/ miércoles 6 de enero de 2021

Opinocracia: el imperio de lo absurdo

La libertad de escribir y decir lo que se nos venga en gana es un derecho inalienable; hace menos de diez años el término opinocracia, que se insertó en el ámbito político y que el periodismo de opinión lo observó con cautela, ha mostrado distintos enfoques: desde un simple adjetivo -a algo o alguien- hasta destrozar una vida o a una institución.

Con el internet -y a partir de las redes sociales- todos podemos tener un espacio propio y considerarlo el único poseedor de la verdad, aunque quien lo represente no tenga -tengamos- la mínima idea de lo que dice o escribe.

Y es que las redes sociales le abrieron la puerta a una libertad de expresión sin control; lo mismo vaciamos nuestras frustraciones, que engendramos tópicos que la gente sigue sin considerar falsedades de origen. Pocas veces nos detenemos a analizar si lo que está escrito es correcto o, al menos, saber si tiene una fuente de credibilidad.

Una cosa es cierta: las redes sociales le arrebataron a los mass media el monopolio de decir o escribir la “realidad” de los hechos; de alguna manera se convirtió en un contrapeso que Elisabeth Noelle Neumann, en su teoría “La Espiral del Silencio”, advertía como la forma más atrevida -y efectiva- de negar una verdad absoluta que pretendían los medios inyectar sin defensa de los consumidores del mensaje.

La libertad de decir y escribir se multiplica cada vez más entre la población común, la que no tiene a su alcance medios de comunicación como las entidades gubernamentales, los políticos o las empresas que deben promocionar sus productos.

La gente dice a través de las redes sociales lo que siente, lo que le alegra o entristece, lo que teme o lo que advierte, pero también rechaza, critica y acusa. La opinocracia, hasta ese punto, debe verse como una herramienta poderosísima de liberación de la palabra.

El problema viene cuando la opinocracia construye líderes falsos, gente que secuestra la verdad y la convierte en su imperio narcisista con la máxima de “esto es verdad, porque lo digo yo”. En las redes sociales -y hasta en algunos medios de comunicación de alcance nacional e internacional-, hay un sinnúmero de personas que sin la mínima prudencia o la más elemental capacitación, lanzan de manera irresponsable apreciaciones que ponen en riesgo temas tan delicados como de salud, seguridad, economía o política.

Así vemos de pronto artistas hablando de política, ingenieros escribiendo de medicina, políticos hablando de infraestructura, médicos de seguridad pública o periodistas que se hacen pasar por economistas; ellos pueden hablar de lo que sea, porque, insisto, la libertad de expresión es un derecho, pero de ahí, a mostrarse como especialistas en un tema del que emana su ignorancia en las primeras palabras… cuidado, porque en vez de conducir la opinión, están construyendo imperios de lo absurdo.

Algunos creen, o creemos, que con decir o escribir, es sinónimo de verdad. Zapatero a tus zapatos ¿no? Son sólo cosas comunes.




La libertad de escribir y decir lo que se nos venga en gana es un derecho inalienable; hace menos de diez años el término opinocracia, que se insertó en el ámbito político y que el periodismo de opinión lo observó con cautela, ha mostrado distintos enfoques: desde un simple adjetivo -a algo o alguien- hasta destrozar una vida o a una institución.

Con el internet -y a partir de las redes sociales- todos podemos tener un espacio propio y considerarlo el único poseedor de la verdad, aunque quien lo represente no tenga -tengamos- la mínima idea de lo que dice o escribe.

Y es que las redes sociales le abrieron la puerta a una libertad de expresión sin control; lo mismo vaciamos nuestras frustraciones, que engendramos tópicos que la gente sigue sin considerar falsedades de origen. Pocas veces nos detenemos a analizar si lo que está escrito es correcto o, al menos, saber si tiene una fuente de credibilidad.

Una cosa es cierta: las redes sociales le arrebataron a los mass media el monopolio de decir o escribir la “realidad” de los hechos; de alguna manera se convirtió en un contrapeso que Elisabeth Noelle Neumann, en su teoría “La Espiral del Silencio”, advertía como la forma más atrevida -y efectiva- de negar una verdad absoluta que pretendían los medios inyectar sin defensa de los consumidores del mensaje.

La libertad de decir y escribir se multiplica cada vez más entre la población común, la que no tiene a su alcance medios de comunicación como las entidades gubernamentales, los políticos o las empresas que deben promocionar sus productos.

La gente dice a través de las redes sociales lo que siente, lo que le alegra o entristece, lo que teme o lo que advierte, pero también rechaza, critica y acusa. La opinocracia, hasta ese punto, debe verse como una herramienta poderosísima de liberación de la palabra.

El problema viene cuando la opinocracia construye líderes falsos, gente que secuestra la verdad y la convierte en su imperio narcisista con la máxima de “esto es verdad, porque lo digo yo”. En las redes sociales -y hasta en algunos medios de comunicación de alcance nacional e internacional-, hay un sinnúmero de personas que sin la mínima prudencia o la más elemental capacitación, lanzan de manera irresponsable apreciaciones que ponen en riesgo temas tan delicados como de salud, seguridad, economía o política.

Así vemos de pronto artistas hablando de política, ingenieros escribiendo de medicina, políticos hablando de infraestructura, médicos de seguridad pública o periodistas que se hacen pasar por economistas; ellos pueden hablar de lo que sea, porque, insisto, la libertad de expresión es un derecho, pero de ahí, a mostrarse como especialistas en un tema del que emana su ignorancia en las primeras palabras… cuidado, porque en vez de conducir la opinión, están construyendo imperios de lo absurdo.

Algunos creen, o creemos, que con decir o escribir, es sinónimo de verdad. Zapatero a tus zapatos ¿no? Son sólo cosas comunes.




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