/ viernes 6 de septiembre de 2019

Mujeres: Gracias por ser mujeres

Me parece que debemos a la mujer muchos reconocimientos por lo que hace por la familia. Hasta el día de hoy, en la Iglesia, ningún papa, como Juan Pablo II, ha tenido tanta preocupación por la mujer. EI papa Wojtyla ha dejado varios momentos dirigidos a la mujer. Voy a referirme a once alusiones, en audiencias, juntas, congresos, en radio, en la televisión. Espero con esto, yo también, reconocer lo mucho que la mujer ha hecho por la familia y por la sociedad.

En 1979, al año segundo de su vida de papa, habló de los carismas de la mujer. Dijo: “Hay que despertar los derechos justos de la mujer; debe insertarse honradamente en lo humano y lo profesional”. En 1982 invitó a la mujer a ser un ejemplo de ternura, de cariño y de comprensión. En 1988 escribió el primer documento que la Iglesia produjo, llamado “Dignidad de la Mujer; la mujer tiene los mismos derechos que los varones. En 1990 dijo: “La mujer es el corazón de la familia, es la primera educadora”. En 1991 expresó que el trabajo no impide a la mujer cumplir con sus deberes familiares. En 1993, invitó a la mujer a tener una mayor formación y una preparación más actual. En 1995 dijo en una carta que mandó a la mujer, dijo que la feminidad es una cualidad de la mujer. En 1996 invitó a la mujer a formar para la paz, para lo cual debía tener paz consigo misma. En 1996 afirmó que la nobleza de la mujer se manifestaba en la oración y en vivir el don de la maternidad. En 1998 aceptó que la mujer tenía un camino difícil que recorrer, porque se niegan a las mujeres derechos fundamentales para estudiar, para ejercer una profesión, y hasta para manifestar su pensamientos. En 1998 habló de la emancipación de la mujer. “La Iglesia –dijo-, quiere que la mujer se libere de las esclavitudes, que sepa utilizar su libertad para crecer”.

Cuando San Pablo II terminó su pontificado, la Iglesia había madurado en doctrina y en disciplina sobre la teología de la mujer. He aquí unas de las ideas centrales: La mujer ha de vivir los valores y las dotes específicos de su feminidad, en los ámbitos social y eclesial. Las mujeres han de dar una respuesta cristiana al espacio que tienen que ocupar en la Iglesia y en la sociedad. La mujer y el varón son capaces de recibir el don de la verdad divina y del amor en el Espíritu Santo. La mujer está llamada a ejercitar sus propios dones mediante el testimonio de la vida. Las mujeres pueden participar en la vida de la Iglesia sin ninguna discriminación.

Me parece que debemos a la mujer muchos reconocimientos por lo que hace por la familia. Hasta el día de hoy, en la Iglesia, ningún papa, como Juan Pablo II, ha tenido tanta preocupación por la mujer. EI papa Wojtyla ha dejado varios momentos dirigidos a la mujer. Voy a referirme a once alusiones, en audiencias, juntas, congresos, en radio, en la televisión. Espero con esto, yo también, reconocer lo mucho que la mujer ha hecho por la familia y por la sociedad.

En 1979, al año segundo de su vida de papa, habló de los carismas de la mujer. Dijo: “Hay que despertar los derechos justos de la mujer; debe insertarse honradamente en lo humano y lo profesional”. En 1982 invitó a la mujer a ser un ejemplo de ternura, de cariño y de comprensión. En 1988 escribió el primer documento que la Iglesia produjo, llamado “Dignidad de la Mujer; la mujer tiene los mismos derechos que los varones. En 1990 dijo: “La mujer es el corazón de la familia, es la primera educadora”. En 1991 expresó que el trabajo no impide a la mujer cumplir con sus deberes familiares. En 1993, invitó a la mujer a tener una mayor formación y una preparación más actual. En 1995 dijo en una carta que mandó a la mujer, dijo que la feminidad es una cualidad de la mujer. En 1996 invitó a la mujer a formar para la paz, para lo cual debía tener paz consigo misma. En 1996 afirmó que la nobleza de la mujer se manifestaba en la oración y en vivir el don de la maternidad. En 1998 aceptó que la mujer tenía un camino difícil que recorrer, porque se niegan a las mujeres derechos fundamentales para estudiar, para ejercer una profesión, y hasta para manifestar su pensamientos. En 1998 habló de la emancipación de la mujer. “La Iglesia –dijo-, quiere que la mujer se libere de las esclavitudes, que sepa utilizar su libertad para crecer”.

Cuando San Pablo II terminó su pontificado, la Iglesia había madurado en doctrina y en disciplina sobre la teología de la mujer. He aquí unas de las ideas centrales: La mujer ha de vivir los valores y las dotes específicos de su feminidad, en los ámbitos social y eclesial. Las mujeres han de dar una respuesta cristiana al espacio que tienen que ocupar en la Iglesia y en la sociedad. La mujer y el varón son capaces de recibir el don de la verdad divina y del amor en el Espíritu Santo. La mujer está llamada a ejercitar sus propios dones mediante el testimonio de la vida. Las mujeres pueden participar en la vida de la Iglesia sin ninguna discriminación.

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