/ miércoles 13 de mayo de 2020

Infodemia… el otro virus

Los mexicanos -y una gran parte del mundo- estamos padeciendo no sólo un problema endémico que azota con terribles consecuencias al ser humano, sino que, en ese intento por buscar soluciones, hemos caído irremediablemente en lo que se conoce como la infodemia.

Vivimos en un caos informativo, un exceso de noticias que caen en nuestras manos sin filtros y con orígenes tan dudosos como simplistas; las redes sociales -benditas o malditas según el punto de vista con que se mire- hoy pueden considerarse ya como el periodismo ciudadano que de alguna manera pone un freno al intento de imponer criterios desde la parte oficial.

No se trata de rechazar las fuentes informativas, pero a raíz de la aparición de la pandemia del coronavirus, también aparecieron decenas, quizá cientos de “especialistas” en el tema que, muy lejos de informar, crean el gravísimo caos de la desinformación.

Y hay que tener extremo cuidado en ello. Desatar rumores y falsas noticias es mucho más fácil que construir una guía de la que depende la vida de millones de personas. Tenemos que estar alertas porque estamos cruzando la delgada línea de la toxicidad individual para emitir una opinión, a la epidemia desinformativa colectiva.

La Organización Mundial de la Salud lleva varios meses utilizando el término infodemic, cuando se refiere a la sobreabundancia informativa falsa y la rápida propagación entre medios y las poblaciones. “Es verdad que las personas tienen derecho a la información precisa para protegerse a sí mismas y a los demás”, declaró el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS.

Pero advirtió que la desinformación sobre el coronavirus es lo más contagioso del mismo, por lo que, apoyado por un área especializada en detección rápida de informaciones conspirativas, la OMS intenta reorientar los impactos correctos que deben llegar a los usuarios del mensaje.

Una cosa es opinar -derecho inalienable- de diversos temas, pero otra, totalmente opuesta, es difundir irresponsablemente informaciones que llegan a nosotros y las reenviamos sin comprobar su origen; creemos estar ayudando con esa difusión, pero en realidad podemos hacer más daño del que pensamos.

La modernidad nos ha dotado de una poderosísima arma llamada redes sociales, con la que hemos abierto la puerta a la invasión de nuestra intimidad; ventilamos todo: lo bueno y lo malo y permitimos que cualquier desconocido tenga de primera mano detalles tan privados que antes permanecían sólo para consumo familiar.

Pero con tal de ser los primeros en “informar” a los demás, lanzamos datos y noticias que provienen de elementos fuera de contexto y que solo buscan la intimidación y el miedo; decir “esto me lo mandó un primo”, es tan podrido como expresar “no me importa de dónde viene, yo solo lo comparto”.

La rumorología y la propagación de noticias falsas están en una simbiosis muy peligrosa que nos coloca en la polarización de lo absurdo, porque empobrecen los criterios válidos y los anulan hasta llevarnos a un riesgoso terreno que puede poner entre la vida y la muerte a millones de seres humanos, en particular, por el interés, a los mexicanos.

Y de esa polarización de lo absurdo, nace el periodismo de causas porque el vacío informativo se llena con especulaciones que luego van a generar discusiones con un final inconcluso, es decir, nos ocupamos en opinar, no importa si conocemos o no el tema, en este caso la pandemia, pero hacemos que el problema estalle y dejamos a los consumidores del mensaje más confundidos de lo que de por sí ya están.

Todos podemos opinar, absolutamente todos, el problema es cuando intentamos imponer un criterio que más que aportar soluciones, se convierte en la difusión de riesgos sin darnos cuenta. La infodemia, por lo mismo, puede ser mucho más peligrosa que la misma pandemia del coronavirus, porque es más contagiosa. Solo escribo cosas comunes.

Los mexicanos -y una gran parte del mundo- estamos padeciendo no sólo un problema endémico que azota con terribles consecuencias al ser humano, sino que, en ese intento por buscar soluciones, hemos caído irremediablemente en lo que se conoce como la infodemia.

Vivimos en un caos informativo, un exceso de noticias que caen en nuestras manos sin filtros y con orígenes tan dudosos como simplistas; las redes sociales -benditas o malditas según el punto de vista con que se mire- hoy pueden considerarse ya como el periodismo ciudadano que de alguna manera pone un freno al intento de imponer criterios desde la parte oficial.

No se trata de rechazar las fuentes informativas, pero a raíz de la aparición de la pandemia del coronavirus, también aparecieron decenas, quizá cientos de “especialistas” en el tema que, muy lejos de informar, crean el gravísimo caos de la desinformación.

Y hay que tener extremo cuidado en ello. Desatar rumores y falsas noticias es mucho más fácil que construir una guía de la que depende la vida de millones de personas. Tenemos que estar alertas porque estamos cruzando la delgada línea de la toxicidad individual para emitir una opinión, a la epidemia desinformativa colectiva.

La Organización Mundial de la Salud lleva varios meses utilizando el término infodemic, cuando se refiere a la sobreabundancia informativa falsa y la rápida propagación entre medios y las poblaciones. “Es verdad que las personas tienen derecho a la información precisa para protegerse a sí mismas y a los demás”, declaró el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS.

Pero advirtió que la desinformación sobre el coronavirus es lo más contagioso del mismo, por lo que, apoyado por un área especializada en detección rápida de informaciones conspirativas, la OMS intenta reorientar los impactos correctos que deben llegar a los usuarios del mensaje.

Una cosa es opinar -derecho inalienable- de diversos temas, pero otra, totalmente opuesta, es difundir irresponsablemente informaciones que llegan a nosotros y las reenviamos sin comprobar su origen; creemos estar ayudando con esa difusión, pero en realidad podemos hacer más daño del que pensamos.

La modernidad nos ha dotado de una poderosísima arma llamada redes sociales, con la que hemos abierto la puerta a la invasión de nuestra intimidad; ventilamos todo: lo bueno y lo malo y permitimos que cualquier desconocido tenga de primera mano detalles tan privados que antes permanecían sólo para consumo familiar.

Pero con tal de ser los primeros en “informar” a los demás, lanzamos datos y noticias que provienen de elementos fuera de contexto y que solo buscan la intimidación y el miedo; decir “esto me lo mandó un primo”, es tan podrido como expresar “no me importa de dónde viene, yo solo lo comparto”.

La rumorología y la propagación de noticias falsas están en una simbiosis muy peligrosa que nos coloca en la polarización de lo absurdo, porque empobrecen los criterios válidos y los anulan hasta llevarnos a un riesgoso terreno que puede poner entre la vida y la muerte a millones de seres humanos, en particular, por el interés, a los mexicanos.

Y de esa polarización de lo absurdo, nace el periodismo de causas porque el vacío informativo se llena con especulaciones que luego van a generar discusiones con un final inconcluso, es decir, nos ocupamos en opinar, no importa si conocemos o no el tema, en este caso la pandemia, pero hacemos que el problema estalle y dejamos a los consumidores del mensaje más confundidos de lo que de por sí ya están.

Todos podemos opinar, absolutamente todos, el problema es cuando intentamos imponer un criterio que más que aportar soluciones, se convierte en la difusión de riesgos sin darnos cuenta. La infodemia, por lo mismo, puede ser mucho más peligrosa que la misma pandemia del coronavirus, porque es más contagiosa. Solo escribo cosas comunes.

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