/ jueves 28 de octubre de 2021

La muerte

El concepto de muerte ha variado mucho en mi vida, de niña no tenía idea de la magnitud de su significado hasta una trágica experiencia que tuve a los 10 años.

En la parte trasera de la casa que habité en mi infancia, teníamos un corral con conejos y palomas, me gustaba mucho observarlos y en eso estaba cuando una amiga de mi hermana mayor llegó llorando. Le pregunté ¿Por qué lloras? “Se ahogó un niño en la alberca”. Me impactó la noticia y corrí hasta donde estaba la piscina, los presentes estaban rodeando a un niño tendido en el pasto, yo volteaba de un lado a otro sin entender cómo era posible que eso hubiera sucedido, pues había una reunión de adolescentes en la alberca. La historia es larga pero la resumo. Mi hermana de 17 años tenía invitados a nadar, pero hubo un momento en que se metieron a la casa para comer algo, la alberca que siempre estaba cerrada se quedó abierta y un vecinito de 4 años que había estado ahí más temprano con su hermana viendo la alberca y tocando el agua, regresó solito en el momento en que todos estaban en la cocina, para llegar tuvo que caminar 5 cuadras, se salió de su casa sin que nadie lo notara y no hubo quien lo viera entrar al jardín y lo demás sólo lo podemos imaginar. Cuando los amigos de mi hermana terminaron de comer, salieron de nuevo, uno de ellos se tiró un clavado y encontró al niño en el fondo.

Al escribir esto lloro de nuevo, recuerdo el sonido de la ambulancia, el llanto y los gritos de mi mamá, un caos que me petrificó. Al niño lo velaron en su casa en un pequeño ataúd blanco, lo vi ahí como si estuviera dormido y el pecho se me comprimió al recordarlo con vida.

Fue pasando el tiempo y muertes cercanas se sucedieron, mis abuelos, un primo, tíos, mi hermano, mis papás, amigas, cada una de estas pérdidas con sentimientos diferentes, pero todas con el mensaje de un adiós rotundo que duele.

Celebramos el Día de Muertos porque los que nos quedamos extrañamos a nuestros seres queridos, los recordamos y con ello los sentimos de nuevo, pero tendemos a ver la muerte lejana para nosotros, siendo que es parte de la vida.

Estamos enfilados a lo inevitable y hace falta que lo recordemos, porque sólo así aprovecharemos más el tiempo en este mundo y agradeceremos cada día.

Hoy veo la muerte como parte de mi vida y sé que al morir no me llevaré nada, me iré tal cual llegué. Entonces si nada de este mundo realmente me pertenece, ¿qué estoy haciendo con ello?, ¿qué finalidad tiene?

Agradezco estar viva porque lo que Dios creó me fascina, camino con el deleite de fijarme en detalles que antes no valoraba, inhalo y sigo, sabiendo que mi salud integral viene de la naturaleza, del amor de Dios y el de mis entrañables seres queridos, a los que quiero disfrutar al máximo, antes de irme.

Si en el presente encuentro la paz, sé con certeza que en mi muerte estaré en paz, porque habré disfrutado lo más posible este grandioso regalo de vida.


ROBERTA CORTÁZAR B.


El concepto de muerte ha variado mucho en mi vida, de niña no tenía idea de la magnitud de su significado hasta una trágica experiencia que tuve a los 10 años.

En la parte trasera de la casa que habité en mi infancia, teníamos un corral con conejos y palomas, me gustaba mucho observarlos y en eso estaba cuando una amiga de mi hermana mayor llegó llorando. Le pregunté ¿Por qué lloras? “Se ahogó un niño en la alberca”. Me impactó la noticia y corrí hasta donde estaba la piscina, los presentes estaban rodeando a un niño tendido en el pasto, yo volteaba de un lado a otro sin entender cómo era posible que eso hubiera sucedido, pues había una reunión de adolescentes en la alberca. La historia es larga pero la resumo. Mi hermana de 17 años tenía invitados a nadar, pero hubo un momento en que se metieron a la casa para comer algo, la alberca que siempre estaba cerrada se quedó abierta y un vecinito de 4 años que había estado ahí más temprano con su hermana viendo la alberca y tocando el agua, regresó solito en el momento en que todos estaban en la cocina, para llegar tuvo que caminar 5 cuadras, se salió de su casa sin que nadie lo notara y no hubo quien lo viera entrar al jardín y lo demás sólo lo podemos imaginar. Cuando los amigos de mi hermana terminaron de comer, salieron de nuevo, uno de ellos se tiró un clavado y encontró al niño en el fondo.

Al escribir esto lloro de nuevo, recuerdo el sonido de la ambulancia, el llanto y los gritos de mi mamá, un caos que me petrificó. Al niño lo velaron en su casa en un pequeño ataúd blanco, lo vi ahí como si estuviera dormido y el pecho se me comprimió al recordarlo con vida.

Fue pasando el tiempo y muertes cercanas se sucedieron, mis abuelos, un primo, tíos, mi hermano, mis papás, amigas, cada una de estas pérdidas con sentimientos diferentes, pero todas con el mensaje de un adiós rotundo que duele.

Celebramos el Día de Muertos porque los que nos quedamos extrañamos a nuestros seres queridos, los recordamos y con ello los sentimos de nuevo, pero tendemos a ver la muerte lejana para nosotros, siendo que es parte de la vida.

Estamos enfilados a lo inevitable y hace falta que lo recordemos, porque sólo así aprovecharemos más el tiempo en este mundo y agradeceremos cada día.

Hoy veo la muerte como parte de mi vida y sé que al morir no me llevaré nada, me iré tal cual llegué. Entonces si nada de este mundo realmente me pertenece, ¿qué estoy haciendo con ello?, ¿qué finalidad tiene?

Agradezco estar viva porque lo que Dios creó me fascina, camino con el deleite de fijarme en detalles que antes no valoraba, inhalo y sigo, sabiendo que mi salud integral viene de la naturaleza, del amor de Dios y el de mis entrañables seres queridos, a los que quiero disfrutar al máximo, antes de irme.

Si en el presente encuentro la paz, sé con certeza que en mi muerte estaré en paz, porque habré disfrutado lo más posible este grandioso regalo de vida.


ROBERTA CORTÁZAR B.