/ viernes 4 de enero de 2019

¿Es usted lo que pienso que es?

Por una mala maniobra le pegué a la defensa trasera de mi carro y gracias al desperfecto (de la defensa, no estoy hablando de mí), lo llevé al taller y tomé un taxi.

Apenas me había sentado, y antes de averiguar a dónde debía llevarme, el taxista me preguntó: “¿Es usted lo que pienso que es?”, por lo que le respondí: “Pues depende, si piensa que soy sacerdote está en lo cierto”. Y no es que tenga yo cara de presbítero (bueno, aquí entre nos, he de reconocer que sí la tengo, pues presbítero significa “anciano”), pero él me lo preguntó por mi forma de vestir.

El capitán de aquella nave abundó en el tema afirmando que hacía mucho tiempo que no veía a un cura vestido de sacerdote, y me preguntó sobre ello, lo cual me permitió externar mi opinión, pero no de forma directa, pues no me corresponde a mí juzgar a nadie, y así me limité a responder que, en lo personal, andar vestido con ropa sacerdotal me ayuda a portarme mejor, pues soy consciente que toda la gente se da cuenta de lo que soy.

Además, le dije, que así como su auto se distinguía por su letrero de “Taxi”, vestir como sacerdote me pone al alcance de todo aquel que pueda necesitar de mis servicios, como de hecho suele sucederme. También les diré que no siempre es cómodo, y que el negro no es mi color favorito.

Es cierto que los sacerdotes hemos de poner los medios para acercarnos a la gente de forma que no tengan nunca miedo de nosotros, pero vestir de paisano no es lo que me acerca más a ellos de forma necesaria. Lo importante en esto, según mi opinión, es la actitud que pueda mantener en cuanto a la disponibilidad de servir, la preocupación sincera por sus problemas, la paciencia que me permita oírlos sin prisa, y sobre todo, el sentido sobrenatural que la gente espera encontrar en un representante de Dios.

Indudablemente no resulta sencillo ser un sacerdote como Dios manda, y “el hombre viejo” que todos llevamos dentro —como dice san Pablo— es fuerte, terco, y astuto. Pero si Dios espera que todos lo amemos, y no deja sin su gracia a los que lo pretenden, menos abandonará al sacerdote que así se lo pida. Es cierto que el hábito no hace al monje... pero sí ayuda.

www.padrealejandro.com


Por una mala maniobra le pegué a la defensa trasera de mi carro y gracias al desperfecto (de la defensa, no estoy hablando de mí), lo llevé al taller y tomé un taxi.

Apenas me había sentado, y antes de averiguar a dónde debía llevarme, el taxista me preguntó: “¿Es usted lo que pienso que es?”, por lo que le respondí: “Pues depende, si piensa que soy sacerdote está en lo cierto”. Y no es que tenga yo cara de presbítero (bueno, aquí entre nos, he de reconocer que sí la tengo, pues presbítero significa “anciano”), pero él me lo preguntó por mi forma de vestir.

El capitán de aquella nave abundó en el tema afirmando que hacía mucho tiempo que no veía a un cura vestido de sacerdote, y me preguntó sobre ello, lo cual me permitió externar mi opinión, pero no de forma directa, pues no me corresponde a mí juzgar a nadie, y así me limité a responder que, en lo personal, andar vestido con ropa sacerdotal me ayuda a portarme mejor, pues soy consciente que toda la gente se da cuenta de lo que soy.

Además, le dije, que así como su auto se distinguía por su letrero de “Taxi”, vestir como sacerdote me pone al alcance de todo aquel que pueda necesitar de mis servicios, como de hecho suele sucederme. También les diré que no siempre es cómodo, y que el negro no es mi color favorito.

Es cierto que los sacerdotes hemos de poner los medios para acercarnos a la gente de forma que no tengan nunca miedo de nosotros, pero vestir de paisano no es lo que me acerca más a ellos de forma necesaria. Lo importante en esto, según mi opinión, es la actitud que pueda mantener en cuanto a la disponibilidad de servir, la preocupación sincera por sus problemas, la paciencia que me permita oírlos sin prisa, y sobre todo, el sentido sobrenatural que la gente espera encontrar en un representante de Dios.

Indudablemente no resulta sencillo ser un sacerdote como Dios manda, y “el hombre viejo” que todos llevamos dentro —como dice san Pablo— es fuerte, terco, y astuto. Pero si Dios espera que todos lo amemos, y no deja sin su gracia a los que lo pretenden, menos abandonará al sacerdote que así se lo pida. Es cierto que el hábito no hace al monje... pero sí ayuda.

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