/ viernes 16 de abril de 2021

Es preferible sufrir una injusticia que cometerla

Por Juan Alfredo Ponce Valtierrez

En el mundo postmoderno, la humanidad se ve caracterizada por el narcisismo exacerbado, donde lo que importa es el yo, no hay otro fuera de mí, se busca eliminar la otredad para convertírsele en un objeto de consumo; con el hedonismo el hombre busca ya no sufrir —esto en la medida en que el hijo veía al padre luchando y muriendo en las guerras del siglo pasado—, quiere darle rienda suelta a sus sentidos, experimentar y vivir lo más alejado del dolor. Se olvida completamente el hedonismo que proponía Epicúreo a base de escalas entre placeres naturales y necesarios, placeres naturales no necesarios y placeres no naturales y no necesarios; el individualismo por su parte es un grito desesperado en contra de la unidad que proponía el Estado-nación en el periodo de guerras, el llamado patriotismo. No nos extrañe que hoy en día derivado de esa individualidad el hombre ya no quiera sentirse parte de algo, le huye al compromiso y como consecuencia busca no crear vínculos.

Entonces, si conocemos que el hombre tardomoderno viene con esta implantación cultural, ¿Cómo podemos entender la idea de Sócrates sobre la justicia y la virtud?, no es ajeno a nadie que las noticias constantemente crean el miedo al otro. Vivimos en la cultura de la autodefensa validada a nivel social para erosionar al otro.

En la rama del derecho penal existe una figura que se llama legítima defensa, donde <<se repele una agresión real, ilegitima, actual o inminente, protegiendo bienes jurídicos propios o ajenos […]>>.

Para Sócrates cometer una injusticia es malo y vergonzoso, es importante entender aquí lo malo no desde la visión meramente moralista, pues, se nos hablaba de un hacerse daño a sí mismo; es como clavarse una daga en la yugular; esto nos recalca que una injusticia jamás debe cometerse, ni siquiera en respuesta de una injusticia que me hacen, el fundamento se lee en el dialogo de Gorgías, donde se podrá tener más presencia de la idea socrática.

La injusticia afecta al alma, lo cual la distingue de otros vicios que sólo afectan al cuerpo. Aun cuando en el mundo se le cree cierta veneración y en la mayoría de las series o filmes se pone al hombre injusto como poderoso, dichoso, feliz; el que no tranza no avanza, reza un dicho mexicano. Es sólo una fachada, pues, en el fondo es infeliz.

Todo lo anterior se resume con la siguiente escena: un hombre va por la calle, cegado por la irá e intoxicado por el alcohol ve pasar a su costado a un famélico hombre, el hombre embrutecido lo embiste con tanta furia que lo mata; el pobre hombre cae rendido al suelo, en un par de suspiros es arrancado de la tierra, muere. ¿Quién ha sufrido más?, Siendo honestos no podemos fuera del dogma de la religión asegurar la existencia después de la muerte, entonces, el hombre que muere, parte a la nada, ya no es, no sufre; en cambio, el hombre que ha matado se convierte en un homicida, esto lo seguirá por el resto de su vida, jamás podrá curar por más que se talle o bañe con agua hirviendo su actuar, su esencia; ha enfermado, su alma se ha viciado. Sumándole al castigo que el Estado le dará, se verá impugnado una vez más y de manera muy despiadada, será su conciencia su juez más huraño y maligno.

Por esto Sócrates en los diálogos de Platón menciona que la injusticia nos hace feos, viles, nos vicia, nos enferma; una vez que muramos hemos de separar el alma de la carne, lo contingente del ser, entonces, ahí se verán esas heridas que nos auto-infligimos con la injusticia que cometimos tantas veces. Terminado el ciclo, todos verán que la fachada del hombre que “hizo cuanto quiso para lograr su cometido”, no es otro más que un pobre hombre infeliz.

Por Juan Alfredo Ponce Valtierrez

En el mundo postmoderno, la humanidad se ve caracterizada por el narcisismo exacerbado, donde lo que importa es el yo, no hay otro fuera de mí, se busca eliminar la otredad para convertírsele en un objeto de consumo; con el hedonismo el hombre busca ya no sufrir —esto en la medida en que el hijo veía al padre luchando y muriendo en las guerras del siglo pasado—, quiere darle rienda suelta a sus sentidos, experimentar y vivir lo más alejado del dolor. Se olvida completamente el hedonismo que proponía Epicúreo a base de escalas entre placeres naturales y necesarios, placeres naturales no necesarios y placeres no naturales y no necesarios; el individualismo por su parte es un grito desesperado en contra de la unidad que proponía el Estado-nación en el periodo de guerras, el llamado patriotismo. No nos extrañe que hoy en día derivado de esa individualidad el hombre ya no quiera sentirse parte de algo, le huye al compromiso y como consecuencia busca no crear vínculos.

Entonces, si conocemos que el hombre tardomoderno viene con esta implantación cultural, ¿Cómo podemos entender la idea de Sócrates sobre la justicia y la virtud?, no es ajeno a nadie que las noticias constantemente crean el miedo al otro. Vivimos en la cultura de la autodefensa validada a nivel social para erosionar al otro.

En la rama del derecho penal existe una figura que se llama legítima defensa, donde <<se repele una agresión real, ilegitima, actual o inminente, protegiendo bienes jurídicos propios o ajenos […]>>.

Para Sócrates cometer una injusticia es malo y vergonzoso, es importante entender aquí lo malo no desde la visión meramente moralista, pues, se nos hablaba de un hacerse daño a sí mismo; es como clavarse una daga en la yugular; esto nos recalca que una injusticia jamás debe cometerse, ni siquiera en respuesta de una injusticia que me hacen, el fundamento se lee en el dialogo de Gorgías, donde se podrá tener más presencia de la idea socrática.

La injusticia afecta al alma, lo cual la distingue de otros vicios que sólo afectan al cuerpo. Aun cuando en el mundo se le cree cierta veneración y en la mayoría de las series o filmes se pone al hombre injusto como poderoso, dichoso, feliz; el que no tranza no avanza, reza un dicho mexicano. Es sólo una fachada, pues, en el fondo es infeliz.

Todo lo anterior se resume con la siguiente escena: un hombre va por la calle, cegado por la irá e intoxicado por el alcohol ve pasar a su costado a un famélico hombre, el hombre embrutecido lo embiste con tanta furia que lo mata; el pobre hombre cae rendido al suelo, en un par de suspiros es arrancado de la tierra, muere. ¿Quién ha sufrido más?, Siendo honestos no podemos fuera del dogma de la religión asegurar la existencia después de la muerte, entonces, el hombre que muere, parte a la nada, ya no es, no sufre; en cambio, el hombre que ha matado se convierte en un homicida, esto lo seguirá por el resto de su vida, jamás podrá curar por más que se talle o bañe con agua hirviendo su actuar, su esencia; ha enfermado, su alma se ha viciado. Sumándole al castigo que el Estado le dará, se verá impugnado una vez más y de manera muy despiadada, será su conciencia su juez más huraño y maligno.

Por esto Sócrates en los diálogos de Platón menciona que la injusticia nos hace feos, viles, nos vicia, nos enferma; una vez que muramos hemos de separar el alma de la carne, lo contingente del ser, entonces, ahí se verán esas heridas que nos auto-infligimos con la injusticia que cometimos tantas veces. Terminado el ciclo, todos verán que la fachada del hombre que “hizo cuanto quiso para lograr su cometido”, no es otro más que un pobre hombre infeliz.