/ viernes 22 de mayo de 2020

En defensa propia

Ante la ola de odio sembrado por el presidente, tenemos que darnos cuenta que no somos sus “adversarios” como él dice, sino somos sus más acérrimos enemigos. Y sí, están dispuestos a matarnos de diferentes maneras: por falta de medicamentos para niños y adultos; por la liberación de todo tipo de criminales; por no hacer nada contra el crimen organizado y desorganizado; por despreciar a la mujer; por darle más recursos a sus preferencias deportivas, a no hacer nada contra el crecimiento irreal de riqueza de sus hijos en un año…. en lugar de preferir la salud y la paz de la nación. O también por agresión directa… Y en realidad, sí, el chairo se ha convertido en una seria amenaza al ciudadano común.

De siempre hemos sido amenazados con cárcel, si nos defendemos ante la ola de agresiones, crímenes, secuestros, violaciones, robos y asesinatos, confundiendo la justicia por mano propia con un delito si obramos en defensa de nuestras vidas, de nuestras familias o la de nuestra propiedad.


El ciudadano entonces tiene que tomar la decisión de qué es preferible, si dejar a los maleantes comunes o del Gobierno, que hagan de nosotros lo que se les pegue en gana, inclusive matarnos, o si debemos defendernos. Debemos decidir si ser sepultados y con suerte llorados, o si ir a prisión. La decisión no es difícil.

El mandato divino "No matarás..." significa que nadie puede matar sin motivo y sin razón alguna. Sin embargo, existen circunstancias en las que hay una justificación.

Rehuir la defensa propia puede ser cobardía ante la injusticia. El creyente obra con rectitud cuando comprende que la paz es el ideal del hombre; pero esta paz debe ser obra de la justicia, la cual es obvio que aquí ya no existe. Un pacifismo conformista con la injusticia no es cristiano. El buen cristiano no puede desinteresarse del bien común de la sociedad, ni mucho menos del bien de su familia y de su persona.
En defensa propia se puede matar cuando alguien quiere matarnos injustamente, o hacernos un daño muy grave en nuestros bienes, equivalente a la vida, e inclusive ante la violación sexual, si no hay otro modo eficaz de defenderse.
No es necesario esperar a que el maleante o el miembro de la secta política que nos “gobierna” nos ataque. Basta que nos conste que tiene un propósito decidido de matarnos y sólo está esperando el momento oportuno para hacerlo; y que no hay otro modo de salvar la vida que adelantarse y atacar primero. Esto, en el terreno moral.

Lo que se permite en defensa propia se autoriza igualmente en pro del prójimo injustamente atacado. La caridad fraterna puede obligar a esto, pero no a exponer la propia vida, a no ser que se trate de parientes cercanos o esté uno obligado por profesión o contrato, como es el caso de miembros de las fuerzas armadas, vigilantes o policías.

Éstas son las condiciones para que pueda hablarse de legítima defensa, según Salvador de Madariaga ya fallecido, conocido intelectual y escritor internacional: “Debe tratarse de un mal muy grave, cual es, por ejemplo, el peligro de la propia vida, la mutilación o heridas graves, la violación sexual, el riesgo de la libertad personal (secuestro), la pérdida de bienes, etc. Que sea un caso de verdadera agresión física. Que se trate de un daño injusto”. Para defenderse no hace falta que el agresor lo haga de modo voluntario y consciente. Por eso es lícito contra un borracho o un loco, o un fanático político....


Ante la ola de odio sembrado por el presidente, tenemos que darnos cuenta que no somos sus “adversarios” como él dice, sino somos sus más acérrimos enemigos. Y sí, están dispuestos a matarnos de diferentes maneras: por falta de medicamentos para niños y adultos; por la liberación de todo tipo de criminales; por no hacer nada contra el crimen organizado y desorganizado; por despreciar a la mujer; por darle más recursos a sus preferencias deportivas, a no hacer nada contra el crecimiento irreal de riqueza de sus hijos en un año…. en lugar de preferir la salud y la paz de la nación. O también por agresión directa… Y en realidad, sí, el chairo se ha convertido en una seria amenaza al ciudadano común.

De siempre hemos sido amenazados con cárcel, si nos defendemos ante la ola de agresiones, crímenes, secuestros, violaciones, robos y asesinatos, confundiendo la justicia por mano propia con un delito si obramos en defensa de nuestras vidas, de nuestras familias o la de nuestra propiedad.


El ciudadano entonces tiene que tomar la decisión de qué es preferible, si dejar a los maleantes comunes o del Gobierno, que hagan de nosotros lo que se les pegue en gana, inclusive matarnos, o si debemos defendernos. Debemos decidir si ser sepultados y con suerte llorados, o si ir a prisión. La decisión no es difícil.

El mandato divino "No matarás..." significa que nadie puede matar sin motivo y sin razón alguna. Sin embargo, existen circunstancias en las que hay una justificación.

Rehuir la defensa propia puede ser cobardía ante la injusticia. El creyente obra con rectitud cuando comprende que la paz es el ideal del hombre; pero esta paz debe ser obra de la justicia, la cual es obvio que aquí ya no existe. Un pacifismo conformista con la injusticia no es cristiano. El buen cristiano no puede desinteresarse del bien común de la sociedad, ni mucho menos del bien de su familia y de su persona.
En defensa propia se puede matar cuando alguien quiere matarnos injustamente, o hacernos un daño muy grave en nuestros bienes, equivalente a la vida, e inclusive ante la violación sexual, si no hay otro modo eficaz de defenderse.
No es necesario esperar a que el maleante o el miembro de la secta política que nos “gobierna” nos ataque. Basta que nos conste que tiene un propósito decidido de matarnos y sólo está esperando el momento oportuno para hacerlo; y que no hay otro modo de salvar la vida que adelantarse y atacar primero. Esto, en el terreno moral.

Lo que se permite en defensa propia se autoriza igualmente en pro del prójimo injustamente atacado. La caridad fraterna puede obligar a esto, pero no a exponer la propia vida, a no ser que se trate de parientes cercanos o esté uno obligado por profesión o contrato, como es el caso de miembros de las fuerzas armadas, vigilantes o policías.

Éstas son las condiciones para que pueda hablarse de legítima defensa, según Salvador de Madariaga ya fallecido, conocido intelectual y escritor internacional: “Debe tratarse de un mal muy grave, cual es, por ejemplo, el peligro de la propia vida, la mutilación o heridas graves, la violación sexual, el riesgo de la libertad personal (secuestro), la pérdida de bienes, etc. Que sea un caso de verdadera agresión física. Que se trate de un daño injusto”. Para defenderse no hace falta que el agresor lo haga de modo voluntario y consciente. Por eso es lícito contra un borracho o un loco, o un fanático político....


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