/ miércoles 8 de junio de 2022

Los resultados de las elecciones pasadas lo confirman: México está inmerso en una nueva realidad política

Las declaraciones triunfalistas de todos los presidentes de los partidos políticos sólo tienen la intención de animar a sus simpatizantes por no explicar la realidad.

Alimentan aún más el descrédito a los partidos, en vez de aprovechar el momento y la atención para formar conciencia ciudadana sobre los procesos en los que estamos inmersos, los riesgos y oportunidades que tenemos como país.

Los partidos distorsionan la realidad con el lente de sus intereses miopes. Festejan las derrotas como victorias, niegan las asimetrías o la injerencia indebida de actores externos en los procesos, el narco, el estado, la autocomplacencia y la soberbia nublan la visión profunda.

Ese es el comportamiento habitual de nuestra partidocracia, pero ahora se vuelve más peligroso cuando constatamos que el país no avanza, incluso que retrocedemos en muchos indicadores, pero la atención se enfoca en sí mismos, en sus ombligos.

Cada elección confirma el cambio profundo del sistema político. Los actores estelares han sido reemplazados y no se han percatado. Siguen actuando como si siguieran siendo los protagonistas de una obra que los convirtió en actores de reparto.

Estamos presenciando el final de un sistema político y el inicio de uno nuevo, incierto y polarizado.

En 2018 representó el fin de ese sistema político protagonizado por el PRI y en un segundo término por el PAN y el PRD. Es un cambio profundo que se aprecia mejor cuando se cuantifica la población que en 2017 gobernaba el 90% de todos los habitantes de nuestro querido país: 114 millones de mexicanos estaban gobernados por alguno de ellos. El PRI gobernaba 55 millones, casi la mitad de la población, y ahora sólo gobernará 22 millones después de la elección del pasado 5 de junio. El PAN gobernaba 39 millones y ahora 16 millones. El PRD gobernaba 20 millones y ahora ya no gobierna ningún estado de la República. Es imposible tratar de negarlo.

Por otro lado, Morena se ha consolidado como mayoría y tiende a convertirse en partido hegemónico si no hacemos nada.

Los electores se están dividiendo en dos opciones: apoyar la 4T o combatirla.

Eso abre la posibilidad de presentar en 2024 una propuesta competitiva que atraiga y unifique a todos los que pensamos que el país va por mal camino. Pero tiene que haber humildad, generosidad y apertura autocrítica por parte de los dirigentes de los partidos de la oposición. Desde ahora, los gobiernos del PAN, del PRI y de MC deben ser referentes congruentes de la propuesta que presentaremos en 2024 o no tendremos credibilidad. Desde hoy, la vida interna de esos partidos debe ejercer la democracia interna, la inclusión y la unidad. Desde hoy, las bancadas de esos partidos deben impulsar las leyes y reformas congruentes de lo que será la plataforma electoral del próximo gobierno que pretendemos encabezar. Desde hoy, nuestras acciones deben demostrar que están orientadas a beneficiar a los más vulnerables y no a defender o proteger privilegios.

Sí se puede, pero necesitamos salirnos de la zona de confort y autocomplacencia para construir una propuesta audaz, disruptiva, innovadora en alianza con la agenda de la ciudadanía.

Entre el nihilismo estéril y la cándida ingenuidad debemos encontrar la dolorosa autocrítica para salir de nuestro marasmo.


Las declaraciones triunfalistas de todos los presidentes de los partidos políticos sólo tienen la intención de animar a sus simpatizantes por no explicar la realidad.

Alimentan aún más el descrédito a los partidos, en vez de aprovechar el momento y la atención para formar conciencia ciudadana sobre los procesos en los que estamos inmersos, los riesgos y oportunidades que tenemos como país.

Los partidos distorsionan la realidad con el lente de sus intereses miopes. Festejan las derrotas como victorias, niegan las asimetrías o la injerencia indebida de actores externos en los procesos, el narco, el estado, la autocomplacencia y la soberbia nublan la visión profunda.

Ese es el comportamiento habitual de nuestra partidocracia, pero ahora se vuelve más peligroso cuando constatamos que el país no avanza, incluso que retrocedemos en muchos indicadores, pero la atención se enfoca en sí mismos, en sus ombligos.

Cada elección confirma el cambio profundo del sistema político. Los actores estelares han sido reemplazados y no se han percatado. Siguen actuando como si siguieran siendo los protagonistas de una obra que los convirtió en actores de reparto.

Estamos presenciando el final de un sistema político y el inicio de uno nuevo, incierto y polarizado.

En 2018 representó el fin de ese sistema político protagonizado por el PRI y en un segundo término por el PAN y el PRD. Es un cambio profundo que se aprecia mejor cuando se cuantifica la población que en 2017 gobernaba el 90% de todos los habitantes de nuestro querido país: 114 millones de mexicanos estaban gobernados por alguno de ellos. El PRI gobernaba 55 millones, casi la mitad de la población, y ahora sólo gobernará 22 millones después de la elección del pasado 5 de junio. El PAN gobernaba 39 millones y ahora 16 millones. El PRD gobernaba 20 millones y ahora ya no gobierna ningún estado de la República. Es imposible tratar de negarlo.

Por otro lado, Morena se ha consolidado como mayoría y tiende a convertirse en partido hegemónico si no hacemos nada.

Los electores se están dividiendo en dos opciones: apoyar la 4T o combatirla.

Eso abre la posibilidad de presentar en 2024 una propuesta competitiva que atraiga y unifique a todos los que pensamos que el país va por mal camino. Pero tiene que haber humildad, generosidad y apertura autocrítica por parte de los dirigentes de los partidos de la oposición. Desde ahora, los gobiernos del PAN, del PRI y de MC deben ser referentes congruentes de la propuesta que presentaremos en 2024 o no tendremos credibilidad. Desde hoy, la vida interna de esos partidos debe ejercer la democracia interna, la inclusión y la unidad. Desde hoy, las bancadas de esos partidos deben impulsar las leyes y reformas congruentes de lo que será la plataforma electoral del próximo gobierno que pretendemos encabezar. Desde hoy, nuestras acciones deben demostrar que están orientadas a beneficiar a los más vulnerables y no a defender o proteger privilegios.

Sí se puede, pero necesitamos salirnos de la zona de confort y autocomplacencia para construir una propuesta audaz, disruptiva, innovadora en alianza con la agenda de la ciudadanía.

Entre el nihilismo estéril y la cándida ingenuidad debemos encontrar la dolorosa autocrítica para salir de nuestro marasmo.