/ domingo 26 de septiembre de 2021

La condición humana


Por: Pablo Héctor González Villalobos

A lo largo de la historia del pensamiento occidental, han existido quienes sostienen que el ser humano tiende naturalmente al bien. Otros han afirmado que las personas son malas por naturaleza. En alguna postura teológica se afirma que, aunque buenos de origen, somos naturaleza caída a raíz de que nuestros ancestros cometieron un pecado original.

En el ámbito de los juicios sobre lo que es bueno o es malo también existen posturas discrepantes. Hay quienes ven todo en blanco o negro, virtud o pecado, poluto o impoluto. A esta posición dicotómica se le conoce como maniqueísmo. Otra posición sostiene que el blanco y el negro sólo son criterios extremos para ponderar una realidad que siempre es gris. En unos casos gris muy claro, casi blanco, y en otros gris rata, casi negro, pero gris al fin.

Imaginemos que un observador externo, por ejemplo un extraterrestre totalmente ajeno a la ética humana, presencia la expresión de esas posturas discrepantes. Seguramente su desconocimiento de nuestra condición lo dejaría perplejo. Porque, en el fondo, lo que esas antiguas discusiones revelan es que el ser humano es contradictorio. Signo de contradicción lo denominó Karol Wojtila, antes de ser papa, en una magnífica obra que así se titula.

Existen contradicciones de distinta clase. Puede haber, en primer lugar, una expresión contradictoria en sus términos, como cuando se afirma que un círculo tiene tres lados. Pero también existen contradicciones que tienen que ver con la conducta humana que contradice el discurso. Contradicciones performativas, como las llama John Finnis. Como cuando alguien dice en voz alta: “No estoy hablando”. Otros son los casos en los que con el mayor de los desparpajos defendemos y nos comportamos conforme a posiciones contradictorias como si fueran perfectamente compatibles.

La contradicción humana es una contradicción performativa o de adscripción performativa a posiciones contradictorias. Es la incongruencia inevitable que, aun en los individuos más íntegros, aparece de cuando en cuando y, a veces, en el momento más inoportuno. La famosa frase de San Pablo la ilustra con una claridad que, en mi opinión, no ha sido superada: Veo el bien que quiero y hago el mal que no quiero.

Wiston Churchill, en sus memorias, da cuenta de un tragicómico encuentro con un grupo que padecía de un caso extremo de contradicción humana. Cuando el primer ministro viajó a Roma para alentar a las tropas aliadas, se entrevistó con quienes pertenecían a partidos políticos anteriores a la dictadura de Moussolini. Entre ellos había un grupo de individuos a quienes preguntó por el nombre del partido al que pertenecían. Respondieron, con candor, que ellos eran miembros del partido de los comunistas católicos. Dice Churchill que, con un dejo de humor, les replicó que menos mal que se encontraban tan cerca de las catacumbas.

Tengo para mi que, si queremos ser congruentes, lo primero que tenemos que hacer es reconocer nuestras contradicciones. No podremos evitarlas. Es nuestra condición humana. Pero sí es posible gobernarlas para que se vayan reduciendo a lo largo de una vida. Y preferentemente hacia el blanco, que no hacia el negro. Ello, de manera análoga a la reflexión de David Granfield, que postula que no hay juez más imparcial que el que reconoce sus propios prejuicios porque sólo así puede gobernarlos para evitar, o al menos reducir, el riesgo de que contaminen sus decisiones.



Por: Pablo Héctor González Villalobos

A lo largo de la historia del pensamiento occidental, han existido quienes sostienen que el ser humano tiende naturalmente al bien. Otros han afirmado que las personas son malas por naturaleza. En alguna postura teológica se afirma que, aunque buenos de origen, somos naturaleza caída a raíz de que nuestros ancestros cometieron un pecado original.

En el ámbito de los juicios sobre lo que es bueno o es malo también existen posturas discrepantes. Hay quienes ven todo en blanco o negro, virtud o pecado, poluto o impoluto. A esta posición dicotómica se le conoce como maniqueísmo. Otra posición sostiene que el blanco y el negro sólo son criterios extremos para ponderar una realidad que siempre es gris. En unos casos gris muy claro, casi blanco, y en otros gris rata, casi negro, pero gris al fin.

Imaginemos que un observador externo, por ejemplo un extraterrestre totalmente ajeno a la ética humana, presencia la expresión de esas posturas discrepantes. Seguramente su desconocimiento de nuestra condición lo dejaría perplejo. Porque, en el fondo, lo que esas antiguas discusiones revelan es que el ser humano es contradictorio. Signo de contradicción lo denominó Karol Wojtila, antes de ser papa, en una magnífica obra que así se titula.

Existen contradicciones de distinta clase. Puede haber, en primer lugar, una expresión contradictoria en sus términos, como cuando se afirma que un círculo tiene tres lados. Pero también existen contradicciones que tienen que ver con la conducta humana que contradice el discurso. Contradicciones performativas, como las llama John Finnis. Como cuando alguien dice en voz alta: “No estoy hablando”. Otros son los casos en los que con el mayor de los desparpajos defendemos y nos comportamos conforme a posiciones contradictorias como si fueran perfectamente compatibles.

La contradicción humana es una contradicción performativa o de adscripción performativa a posiciones contradictorias. Es la incongruencia inevitable que, aun en los individuos más íntegros, aparece de cuando en cuando y, a veces, en el momento más inoportuno. La famosa frase de San Pablo la ilustra con una claridad que, en mi opinión, no ha sido superada: Veo el bien que quiero y hago el mal que no quiero.

Wiston Churchill, en sus memorias, da cuenta de un tragicómico encuentro con un grupo que padecía de un caso extremo de contradicción humana. Cuando el primer ministro viajó a Roma para alentar a las tropas aliadas, se entrevistó con quienes pertenecían a partidos políticos anteriores a la dictadura de Moussolini. Entre ellos había un grupo de individuos a quienes preguntó por el nombre del partido al que pertenecían. Respondieron, con candor, que ellos eran miembros del partido de los comunistas católicos. Dice Churchill que, con un dejo de humor, les replicó que menos mal que se encontraban tan cerca de las catacumbas.

Tengo para mi que, si queremos ser congruentes, lo primero que tenemos que hacer es reconocer nuestras contradicciones. No podremos evitarlas. Es nuestra condición humana. Pero sí es posible gobernarlas para que se vayan reduciendo a lo largo de una vida. Y preferentemente hacia el blanco, que no hacia el negro. Ello, de manera análoga a la reflexión de David Granfield, que postula que no hay juez más imparcial que el que reconoce sus propios prejuicios porque sólo así puede gobernarlos para evitar, o al menos reducir, el riesgo de que contaminen sus decisiones.


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