/ lunes 25 de marzo de 2019

La música, la política y las emociones

Mauro de María, licenciado en Composición en la Facultad de Música de la Universidad Católica Argentina, pianista por más de 15 años y compositor de más de 40 obras que abarcan sonoridades contemporáneas, de cámara y sinfónica, abarcando géneros como el expresionismo, minimalismo, atonalismo y filmscoring, fue responsable de que mi hora de relax, sentado ante el teclado del piano que de manera empírica aporreo desde hace algunos años, quedara suspendida ese día para escuchar su conferencia en YouTube sobre la relación entre la música, la política y las emociones.

De María desde hace más de diez años desarrolla una investigación sobre las emociones en relación a la música y nuestra posibilidad de medir energéticamente la incidencia emocional de los diferentes momentos musicales que nos conducen hacia una emoción final, el éxtasis, al concluir una pieza o toda una sinfonía en una sala de concierto.

No es el único especialista que he visto tratar la música como recurso para el manejo de las emociones colectivas. Jaime Altosano, un creativo compositor y productor español, que imagino no supera la edad de los 30 años, explica con extraordinaria facilidad la utilización de las tonalidades, la armonía funcional, la función dominante, la modulación, pulso, compás y ritmo de los sonidos para reforzar y reafirmar las sensaciones que, por ejemplo transmiten al espectador las escenas de una película.

Es conocido entre otras cosas por haber explicado el uso de leitmotivs (melodía o secuencia tonal corta recurrente en una obra) a través de la banda sonora de El Señor de los Anillos, introducido el contrapunto y analizando varias fugas de Bach, gracias a Pokémon y La Oreja de Van Gogh, e introducido las dominantes secundarias en musicalizaciones como las de Dragon Ball Súper, para justificar por qué dichas producciones fílmicas son tan exitosas y se graban en el subconsciente de los niños, adultos y mayores.

De María explica que las nuevas generaciones que formarán nuestra presente/futura sociedad, no perciben la misma realidad que nuestros antepasados. La composición musical, la estructura armónica de Bach, Beethoven, Chopin e infinidad de talentos que en el pasado consolidaron las bases y técnicas musicales, es la misma que ahora utilizan los nuevos talentos que interpretan rap, pop, heavy metal, reguetón y los efectos sonoros que acompañan al cine, la televisión y la media audiovisual.

“La música de hoy es la misma que la de antes, lo único que varía con el paso de los siglos son las circunstancias y las emociones”. ¿Pero no podemos hablar de circunstancias y emociones en la estructuración del conocimiento musical, porque las circunstancias y las emociones son subjetivas y coyunturales? Afirma que si eso fuera verdad, entonces cada grupo de la sociedad estaría condenado a vivir atado a sus coyunturas y subjetividades. “300 años atrás, sin radio, sin televisión, sin medios de comunicación como el internet y las señales satelitales, ¿cómo un griego iba a poder conocer la música mexicana?”, se cuestiona.

Ahora estamos todos sumergidos en una misma realidad. En una ineludible globalización. Prende usted la radio y fácilmente puede enterarse de lo que está sucediendo al otro lado del mundo. Usted quizá podrá seleccionar lo que le gusta escuchar; quizá no le guste mucho escuchar cumbias, no escoja escuchar rap o no elija la música norteña, pero estamos inmersos en una nueva realidad, un bombardeo constante de información musical que aunque usted intente mantenerse ajeno, obligado lo hará como parte de su normalidad. Porque aunque a usted no le guste el reguetón y nunca se compre un disco de Maluma, no podrá evitar que en su entorno otros reproduzcan a alto volumen toda esa enorme variedad de sonidos que formarán su realidad.

Quizá usted se pueda preguntar, ¿y qué tiene que ver todos esto de la música y las emociones con la política? De María nos reta a encontrar, en el análisis de estos argumentos musicales, la respuesta conductual de nuestra sociedad a los episodios políticos coyunturales que a cada momento nos suceden. Como en las recetas de cocina moderna, mezcle usted los elementos que se revisan en el análisis de la influencia de los ritmos, acordes y tiempos o sustitúyalos por conceptos como libertad, Derechos Humanos, integración social, responsabilidad civil y democracia participativa.


Traslade los ejemplos de la musicalidad ya dados a los principios rectores de la diversidad, la pluralidad y la diferencia de opinión y agrégueles como aditivos principales, en lugar de tonalidad el estado de humor social, en lugar de armonización, el diálogo y consenso, en lugar de armonía funcional la responsabilidad civil que tenemos. En lugar de pulso, compás y ritmo, póngale planeación, calendarización, evaluación y aplíqueles indicadores de los objetivos comunes. Si logra amalgamar el texto original con estos nuevos conceptos, tendrá usted en sus manos una visión más objetiva de qué es lo que nos está haciendo falta como sociedad y cuál es el valor de considerar en nuestras estrategias el ingrediente de las sensaciones que, como en la música, deben llevar tempo, afinación y simetría.

Se tarda uno muy poco en entender las ideas generales, pero el ejercicio mental vale la pena; al menos para intentar modificar el paradigma que nos sujeta al pasado, a la cultura y las tradiciones políticas de nuestros antecesores para obtener una nueva visión, de lo que debemos y tenemos que hacer. Insisto, quizá no sea fácil de entender, pero al final la política y la música, son los únicos incentivos emocionales que nos quedan a los pueblos. Afinemos la nota.


