/ jueves 19 de diciembre de 2019

La vejez, enfermedad y abandono

“El mundo envejece, y el envejecimiento se entristece”: Tasso


La felicidad de los jóvenes los enrumba a las grandes acciones, a las transformaciones, porque lo saben todo, y poseen la energía para lograrlas. Son libres e independientes y emprenden el camino al futuro con optimismo. Sus progenitores son obsoletos, ignorantes y sólo son renegados y óbices para sus planes. El mundo actual es el producto de hombres que siendo jóvenes tuvieron hijos, que auparon con alegría, que buscaron la sonrisa de aquel rostro hermoso que asomaba dos dientitos y se arrojaba a los brazos que lo invitaban al calor maternal, al paternal y al de los abuelos. Tres, sí, tres generaciones, reunidas en el amor filial. Ya jóvenes, a transformar la sociedad, que los cobijó desde su primera infancia, su niñez, su adolescencia y su divino tesoro: la juventud. Los padres ya son rucos, ya no pueden y, sobre todo, no saben, sus tiempos pasaron.

Pero vienen los viejitos, los arrinconados, a los que sólo se saluda y “nos vemos”; vamos a una pachanga, a reunirnos con otros jóvenes. Sin embargo, los viejitos, los padres, lucharon por una patria mejor, progresista, pacífica, sin violencia y con oportunidades para los jóvenes. Esos muchachos que hoy son suficientes y capaces de todo. ¡Enhorabuena, por el triunfo de los abuelos y de los padres! Pero cronos es inexorable y devora a sus hijos, los segundos, los minutos, las horas y los días; los jóvenes, ya padres, de esos bebés, de los que mencionamos renglones arriba, sienten amor por los cuerpecitos tibios, sangre de su sangre. Trabajan y trabajan, alivian el dolor de sus pequeños y les procuran alegría. ¡Bravo, ya cumplimos!

Los ancianos son el obligado acto de conmiseración, que presentan el dolor y la enfermedad. Son seres solitarios y permanentemente enfermos, que viven de la caridad de sus familiares (muy raro) y de su derecho a la jubilación (odiada por los patrones y el Gobierno). Los fondos para pensiones y seguridad social se mantienen con la aportación de los trabajadores en activo, pero los gobiernos escatiman con cobardía las prestaciones a los ancianos. Los remiten a la categoría de limosneros de sus derechos. Amemos a nuestros jóvenes, a nuestros padres y a nuestros ancianos.


“El mundo envejece, y el envejecimiento se entristece”: Tasso


La felicidad de los jóvenes los enrumba a las grandes acciones, a las transformaciones, porque lo saben todo, y poseen la energía para lograrlas. Son libres e independientes y emprenden el camino al futuro con optimismo. Sus progenitores son obsoletos, ignorantes y sólo son renegados y óbices para sus planes. El mundo actual es el producto de hombres que siendo jóvenes tuvieron hijos, que auparon con alegría, que buscaron la sonrisa de aquel rostro hermoso que asomaba dos dientitos y se arrojaba a los brazos que lo invitaban al calor maternal, al paternal y al de los abuelos. Tres, sí, tres generaciones, reunidas en el amor filial. Ya jóvenes, a transformar la sociedad, que los cobijó desde su primera infancia, su niñez, su adolescencia y su divino tesoro: la juventud. Los padres ya son rucos, ya no pueden y, sobre todo, no saben, sus tiempos pasaron.

Pero vienen los viejitos, los arrinconados, a los que sólo se saluda y “nos vemos”; vamos a una pachanga, a reunirnos con otros jóvenes. Sin embargo, los viejitos, los padres, lucharon por una patria mejor, progresista, pacífica, sin violencia y con oportunidades para los jóvenes. Esos muchachos que hoy son suficientes y capaces de todo. ¡Enhorabuena, por el triunfo de los abuelos y de los padres! Pero cronos es inexorable y devora a sus hijos, los segundos, los minutos, las horas y los días; los jóvenes, ya padres, de esos bebés, de los que mencionamos renglones arriba, sienten amor por los cuerpecitos tibios, sangre de su sangre. Trabajan y trabajan, alivian el dolor de sus pequeños y les procuran alegría. ¡Bravo, ya cumplimos!

Los ancianos son el obligado acto de conmiseración, que presentan el dolor y la enfermedad. Son seres solitarios y permanentemente enfermos, que viven de la caridad de sus familiares (muy raro) y de su derecho a la jubilación (odiada por los patrones y el Gobierno). Los fondos para pensiones y seguridad social se mantienen con la aportación de los trabajadores en activo, pero los gobiernos escatiman con cobardía las prestaciones a los ancianos. Los remiten a la categoría de limosneros de sus derechos. Amemos a nuestros jóvenes, a nuestros padres y a nuestros ancianos.


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