/ jueves 6 de enero de 2022

En Juárez lo malo se puso peor

La enfática alegoría de la multicitada expresión hacia Ciudad Juárez como: “La mejor frontera de México”, siempre ha sido cuestionable, pues habría que preguntarnos “la mejor en qué”; ya no hablemos de sustentabilidad o servicios públicos. Ello es la consecuencia de un descarnado enjuiciamiento dado a conocer por el Fideicomiso para la Competitividad y Seguridad Ciudadana –Ficosec- que al inicio del gobierno de Corral, Ciudad Juárez en 2016 pasó del número 37 a ser la tercera ciudad más peligrosa del mundo, aumentando su tasa de homicidios dolosos de 30.1 a 84.3 por cada 100 mil habitantes e incrementando la impunidad del 86.5% al 95.3%. Pero eso no terminó ahí, de 860 pandillas en 2016, actualmente pululan más de 1,100 con cerca de 22 mil miembros incrustados en pandillas, grupos o parejas con tendencia antisocial. Prácticamente 1 de cada 10 adolescentes juarenses se encuentran dentro de esos fatídicos espacios. El último reporte del 2021 sobre Percepción Social sobre Inseguridad Pública nos indica que el 59.9% de la población fronteriza se siente insegura, principalmente los residentes de colonias humildes. En comparación con Mérida, donde la percepción de inseguridad es del 17.1%.

La percepción de la ciudadanía sobre “si se siente segura” ha tenido una constante que está relacionada con los robos a casa habitación y comercios, extorsiones, amenazas, etc., principalmente cuando son víctimas de malhechores del mismo barrio. Cuyo perfil socioeconómico está relacionado con una mala educación, hogares disfuncionales, desempleo, alcoholismo o drogadicción. De acuerdo a la Encuesta Nacional de Drogas y consumo de alcohol de 2017 en esta frontera, existen 52 mil juarenses con esta problemática.

La cura de esta ciudad no está en los bálsamos milagrosos de los discursos políticos, sino en sus propias gentes. Hasta ahora gobiernos han ido y venido; pero es la propia comunidad el paciente indefenso con la enfermedad crónica de la inseguridad.

Ello es la razón de que existen algunos factores relacionados con la violencia urbana en esta frontera como: Desigualdad de ingresos y pobreza, desempleo y ínfimo crecimiento económico y corrupción. Siendo este último lo que ha proliferado la desconfianza de la sociedad.

Para aumentar esto, fue la declaración en su momento del entonces secretario de Seguridad Pública Nacional, Alfonso Durazo, en esta frontera al anunciar con bombo y platillo que en la Estrategia Nacional de Seguridad Pública (ENSP) se enfatizaría sobre el principal eje conductor de la política de seguridad al referirse a la -prevención del delito- cuando en los hechos, el gasto público en esta materia disminuyó del 0.20% del PIB en 2019 a 0.18% en 2021, situación que en la frontera se agudizara más aún con la presencia de las caravanas migratorias de centroamericanos donde no ha dejado de actuar el crimen organizado.

Sin duda lo que destaca en Juárez es su desarrollo económico “maquilador” y todos aquellos empresarios, y gente de alto propósito, pero la asimetría con el desarrollo social es mayúscula. Habrá sin duda que trabajar en un andamiaje “atinado” entre el gobierno y las organizaciones de la sociedad civil (multiplicándose estas últimas) si realmente se pretende a futuro decir que Ciudad Juárez sea la mejor frontera de México.


La enfática alegoría de la multicitada expresión hacia Ciudad Juárez como: “La mejor frontera de México”, siempre ha sido cuestionable, pues habría que preguntarnos “la mejor en qué”; ya no hablemos de sustentabilidad o servicios públicos. Ello es la consecuencia de un descarnado enjuiciamiento dado a conocer por el Fideicomiso para la Competitividad y Seguridad Ciudadana –Ficosec- que al inicio del gobierno de Corral, Ciudad Juárez en 2016 pasó del número 37 a ser la tercera ciudad más peligrosa del mundo, aumentando su tasa de homicidios dolosos de 30.1 a 84.3 por cada 100 mil habitantes e incrementando la impunidad del 86.5% al 95.3%. Pero eso no terminó ahí, de 860 pandillas en 2016, actualmente pululan más de 1,100 con cerca de 22 mil miembros incrustados en pandillas, grupos o parejas con tendencia antisocial. Prácticamente 1 de cada 10 adolescentes juarenses se encuentran dentro de esos fatídicos espacios. El último reporte del 2021 sobre Percepción Social sobre Inseguridad Pública nos indica que el 59.9% de la población fronteriza se siente insegura, principalmente los residentes de colonias humildes. En comparación con Mérida, donde la percepción de inseguridad es del 17.1%.

La percepción de la ciudadanía sobre “si se siente segura” ha tenido una constante que está relacionada con los robos a casa habitación y comercios, extorsiones, amenazas, etc., principalmente cuando son víctimas de malhechores del mismo barrio. Cuyo perfil socioeconómico está relacionado con una mala educación, hogares disfuncionales, desempleo, alcoholismo o drogadicción. De acuerdo a la Encuesta Nacional de Drogas y consumo de alcohol de 2017 en esta frontera, existen 52 mil juarenses con esta problemática.

La cura de esta ciudad no está en los bálsamos milagrosos de los discursos políticos, sino en sus propias gentes. Hasta ahora gobiernos han ido y venido; pero es la propia comunidad el paciente indefenso con la enfermedad crónica de la inseguridad.

Ello es la razón de que existen algunos factores relacionados con la violencia urbana en esta frontera como: Desigualdad de ingresos y pobreza, desempleo y ínfimo crecimiento económico y corrupción. Siendo este último lo que ha proliferado la desconfianza de la sociedad.

Para aumentar esto, fue la declaración en su momento del entonces secretario de Seguridad Pública Nacional, Alfonso Durazo, en esta frontera al anunciar con bombo y platillo que en la Estrategia Nacional de Seguridad Pública (ENSP) se enfatizaría sobre el principal eje conductor de la política de seguridad al referirse a la -prevención del delito- cuando en los hechos, el gasto público en esta materia disminuyó del 0.20% del PIB en 2019 a 0.18% en 2021, situación que en la frontera se agudizara más aún con la presencia de las caravanas migratorias de centroamericanos donde no ha dejado de actuar el crimen organizado.

Sin duda lo que destaca en Juárez es su desarrollo económico “maquilador” y todos aquellos empresarios, y gente de alto propósito, pero la asimetría con el desarrollo social es mayúscula. Habrá sin duda que trabajar en un andamiaje “atinado” entre el gobierno y las organizaciones de la sociedad civil (multiplicándose estas últimas) si realmente se pretende a futuro decir que Ciudad Juárez sea la mejor frontera de México.