Mauro de María, licenciado en Composición en la Facultad de Música de la Universidad Católica Argentina, pianista por más de 15 años y compositor de más de 40 obras que abarcan sonoridades contemporáneas, de cámara y sinfónica, abarcando géneros como el expresionismo, minimalismo, atonalismo y filmscoring, fue responsable de que mi hora de relax, sentado ante el teclado del piano que de manera empírica aporreo desde hace algunos años, quedara suspendida ese día para escuchar su conferencia en YouTube sobre la relación entre la música, la política y las emociones.

De María desde hace más de diez años desarrolla una investigación sobre las emociones en relación a la música y nuestra posibilidad de medir energéticamente la incidencia emocional de los diferentes momentos musicales que nos conducen hacia una emoción final, el éxtasis, al concluir una pieza o toda una sinfonía en una sala de concierto.

No es el único especialista que he visto tratar la música como recurso para el manejo de las emociones colectivas. Jaime Altosano, un creativo compositor y productor español, que imagino no supera la edad de los 30 años, explica con extraordinaria facilidad la utilización de las tonalidades, la armonía funcional, la función dominante, la modulación, pulso, compás y ritmo de los sonidos para reforzar y reafirmar las sensaciones que, por ejemplo transmiten al espectador las escenas de una película.

Es conocido entre otras cosas por haber explicado el uso de leitmotivs (melodía o secuencia tonal corta recurrente en una obra) a través de la banda sonora de El Señor de los Anillos, introducido el contrapunto y analizando varias fugas de Bach, gracias a Pokémon y La Oreja de Van Gogh, e introducido las dominantes secundarias en musicalizaciones como las de Dragon Ball Súper, para justificar por qué dichas producciones fílmicas son tan exitosas y se graban en el subconsciente de los niños, adultos y mayores.

De María explica que las nuevas generaciones que formarán nuestra presente/futura sociedad, no perciben la misma realidad que nuestros antepasados. La composición musical, la estructura armónica de Bach, Beethoven, Chopin e infinidad de talentos que en el pasado consolidaron las bases y técnicas musicales, es la misma que ahora utilizan los nuevos talentos que interpretan rap, pop, heavy metal, reguetón y los efectos sonoros que acompañan al cine, la televisión y la media audiovisual.

“La música de hoy es la misma que la de antes, lo único que varía con el paso de los siglos son las circunstancias y las emociones”. ¿Pero no podemos hablar de circunstancias y emociones en la estructuración del conocimiento musical, porque las circunstancias y las emociones son subjetivas y coyunturales? Afirma que si eso fuera verdad, entonces cada grupo de la sociedad estaría condenado a vivir atado a sus coyunturas y subjetividades. “300 años atrás, sin radio, sin televisión, sin medios de comunicación como el internet y las señales satelitales, ¿cómo un griego iba a poder conocer la música mexicana?”, se cuestiona.

Ahora estamos todos sumergidos en una misma realidad. En una ineludible globalización. Prende usted la radio y fácilmente puede enterarse de lo que está sucediendo al otro lado del mundo. Usted quizá podrá seleccionar lo que le gusta escuchar; quizá no le guste mucho escuchar cumbias, no escoja escuchar rap o no elija la música norteña, pero estamos inmersos en una nueva realidad, un bombardeo constante de información musical que aunque usted intente mantenerse ajeno, obligado lo hará como parte de su normalidad. Porque aunque a usted no le guste el reguetón y nunca se compre un disco de Maluma, no podrá evitar que en su entorno otros reproduzcan a alto volumen toda esa enorme variedad de sonidos que formarán su realidad.

Quizá usted se pueda preguntar, ¿y qué tiene que ver todos esto de la música y las emociones con la política? De María nos reta a encontrar, en el análisis de estos argumentos musicales, la respuesta conductual de nuestra sociedad a los episodios políticos coyunturales que a cada momento nos suceden. Como en las recetas de cocina moderna, mezcle usted los elementos que se revisan en el análisis de la influencia de los ritmos, acordes y tiempos o sustitúyalos por conceptos como libertad, Derechos Humanos, integración social, responsabilidad civil y democracia participativa.


Traslade los ejemplos de la musicalidad ya dados a los principios rectores de la diversidad, la pluralidad y la diferencia de opinión y agrégueles como aditivos principales, en lugar de tonalidad el estado de humor social, en lugar de armonización, el diálogo y consenso, en lugar de armonía funcional la responsabilidad civil que tenemos. En lugar de pulso, compás y ritmo, póngale planeación, calendarización, evaluación y aplíqueles indicadores de los objetivos comunes. Si logra amalgamar el texto original con estos nuevos conceptos, tendrá usted en sus manos una visión más objetiva de qué es lo que nos está haciendo falta como sociedad y cuál es el valor de considerar en nuestras estrategias el ingrediente de las sensaciones que, como en la música, deben llevar tempo, afinación y simetría.

Se tarda uno muy poco en entender las ideas generales, pero el ejercicio mental vale la pena; al menos para intentar modificar el paradigma que nos sujeta al pasado, a la cultura y las tradiciones políticas de nuestros antecesores para obtener una nueva visión, de lo que debemos y tenemos que hacer. Insisto, quizá no sea fácil de entender, pero al final la política y la música, son los únicos incentivos emocionales que nos quedan a los pueblos. Afinemos la nota.


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