/ viernes 27 de diciembre de 2019

La amenaza del divorcio

Me parece que la única amenaza que siempre se cierne sobre los matrimonios es el divorcio. Sé de muchos matrimonios que se divorciaron el primer año de su matrimonio, de otros que en la ancianidad cayeron en la separación definitiva. El divorcio siempre amenaza. Siempre hay que estar prevenidos para conservar el matrimonio. Cuesta, pero vale la pena hacer el esfuerzo.

Soy educador. He tenido muchos casos de alumnos problemáticos por ser hijos de divorciados. Un caso: el muchacho llegó a la secundaria con un arma cargada para matar a un compañero que lo molestaba. Era un alumno reprobado, indisciplinado, corajudo, pleitista. No sé qué sería de su vida.

Como consejero matrimonial, para lo que hice estudios en la Universidad española de Navarra, he vivido el divorcio en muchísimos casos. Es difícil superar el propio problema. Un hombre llegó un día a mi oficina. Yo lo conocía, era el mejor psicólogo de la ciudad. Me dijo: “Yo sé dar consejos para superar los propios problemas, pero no sé cómo superar mi propio problema”… y me contó.

Un día un padre de familia llegó a platicar conmigo a mi oficina escolar. Me dijo: – “Tengo, un problema”. Se sentó frente a mí en la mesa de juntas. Y empezó a llorar. No pudo hablar. Lloró, tal vez por media hora. Se disculpó, me pidió perdón por no poder hablar. Se fue. Yo sabía que su problema era el amenazante divorcio.

Sé de un caso que llegó al divorcio sin un divorcio. El matrimonio estaba en un equipo de formación, en nuestro equipo del Movimiento Familiar Cristiano (MFC). Lo coordinábamos mi esposa y yo. Según la esposa, él simulaba tener un dolor de cabeza para buscar ser atendido. Ella nunca le creyó. Un día le encontraron un tumor en el cerebro. Se murió. Halló su divorcio en su muerte. Ella, viuda, anduvo juntándose con varios hombres, siempre jóvenes.

En mi familia vivíamos el problema del divorcio. Los hijos estaban pequeños. Rezábamos el rosario todos los días, por un matrimonio amenazado por el divorcio. Un día rezamos por un matrimonio, andaban mal. Pero se reconciliaron. Lo comenté a los hijos. Uno de ellos, niño, dijo: “Vale la pena rezar muchos rosarios para que los matrimonios no se separen”. A veces, el único recurso es la oración.

Los alumnos crecen pronto. Hacen su vida. Se casan, tienen hijos. Un exalumno con el que mi matrimonio tenía amistad, seguido íbamos a cenar a su hogar. Un día fue a mi oficina, y me comentó: - “Para que no se entere por fuera, le comunico que me voy a divorciar”. Eso duele. Nada se puede hacer cuando el divorcio se ha decidido. Los exalumnos son los segundos hijos de un maestro.

Muchos de los matrimonio conocidos en el MFC, a pesar de los estudios de formación cristiana, cayeron en divorcio. Por eso, mi esposa y yo fundamos un grupo cristiano al que le pusimos el nombre de “Grupo Naím”. En él atendíamos a la persona divorciada. Un grupo para divorciados, otro para divorciadas. A fin de cuentas, a los divorciados no les interesaba recuperar su matrimonio, y tuvimos que clausurar el grupo.

La amenaza del divorcio sólo tiene una solución: Brindar amor al cónyuge, a la cónyuge. Volver a las acciones del noviazgo, revivir las demostraciones de cariño que vivimos cuando éramos novios. Por los hijos, hay que evitar caer en divorcio.


Me parece que la única amenaza que siempre se cierne sobre los matrimonios es el divorcio. Sé de muchos matrimonios que se divorciaron el primer año de su matrimonio, de otros que en la ancianidad cayeron en la separación definitiva. El divorcio siempre amenaza. Siempre hay que estar prevenidos para conservar el matrimonio. Cuesta, pero vale la pena hacer el esfuerzo.

Soy educador. He tenido muchos casos de alumnos problemáticos por ser hijos de divorciados. Un caso: el muchacho llegó a la secundaria con un arma cargada para matar a un compañero que lo molestaba. Era un alumno reprobado, indisciplinado, corajudo, pleitista. No sé qué sería de su vida.

Como consejero matrimonial, para lo que hice estudios en la Universidad española de Navarra, he vivido el divorcio en muchísimos casos. Es difícil superar el propio problema. Un hombre llegó un día a mi oficina. Yo lo conocía, era el mejor psicólogo de la ciudad. Me dijo: “Yo sé dar consejos para superar los propios problemas, pero no sé cómo superar mi propio problema”… y me contó.

Un día un padre de familia llegó a platicar conmigo a mi oficina escolar. Me dijo: – “Tengo, un problema”. Se sentó frente a mí en la mesa de juntas. Y empezó a llorar. No pudo hablar. Lloró, tal vez por media hora. Se disculpó, me pidió perdón por no poder hablar. Se fue. Yo sabía que su problema era el amenazante divorcio.

Sé de un caso que llegó al divorcio sin un divorcio. El matrimonio estaba en un equipo de formación, en nuestro equipo del Movimiento Familiar Cristiano (MFC). Lo coordinábamos mi esposa y yo. Según la esposa, él simulaba tener un dolor de cabeza para buscar ser atendido. Ella nunca le creyó. Un día le encontraron un tumor en el cerebro. Se murió. Halló su divorcio en su muerte. Ella, viuda, anduvo juntándose con varios hombres, siempre jóvenes.

En mi familia vivíamos el problema del divorcio. Los hijos estaban pequeños. Rezábamos el rosario todos los días, por un matrimonio amenazado por el divorcio. Un día rezamos por un matrimonio, andaban mal. Pero se reconciliaron. Lo comenté a los hijos. Uno de ellos, niño, dijo: “Vale la pena rezar muchos rosarios para que los matrimonios no se separen”. A veces, el único recurso es la oración.

Los alumnos crecen pronto. Hacen su vida. Se casan, tienen hijos. Un exalumno con el que mi matrimonio tenía amistad, seguido íbamos a cenar a su hogar. Un día fue a mi oficina, y me comentó: - “Para que no se entere por fuera, le comunico que me voy a divorciar”. Eso duele. Nada se puede hacer cuando el divorcio se ha decidido. Los exalumnos son los segundos hijos de un maestro.

Muchos de los matrimonio conocidos en el MFC, a pesar de los estudios de formación cristiana, cayeron en divorcio. Por eso, mi esposa y yo fundamos un grupo cristiano al que le pusimos el nombre de “Grupo Naím”. En él atendíamos a la persona divorciada. Un grupo para divorciados, otro para divorciadas. A fin de cuentas, a los divorciados no les interesaba recuperar su matrimonio, y tuvimos que clausurar el grupo.

La amenaza del divorcio sólo tiene una solución: Brindar amor al cónyuge, a la cónyuge. Volver a las acciones del noviazgo, revivir las demostraciones de cariño que vivimos cuando éramos novios. Por los hijos, hay que evitar caer en divorcio.