/ sábado 24 de agosto de 2019

Grillos y medios ladinos

Todos los días recibimos noticias sazonadas con toneladas de adjetivos, como "maravilloso, extraordinario, jamás volverá a suceder etc.". Los adjetivos en una frase son como las salsas y el betún, debe haber un equilibrio entre los tacos, el pastel y aquello con que lo cubrimos y decoramos, de otra forma la combinación empalaga, enchila o simplemente resulta ofensiva al paladar.

Lo mismo debería suceder con la información política y periodística, donde los desequilibrios y exageraciones décadas atrás provocaban desconfianza, burla o por lo menos una discreta sonrisa. Los fanáticos y enemigos de muchos grillos y medios de desinformación aplauden o rechazan sus embustes y exageraciones, dependiendo de si nuestro periódico, revista o suertudo del hueso electoral o burocrático se alinea con nuestras filias y fobias.

El calificativo ladino, muy parecido al concepto latino, era el idioma que hablaban los judíos españoles conversos para ocultar su predilección o práctica por el judaísmo, al que en teoría habían renunciado para evitar caer en las manos de la Inquisición, donde una definición aproximada hoy sería, “persona que actúa con astucia y disimulo para conseguir lo que se propone”.

A ciencia cierta es muy difícil explicar, porque está característica de los territorios tercermundistas ha contagiado a los países desarrollados, donde todos los días escuchamos las exageraciones y adjetivos por ejemplo de Trump, frases que arrancan aplausos y aullidos entre sus seguidores, que años atrás habrían provocado malestar entre cualquier grupo de cualquier tendencia o partido, salvo entre los extremistas y radicales.

¿Acaso será que la mayoría de la población en todo el planeta nos habremos convertido en extremistas? o ¿acaso la mayoría habremos sido atacados por algún virus mental que nos ha transformado en retardados e ignorantes mononeuronales de la noche a la mañana?

Estimado lector, la respuesta es más simple, la respuesta es el miedo, ante un mundo que cambia vertiginosamente y donde cada pocos años surgen nuevas generaciones que piensan y sienten en forma ligera o radicalmente diferente con respecto a sus mayores, progenitores e inclusive hermanos con más años.

El cerebro humano tiene como función el propósito principal proteger la supervivencia del cuerpo que lo carga y alimenta, y cuando lo abruma el volumen de información que recibe por la velocidad con que su entorno se transforma, se dispara la necesidad de encontrar cualquier clavo ardiente del cual sujetarse.

Llegó la hora que al momento de pensar, imaginar, decidir o tomar partido, vigilemos nuestro plexo solar para observar si al momento de tomar partido sentimos ñañaras en el estómago, lo que nos indica que no estamos pensando o decidiendo con claridad y objetividad.


Todos los días recibimos noticias sazonadas con toneladas de adjetivos, como "maravilloso, extraordinario, jamás volverá a suceder etc.". Los adjetivos en una frase son como las salsas y el betún, debe haber un equilibrio entre los tacos, el pastel y aquello con que lo cubrimos y decoramos, de otra forma la combinación empalaga, enchila o simplemente resulta ofensiva al paladar.

Lo mismo debería suceder con la información política y periodística, donde los desequilibrios y exageraciones décadas atrás provocaban desconfianza, burla o por lo menos una discreta sonrisa. Los fanáticos y enemigos de muchos grillos y medios de desinformación aplauden o rechazan sus embustes y exageraciones, dependiendo de si nuestro periódico, revista o suertudo del hueso electoral o burocrático se alinea con nuestras filias y fobias.

El calificativo ladino, muy parecido al concepto latino, era el idioma que hablaban los judíos españoles conversos para ocultar su predilección o práctica por el judaísmo, al que en teoría habían renunciado para evitar caer en las manos de la Inquisición, donde una definición aproximada hoy sería, “persona que actúa con astucia y disimulo para conseguir lo que se propone”.

A ciencia cierta es muy difícil explicar, porque está característica de los territorios tercermundistas ha contagiado a los países desarrollados, donde todos los días escuchamos las exageraciones y adjetivos por ejemplo de Trump, frases que arrancan aplausos y aullidos entre sus seguidores, que años atrás habrían provocado malestar entre cualquier grupo de cualquier tendencia o partido, salvo entre los extremistas y radicales.

¿Acaso será que la mayoría de la población en todo el planeta nos habremos convertido en extremistas? o ¿acaso la mayoría habremos sido atacados por algún virus mental que nos ha transformado en retardados e ignorantes mononeuronales de la noche a la mañana?

Estimado lector, la respuesta es más simple, la respuesta es el miedo, ante un mundo que cambia vertiginosamente y donde cada pocos años surgen nuevas generaciones que piensan y sienten en forma ligera o radicalmente diferente con respecto a sus mayores, progenitores e inclusive hermanos con más años.

El cerebro humano tiene como función el propósito principal proteger la supervivencia del cuerpo que lo carga y alimenta, y cuando lo abruma el volumen de información que recibe por la velocidad con que su entorno se transforma, se dispara la necesidad de encontrar cualquier clavo ardiente del cual sujetarse.

Llegó la hora que al momento de pensar, imaginar, decidir o tomar partido, vigilemos nuestro plexo solar para observar si al momento de tomar partido sentimos ñañaras en el estómago, lo que nos indica que no estamos pensando o decidiendo con claridad y objetividad.


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