/ jueves 11 de junio de 2020

El radical libre

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), sufre de una clara incapacidad de hacer una autoevaluación más o menos certera de sus decisiones, lo que parece ser síntoma de demencia. Sus recursos y poder tampoco le dan la suficiente inteligencia para reconocer aptitudes superiores en otras personas o proyectos, asumiendo la ilógica confianza de los no inteligentes. Pero ser una víctima de una ilusión, un error de interpretación sensorial de lo que ha aprendido, o de alucinaciones, viendo hechos que no existen, no hará más que volverlo en una partícula destructiva.

En eso contribuye su ideología de izquierda, de naturaleza difusa, poca dada a las certezas absolutas matemáticas, pero fortalecida con sistemas simplificadores que explican su mundo, pero no el de los demás. Tan enojado, como parece, y feliz como dice estar, su neurobiología no le permite tomar decisiones racionales sin que la emoción le afecte. AMLO encarna el curioso fenómeno de Romeo y Julieta, que cuando le dicen “No te conviene”, aumenta la sensación placentera de su dopamina y decide lo que no debería. Para colmo, si todos tenemos una personalidad, AMLO tendría varias.

Tiene su radical yo “ideal”, que es el que quiere llegar a ser, y el yo “que debería” (un motivador, en un sentido más negativo, enfocado en evitar “cosas”), que es como cree que debería de portarse para llegar a ser ese yo “ideal” al que aspira (teoría de la autodiscrepancia). Esa autodeterminación, que sólo depende de él, degrada a los demás al máximo nivel en que se cumplen sus delirios irreales, a su parecer, novedosos para la humanidad (Jamais vu), no sin cierta hostilidad sobrecontrolada al comprobar la incredulidad de la gente, y los hechos pasados y presentes que le contradicen.

De esa forma, esta partícula destructiva o radical libre, transfiere su poco mérito a las instituciones y al país, con una terrible falta de congruencia entre lo que dice, piensa, hace y siente (disonancia); con un sentimiento singular de alegría o satisfacción por el sufrimiento, infelicidad o humillación de otros (Schadenfreude). A su vez, al extender su influencia, hace uso de su interacción colectiva para compensar su pequeñez individual, devorándose a sí misma, mientras consume a partidarios y oponentes con ausencia absoluta de interés o compasión; una verdadera anomalía (psicopatía).

Cierto, se esfumará por sí sola algún día, pero otros tomarán su lugar, saboteando todo lo que está a su alrededor para autodestruirse. Con tecnología, Think tank de la sociedad civil e instituciones independientes transexenales, se le podrá aislar, cerrando la brecha entre la gobernanza y los individuos (gracias al Covid-19), y evitando que una itinerante experiencia personal de vida se transforme en el dogma que guíe a todos sin misericordia, porque cree que la inteligencia de toda una nación nunca será suficiente para resolver los problemas, pero sí las virtudes de la burocracia. agusperezr@hotmail.com



El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), sufre de una clara incapacidad de hacer una autoevaluación más o menos certera de sus decisiones, lo que parece ser síntoma de demencia. Sus recursos y poder tampoco le dan la suficiente inteligencia para reconocer aptitudes superiores en otras personas o proyectos, asumiendo la ilógica confianza de los no inteligentes. Pero ser una víctima de una ilusión, un error de interpretación sensorial de lo que ha aprendido, o de alucinaciones, viendo hechos que no existen, no hará más que volverlo en una partícula destructiva.

En eso contribuye su ideología de izquierda, de naturaleza difusa, poca dada a las certezas absolutas matemáticas, pero fortalecida con sistemas simplificadores que explican su mundo, pero no el de los demás. Tan enojado, como parece, y feliz como dice estar, su neurobiología no le permite tomar decisiones racionales sin que la emoción le afecte. AMLO encarna el curioso fenómeno de Romeo y Julieta, que cuando le dicen “No te conviene”, aumenta la sensación placentera de su dopamina y decide lo que no debería. Para colmo, si todos tenemos una personalidad, AMLO tendría varias.

Tiene su radical yo “ideal”, que es el que quiere llegar a ser, y el yo “que debería” (un motivador, en un sentido más negativo, enfocado en evitar “cosas”), que es como cree que debería de portarse para llegar a ser ese yo “ideal” al que aspira (teoría de la autodiscrepancia). Esa autodeterminación, que sólo depende de él, degrada a los demás al máximo nivel en que se cumplen sus delirios irreales, a su parecer, novedosos para la humanidad (Jamais vu), no sin cierta hostilidad sobrecontrolada al comprobar la incredulidad de la gente, y los hechos pasados y presentes que le contradicen.

De esa forma, esta partícula destructiva o radical libre, transfiere su poco mérito a las instituciones y al país, con una terrible falta de congruencia entre lo que dice, piensa, hace y siente (disonancia); con un sentimiento singular de alegría o satisfacción por el sufrimiento, infelicidad o humillación de otros (Schadenfreude). A su vez, al extender su influencia, hace uso de su interacción colectiva para compensar su pequeñez individual, devorándose a sí misma, mientras consume a partidarios y oponentes con ausencia absoluta de interés o compasión; una verdadera anomalía (psicopatía).

Cierto, se esfumará por sí sola algún día, pero otros tomarán su lugar, saboteando todo lo que está a su alrededor para autodestruirse. Con tecnología, Think tank de la sociedad civil e instituciones independientes transexenales, se le podrá aislar, cerrando la brecha entre la gobernanza y los individuos (gracias al Covid-19), y evitando que una itinerante experiencia personal de vida se transforme en el dogma que guíe a todos sin misericordia, porque cree que la inteligencia de toda una nación nunca será suficiente para resolver los problemas, pero sí las virtudes de la burocracia. agusperezr@hotmail.com



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