/ martes 17 de abril de 2018

El que la hace, ¿la paga?

En no pocas películas de factura pasada fueran policiacas, de vaqueros, del ámbito urbano o rural, se terminaba por descubrir y apresar a criminales de diversa índole, sea que cometieran homicidios, robos, fraudes, atentados contra la integridad física o la propiedad de los demás o cualquier otro tipo de delitos. Se caracterizaban porque al final los delincuentes eran entregados a las autoridades correspondientes.

El caso es que esa entrega se ejercía directamente por aquellos que eran víctimas directas o por algún personaje o personajes que auxiliaban a aquellos que sufrían los desmanes o injusticias de tales delincuentes. Esos personajes, desde luego, aparecían como los héroes de la película. Y las autoridades, fueran comisarios, detectives, policías, licenciados, jueces u otros, aprehendían a los implicados en los actos delictivos al grito de “¡llévenselos!” o “estos son los verdaderos criminales”, muchas veces sólo con la palabra de que quienes los ponían en sus manos. Las averiguaciones, las probanzas y los juicios vendrían luego (lo cual ya no aparecía en los filmes), toda vez que los espectadores tenían los elementos que probaban la culpabilidad de los tales.

El caso es que se suponía que la justicia quedaba finiquitada con la aprehensión de quienes rompían la ley aunque faltara –aunque en algunos casos se daba- la lectura o prédica de los derechos de los presuntos delincuentes o no se llevara a cabo el llamado debido proceso. Y la moraleja de muchas de esas cintas era el consabido señalamiento: el que la hace, la paga.

En la actualidad lo apuntado arriba parece cosa del pasado. Quienes, víctimas o personas que les proporcionan ayuda para descubrir a distintos criminales, acuden a las autoridades para denunciar o entregar a los delincuentes, así lleven todas las pruebas en la mano o capturen por su cuenta a los implicados, no son tomados en cuenta y a veces hasta se burlan de su actuación, a la que podríamos calificar de valerosa.

En los filmes citados la justicia aparecía como expedita y eficaz, lejos, como hoy –cuando menos así se siente o presiente-, de trámites burocráticos donde los acusados suelen gozar de determinadas prerrogativas y las víctimas quedan al margen.

Ese “aquí están los verdaderos delincuentes, llévenselos o aprehéndanlos” ya no surte efecto, ya que se solicitan pruebas de todo tipo antes de proceder y en el ínterin quienes son acusados pueden huir o tomar providencias para su defensa aunque sean netamente culpables.

Por eso la pregunta: ¿El que la hace la paga?












En no pocas películas de factura pasada fueran policiacas, de vaqueros, del ámbito urbano o rural, se terminaba por descubrir y apresar a criminales de diversa índole, sea que cometieran homicidios, robos, fraudes, atentados contra la integridad física o la propiedad de los demás o cualquier otro tipo de delitos. Se caracterizaban porque al final los delincuentes eran entregados a las autoridades correspondientes.

El caso es que esa entrega se ejercía directamente por aquellos que eran víctimas directas o por algún personaje o personajes que auxiliaban a aquellos que sufrían los desmanes o injusticias de tales delincuentes. Esos personajes, desde luego, aparecían como los héroes de la película. Y las autoridades, fueran comisarios, detectives, policías, licenciados, jueces u otros, aprehendían a los implicados en los actos delictivos al grito de “¡llévenselos!” o “estos son los verdaderos criminales”, muchas veces sólo con la palabra de que quienes los ponían en sus manos. Las averiguaciones, las probanzas y los juicios vendrían luego (lo cual ya no aparecía en los filmes), toda vez que los espectadores tenían los elementos que probaban la culpabilidad de los tales.

El caso es que se suponía que la justicia quedaba finiquitada con la aprehensión de quienes rompían la ley aunque faltara –aunque en algunos casos se daba- la lectura o prédica de los derechos de los presuntos delincuentes o no se llevara a cabo el llamado debido proceso. Y la moraleja de muchas de esas cintas era el consabido señalamiento: el que la hace, la paga.

En la actualidad lo apuntado arriba parece cosa del pasado. Quienes, víctimas o personas que les proporcionan ayuda para descubrir a distintos criminales, acuden a las autoridades para denunciar o entregar a los delincuentes, así lleven todas las pruebas en la mano o capturen por su cuenta a los implicados, no son tomados en cuenta y a veces hasta se burlan de su actuación, a la que podríamos calificar de valerosa.

En los filmes citados la justicia aparecía como expedita y eficaz, lejos, como hoy –cuando menos así se siente o presiente-, de trámites burocráticos donde los acusados suelen gozar de determinadas prerrogativas y las víctimas quedan al margen.

Ese “aquí están los verdaderos delincuentes, llévenselos o aprehéndanlos” ya no surte efecto, ya que se solicitan pruebas de todo tipo antes de proceder y en el ínterin quienes son acusados pueden huir o tomar providencias para su defensa aunque sean netamente culpables.

Por eso la pregunta: ¿El que la hace la paga?












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