/ miércoles 20 de enero de 2021

Prisioneros de la esperanza: el poder de la oración


He sido, soy y seré, siempre, respetuoso de la diversidad de creencias. Incluso con aquellas que no coinciden con ninguna doctrina religiosa y, por consecuencia, rechazan la existencia de un Ser superior.

Creer es un asunto personalísimo, íntimo, de fe, y la fe, en el concepto más sencillo, es la confianza que tiene una persona en algo o alguien superior; y si creer es aceptar algo como verdadero, sin que sea tangible o comprobable científicamente, entonces la esperanza aparece irremediablemente.

¿Desde cuándo el hombre tiene la necesidad de creer en algo? Desde que cazaba en forma solitaria y recolectaba frutos. El miedo a un dios, llámese moralizante o mito por construcción social, generó una forma de sujetar al hombre primitivo al temor de algo que no podía ver.

Según un estudio de las universidades de Oxford, Connecticut y Keio, los dioses moralizantes aparecieron cuando las sociedades pequeñas evolucionaron junto con la inmoralidad y, ante la evidente reacción para frenar los males que aquejaban a sus comunidades, fueron persuadiendo a los habitantes de que un ser superior habría de castigar o premiar.

Diversos autores atribuyen que fue en la Dinastía II, en Egipto, cuando apareció Ra, el primer dios moralizante, Dios del Sol, y a partir de ahí surgieron cientos de figuras mitológicas, creaciones divinas, esquemas religiosos y filosóficos que le han dado a la humanidad la esperanza de creer en algo o en alguien.

Pero así como el hombre se acercó a un dios, también se aleja permanentemente de él; cuando lo necesita, vuelve; cuando ha solucionado sus problemas, lo abandona y así sucesivamente.

Es la cultura de estar en paz. Acercarse a dios, a su dios, es la forma de entregarle todos sus problemas y descansar en él para sentirse protegido. El hombre lo hace cuando ya no tiene control de una situación y requiere de ayuda superior. El poder de la oración, desde épocas primitivas, se considera la petición más cercana a resolver lo imposible: pedir y orar por la lluvia, porque termine la sequía, el hambre… pedir por la salud, la economía, la seguridad.

Cuando el hombre ya no pudo con sus problemas, entonces acudió a Dios -y así lo sigue haciendo-, porque prefirió ser un prisionero de la esperanza que sentarse a que llegaran las soluciones sin ayuda de nada o de nadie. ¿Y por qué me refiero a este tema hoy?

Porque en los últimos meses, a raíz de esta pandemia que azotó al mundo entero, el poder de la oración se convirtió en la única esperanza, el único refugio, la más sincera de las peticiones; vi mujeres, hombres, niños, adolescentes, profesionistas, amas de casa, padres de familia, hijos, hijas, aferrarse a un ser superior, a entregarle su pena, sus lágrimas y su desconsuelo.

Vi la forma más dolorosa de perder a un ser amado y vi, sin equivocarme, cómo el hombre moderno quiso reencontrarse con su dios, para volver a ser un prisionero de la esperanza, como debe ser. Estas son sólo cosas comunes.


He sido, soy y seré, siempre, respetuoso de la diversidad de creencias. Incluso con aquellas que no coinciden con ninguna doctrina religiosa y, por consecuencia, rechazan la existencia de un Ser superior.

Creer es un asunto personalísimo, íntimo, de fe, y la fe, en el concepto más sencillo, es la confianza que tiene una persona en algo o alguien superior; y si creer es aceptar algo como verdadero, sin que sea tangible o comprobable científicamente, entonces la esperanza aparece irremediablemente.

¿Desde cuándo el hombre tiene la necesidad de creer en algo? Desde que cazaba en forma solitaria y recolectaba frutos. El miedo a un dios, llámese moralizante o mito por construcción social, generó una forma de sujetar al hombre primitivo al temor de algo que no podía ver.

Según un estudio de las universidades de Oxford, Connecticut y Keio, los dioses moralizantes aparecieron cuando las sociedades pequeñas evolucionaron junto con la inmoralidad y, ante la evidente reacción para frenar los males que aquejaban a sus comunidades, fueron persuadiendo a los habitantes de que un ser superior habría de castigar o premiar.

Diversos autores atribuyen que fue en la Dinastía II, en Egipto, cuando apareció Ra, el primer dios moralizante, Dios del Sol, y a partir de ahí surgieron cientos de figuras mitológicas, creaciones divinas, esquemas religiosos y filosóficos que le han dado a la humanidad la esperanza de creer en algo o en alguien.

Pero así como el hombre se acercó a un dios, también se aleja permanentemente de él; cuando lo necesita, vuelve; cuando ha solucionado sus problemas, lo abandona y así sucesivamente.

Es la cultura de estar en paz. Acercarse a dios, a su dios, es la forma de entregarle todos sus problemas y descansar en él para sentirse protegido. El hombre lo hace cuando ya no tiene control de una situación y requiere de ayuda superior. El poder de la oración, desde épocas primitivas, se considera la petición más cercana a resolver lo imposible: pedir y orar por la lluvia, porque termine la sequía, el hambre… pedir por la salud, la economía, la seguridad.

Cuando el hombre ya no pudo con sus problemas, entonces acudió a Dios -y así lo sigue haciendo-, porque prefirió ser un prisionero de la esperanza que sentarse a que llegaran las soluciones sin ayuda de nada o de nadie. ¿Y por qué me refiero a este tema hoy?

Porque en los últimos meses, a raíz de esta pandemia que azotó al mundo entero, el poder de la oración se convirtió en la única esperanza, el único refugio, la más sincera de las peticiones; vi mujeres, hombres, niños, adolescentes, profesionistas, amas de casa, padres de familia, hijos, hijas, aferrarse a un ser superior, a entregarle su pena, sus lágrimas y su desconsuelo.

Vi la forma más dolorosa de perder a un ser amado y vi, sin equivocarme, cómo el hombre moderno quiso reencontrarse con su dios, para volver a ser un prisionero de la esperanza, como debe ser. Estas son sólo cosas comunes.

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