/ martes 10 de septiembre de 2019

Intestados

Muchas son las personas que se enfrentan a situaciones difíciles cuando alguien fallece sin haber realizado su testamento, su voluntad sobre sus bienes tras su muerte.

A algunos les parece que lo anterior carece de importancia, pero si les llega la lumbre a los aparejos se darán cuenta de lo contrario.

Existen propiedades que, por estar intestadas, son abandonadas con el tiempo. Hay otras sobre las que se aprovechan personas ajenas, sea por desconocimiento de los familiares del difunto al no promover un juicio de intestado o por el uso de argumentos “legaloides” por los aprovechados.

Hay patrimonios dejados por personas fallecidas sobre los que se abalanzan como aves de rapiña aquellos que, por parentesco u otras causas, creen tener derecho al disfrute de ese patrimonio, aunque sepan o intuyan que no era la voluntad del muerto ser considerados como herederos.

Hay casos –y algunos lectores lo habrán vivido- en que un esposo(a), un hijo(a), un hermano(o) u otra persona se han encargado de cuidar por años a alguien enfermo, anciano o con capacidades diferentes, y cuando muere otros parientes que poco o nunca se acercaron en su ayuda le despojan de bienes o la corren de la propiedad del difunto, donde vivió junto a él. La situación se presenta generalmente cuando no existe un testamento.

Para algunos que poseen bienes y sueñan en que algún hijo, un hermano u otro pariente o persona cualquiera se haga cargo de sus pertenencias al dejar este mundo, ese sueño se puede ir por la borda si alguien busca oponerse a su voluntad si no la dejó especificada por escrito en un testamento.

Morir sin haber hecho testamento es, en no pocos casos, heredar problemas en vez de bienes. Es permitir que preocupaciones, pérdida de tiempo y dinero se inviertan para que la voluntad sobre su patrimonio se vea efectuada, y algunas veces esa voluntad no queda cumplida

Dejar las cosas al garete sin testamentar produce en ocasiones el enfrentamiento entre los miembros de una familia o incluso su ruptura, y a veces las cosas van más allá derivando en conflictos que desembocan en tragedias.

Ante situaciones como las anteriores, desde hace algunos años se ha declarado el mes de septiembre como el mes del testamento, no sólo porque los costos para realizarlo se aminoran, sino por la consideración de que, de algún modo, se enfrenta un problema social que a veces desgasta sin necesidad a las personas vivas. Tengámoslo en cuenta.



Muchas son las personas que se enfrentan a situaciones difíciles cuando alguien fallece sin haber realizado su testamento, su voluntad sobre sus bienes tras su muerte.

A algunos les parece que lo anterior carece de importancia, pero si les llega la lumbre a los aparejos se darán cuenta de lo contrario.

Existen propiedades que, por estar intestadas, son abandonadas con el tiempo. Hay otras sobre las que se aprovechan personas ajenas, sea por desconocimiento de los familiares del difunto al no promover un juicio de intestado o por el uso de argumentos “legaloides” por los aprovechados.

Hay patrimonios dejados por personas fallecidas sobre los que se abalanzan como aves de rapiña aquellos que, por parentesco u otras causas, creen tener derecho al disfrute de ese patrimonio, aunque sepan o intuyan que no era la voluntad del muerto ser considerados como herederos.

Hay casos –y algunos lectores lo habrán vivido- en que un esposo(a), un hijo(a), un hermano(o) u otra persona se han encargado de cuidar por años a alguien enfermo, anciano o con capacidades diferentes, y cuando muere otros parientes que poco o nunca se acercaron en su ayuda le despojan de bienes o la corren de la propiedad del difunto, donde vivió junto a él. La situación se presenta generalmente cuando no existe un testamento.

Para algunos que poseen bienes y sueñan en que algún hijo, un hermano u otro pariente o persona cualquiera se haga cargo de sus pertenencias al dejar este mundo, ese sueño se puede ir por la borda si alguien busca oponerse a su voluntad si no la dejó especificada por escrito en un testamento.

Morir sin haber hecho testamento es, en no pocos casos, heredar problemas en vez de bienes. Es permitir que preocupaciones, pérdida de tiempo y dinero se inviertan para que la voluntad sobre su patrimonio se vea efectuada, y algunas veces esa voluntad no queda cumplida

Dejar las cosas al garete sin testamentar produce en ocasiones el enfrentamiento entre los miembros de una familia o incluso su ruptura, y a veces las cosas van más allá derivando en conflictos que desembocan en tragedias.

Ante situaciones como las anteriores, desde hace algunos años se ha declarado el mes de septiembre como el mes del testamento, no sólo porque los costos para realizarlo se aminoran, sino por la consideración de que, de algún modo, se enfrenta un problema social que a veces desgasta sin necesidad a las personas vivas. Tengámoslo en cuenta.



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