/ martes 23 de febrero de 2021

Hechos y criterios | Un viaje al interior

A pesar de los avances en muchos campos que en la humanidad se han dado, el hombre, en su interior profundo, sigue siendo el mismo. La llamada civilización o el denominado progreso son elementos que modifican el entorno, lo externo, pero no resuelven las eternas preguntas que los hombres se plantean, ni se enfocan a determinar el sentido de la vida.

Tanto a los primeros hombres como los actuales se les presentan opciones o caminos a seguir para alcanzar sus anhelos, y tanto ellos como nosotros podemos elegir entre lo bueno y lo malo, entre el deber o el placer, entre lo que consideramos correcto y lo que sabemos incorrecto. Y eso independientemente de toda religión, filosofía o modo de pensar.

Las costumbres se modifican, los modos de comunicarse avanzan (¿o retroceden?), los sistemas de gobierno se mueven, la economía dicta nuevos esquemas, la salud se vuelve incierta, la tecnología cambia la manera de vivir de muchos, la ciencia busca resolver misterios ancestrales, pero los hombres siguen en la búsqueda de la felicidad, del amor verdadero, de la comprensión, de la mejora de sí mismos, de la fraternidad y solidaridad con los demás, del sentirse libres y plenos.

La riqueza, el poder, el placer, los bienes materiales, el dominio sobre otros, se ha repetido muchas veces, no es garantía de felicidad. El deseo de poseer algo o a alguien tampoco lo es de conseguir el amor esperado. La libertad, cuando se convierte en libertinaje –lo que en no pocas ocasiones sucede- en vez de llevar a la realización de la persona, la esclaviza. El egoísmo, el querer acaparar los reflectores, la vanidad, la soberbia, la lujuria y lo que se ha denominado como pecados capitales, cuando penetran en el corazón humano, desvían el camino hacia el encuentro consigo mismo y con Dios.

Para los católicos –y también para los que no lo son- el tiempo de entrar en su interior está a la puerta. La Cuaresma invita a la reflexión, a la consideración de nuestro caminar por la vida, a repensar si nuestros pensamientos y acciones nos conducen a ser mejores personas, a entendernos a nosotros mismos y a los demás, a cambiar nuestro corazón para dejar atrás la envidia, los rencores, los impulsos de ira, los desencuentros con la familia, la palabrería que nos ahoga, la indiferencia para quienes sufren de distintos modos. Emprendamos ese camino sin parpadear.

Bob Dylan cantó: “La respuesta está en el viento”. Y Juan Pablo II le dijo: “La respuesta está en el viento que transmite la voz del Espíritu y que por el camino de la música se dirige al encuentro con Jesús”.

A pesar de los avances en muchos campos que en la humanidad se han dado, el hombre, en su interior profundo, sigue siendo el mismo. La llamada civilización o el denominado progreso son elementos que modifican el entorno, lo externo, pero no resuelven las eternas preguntas que los hombres se plantean, ni se enfocan a determinar el sentido de la vida.

Tanto a los primeros hombres como los actuales se les presentan opciones o caminos a seguir para alcanzar sus anhelos, y tanto ellos como nosotros podemos elegir entre lo bueno y lo malo, entre el deber o el placer, entre lo que consideramos correcto y lo que sabemos incorrecto. Y eso independientemente de toda religión, filosofía o modo de pensar.

Las costumbres se modifican, los modos de comunicarse avanzan (¿o retroceden?), los sistemas de gobierno se mueven, la economía dicta nuevos esquemas, la salud se vuelve incierta, la tecnología cambia la manera de vivir de muchos, la ciencia busca resolver misterios ancestrales, pero los hombres siguen en la búsqueda de la felicidad, del amor verdadero, de la comprensión, de la mejora de sí mismos, de la fraternidad y solidaridad con los demás, del sentirse libres y plenos.

La riqueza, el poder, el placer, los bienes materiales, el dominio sobre otros, se ha repetido muchas veces, no es garantía de felicidad. El deseo de poseer algo o a alguien tampoco lo es de conseguir el amor esperado. La libertad, cuando se convierte en libertinaje –lo que en no pocas ocasiones sucede- en vez de llevar a la realización de la persona, la esclaviza. El egoísmo, el querer acaparar los reflectores, la vanidad, la soberbia, la lujuria y lo que se ha denominado como pecados capitales, cuando penetran en el corazón humano, desvían el camino hacia el encuentro consigo mismo y con Dios.

Para los católicos –y también para los que no lo son- el tiempo de entrar en su interior está a la puerta. La Cuaresma invita a la reflexión, a la consideración de nuestro caminar por la vida, a repensar si nuestros pensamientos y acciones nos conducen a ser mejores personas, a entendernos a nosotros mismos y a los demás, a cambiar nuestro corazón para dejar atrás la envidia, los rencores, los impulsos de ira, los desencuentros con la familia, la palabrería que nos ahoga, la indiferencia para quienes sufren de distintos modos. Emprendamos ese camino sin parpadear.

Bob Dylan cantó: “La respuesta está en el viento”. Y Juan Pablo II le dijo: “La respuesta está en el viento que transmite la voz del Espíritu y que por el camino de la música se dirige al encuentro con Jesús”.

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