/ martes 13 de agosto de 2019

Odio racial I

“El mayor crimen está ahora, no en los que matan, sino en los que no matan pero dejan matar”


“Los grandes asesinatos masivos no habrían podido llevarse a cabo si los inspiradores no hubiesen tenido cómplices y voluntarios emprendedores que los ayudaran a cometer sus delitos”. Frase de Fernando Savater. En efecto, en la historia de la humanidad han habido grandes asesinatos que una persona o grupos infestados de odio dirigidos a diferentes grupos étnicos, opositores, competidores en lo económico, que dirigidos, exaltados y dogmatizados por líderes, poderosos jefes militares y demagogos, coaccionan a sus tribus, masas y grupos raciales al asesinato. Es de llamar la atención lo que durante siglos aconteció en China, cuando sus dinastías proclamaron el odio a los grupos seminómadas del norte, al grado que el emperador Shi-Huang-Ti mandó construir una muralla, que en sus inicios llegó a medir 2 mil 500 kilómetros de largo, para contener a los tártaro-mongoles. Durante siglos, continuaron con la construcción de la muralla, hasta llegar a los 9,500 kilómetros. Miles de hombres murieron en su construcción y vigilancia, sin embargo, los grupos tribales mongoles, bajo el mando de Temujín (Gengis Khan), invadieron China y otras enormes comarcas del centro y sur oeste de Asia, también asesinando a millones de chinos, persas, afganos e indios.

En Europa, los romanos, con odio racial, sometieron toda la cuenca del Mar Mediterráneo, asesinando a miles de miembros de pueblos que por milenios habitaron esas comarcas. Mataron, esclavizaron y humillaron a una larga cadena de pueblos, a los que consideraron “inferiores”: judíos, fenicios, cartagineses, celtas, iberos, galos, egipcios, partos, britanos, germanos, tracios, macedonios, dacios, hasta que la fuerza de la discriminación racial unió a miles de bárbaros, que empujados por nuevos pueblos invasores (godos, hunos, vándalos y muchos más) hicieron pedazos un imperio que dominó con odio y desprecio por casi un milenio a la cuenca mediterránea. Apareció en la historia un dogma religioso: el cristianismo, que se transformó de una religión de amor y paz, en un régimen de intolerancia a los pensamientos confesionales diferentes, llenando de sangre a los no creyentes.

“El mayor crimen está ahora, no en los que matan, sino en los que no matan pero dejan matar”


“Los grandes asesinatos masivos no habrían podido llevarse a cabo si los inspiradores no hubiesen tenido cómplices y voluntarios emprendedores que los ayudaran a cometer sus delitos”. Frase de Fernando Savater. En efecto, en la historia de la humanidad han habido grandes asesinatos que una persona o grupos infestados de odio dirigidos a diferentes grupos étnicos, opositores, competidores en lo económico, que dirigidos, exaltados y dogmatizados por líderes, poderosos jefes militares y demagogos, coaccionan a sus tribus, masas y grupos raciales al asesinato. Es de llamar la atención lo que durante siglos aconteció en China, cuando sus dinastías proclamaron el odio a los grupos seminómadas del norte, al grado que el emperador Shi-Huang-Ti mandó construir una muralla, que en sus inicios llegó a medir 2 mil 500 kilómetros de largo, para contener a los tártaro-mongoles. Durante siglos, continuaron con la construcción de la muralla, hasta llegar a los 9,500 kilómetros. Miles de hombres murieron en su construcción y vigilancia, sin embargo, los grupos tribales mongoles, bajo el mando de Temujín (Gengis Khan), invadieron China y otras enormes comarcas del centro y sur oeste de Asia, también asesinando a millones de chinos, persas, afganos e indios.

En Europa, los romanos, con odio racial, sometieron toda la cuenca del Mar Mediterráneo, asesinando a miles de miembros de pueblos que por milenios habitaron esas comarcas. Mataron, esclavizaron y humillaron a una larga cadena de pueblos, a los que consideraron “inferiores”: judíos, fenicios, cartagineses, celtas, iberos, galos, egipcios, partos, britanos, germanos, tracios, macedonios, dacios, hasta que la fuerza de la discriminación racial unió a miles de bárbaros, que empujados por nuevos pueblos invasores (godos, hunos, vándalos y muchos más) hicieron pedazos un imperio que dominó con odio y desprecio por casi un milenio a la cuenca mediterránea. Apareció en la historia un dogma religioso: el cristianismo, que se transformó de una religión de amor y paz, en un régimen de intolerancia a los pensamientos confesionales diferentes, llenando de sangre a los no creyentes.

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