no está diseñado para una acometida de ese orden. Esta crítica, insisto, es racional más que visceral, aunque no podemos asegurar que todo el empresariado carezca de cierto dolo al momento de hacer señalamientos al gobierno.

Siempre hay escepticismo bien justificado, con argumentos sólidos, pero también hay actitudes de rechazo irracional. Hay quien no cree en el plan porque tiene razones para ello, y hay quien rechaza y descalifica nomás porque sí, sin argumentos. El buen planificador debe disponerse a comprender los argumentos de quienes le objetan.

Muchos planes de gobierno, por mucho que sea el entusiasmo con que se anuncien, no siempre se ganan la confianza de los gobernados. La esperanza de buenos resultados no siempre es compartida -ni tiene porque serlo-, sobre todo en tiempos de crisis, tiempos de incertidumbre.

El plan de reactivación económica que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha presentado no solo despierta desconfianza en una gran porción de los mexicanos, sino que también ha generado (para no variar) una polarización en la opinión pública se plasma en redes sociales y medios de comunicación.

La propuesta de AMLO se enmarca en un triángulo –por decirlo de manera figurativa-: inversión pública en lo social y económico, el empleo y la austeridad (republicana). Más allá de esto y dejando fuera su retórica ideológica, no hay más, y esto decepciona a muchos.

El sector progobiernista mexicano manifiesta su aprecio ante lo anunciado por el presidente, expresando elogios y haciendo oír sus aplausos. Hay quienes confían (racional o apasionadamente) en el proyecto, manteniendo esperanzas en el logro de las metas.

Sin embargo, no son pocos los que nutren el grupo opuesto, el de los escépticos, entre los que hay muy racionales y otros no tanto. En esta parcela se respira la desilusión y la decepción que inspiran un discurso catastrofista. Para estos mexicanos el plan de AMLO es, en una palabra, irrealizable.

El presidente de México hizo la siguiente promesa: “vamos a crear en nueve meses, dos millones de nuevos empleos”. Ante ello, la crítica más consistente parece venir desde los grupos empresariales, en donde se destaca la imposibilidad de generar esa cantidad de empleos, sobre todo en tiempos de recesión y en el marco de una pandemia.

También se estima desde la iniciativa privada que la generación de empleos es un reto en el cual participan de manera determinante los empresarios, quienes –por cierto- se quedaron esperando algún anuncio oficial que les permita sobrellevar la crisis (“transitoria”), de la cual no se puede decir cuándo acabará.

Así, sostienen los críticos, sin el apoyo del gobierno a las empresas, la generación de tantos empleos no puede efectuarse, sobre todo porque el Estado no está diseñado para una acometida de ese orden. Esta crítica, insisto, es racional más que visceral, aunque no podemos asegurar que todo el empresariado carezca de cierto dolo al momento de hacer señalamientos al gobierno.

Siempre hay escepticismo bien justificado, con argumentos sólidos, pero también hay actitudes de rechazo irracional. Hay quien no cree en el plan porque tiene razones para ello, y hay quien rechaza y descalifica nomás porque sí, sin argumentos. El buen planificador debe disponerse a comprender los argumentos de quienes le objetan.

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