/ sábado 4 de mayo de 2019

Rellenando huecos con libros

Los huecos que la escuela, la cultura y la familia dejan en nuestra educación se pueden rellenar, saturar, atiborrar, y hasta derramar con libros. Si se toma el hábito de la lectura a los siete años el niño o niña será un ser cuestionante, buscador de la verdad, y adquirirá un criterio tan propio que le servirá para manejar mejor sus propias rebeldías adolescentes; también será buen observador de lo que hacen sus amigos para llamar la atención de sus padres y analizará mejor sus crisis existenciales. Y es que los lectores, como usted y yo, aunque tengamos crisis existenciales sabemos que, por ahí, en algún libro está la respuesta; además de que si se es lector de novela las experiencias de los protagonistas son vividas, sentidas y analizadas por uno mismo mejor que si fueran propias. Por ello la lectura es uno de los referentes con el cual nos vamos a dar una idea del mundo.

Mi experiencia con la lectura es mística, era muy pequeña cuando leí “Crimen y castigo”, lloré mucho cuando Rascolnikov va a prisión, y entendí que robar es robar no importa la justificación filosófica que le des; con la novela “Bajo la rueda” supe que nuestra vida no es para darle gusto a los demás, pero tampoco para suicidarse.

En aquellos años el único libro malo que leí fue el de “Mujercitas”.

Luego me dio por los libros de superación personal, donde, como lo dije al principio, rellené y pulí los huecos de mi educación familiar y escolar: “Tus zonas erróneas”, “Autoestima” de Virginia Sátir, “Poder sin límites”, “Nacidos para triunfar”, “El hombre en busca de sentido”, “El arte de amar”, y hasta algunos del gordito Jorge Bucay, aunque nunca le entendí a sus cuentos. Hoy mis géneros preferidos son la novela histórica como “La Fiesta del Chivo”, de Vargas Llosa, y los de filosofía budista como “Maravillas de la mente natural”, del monje Tenzin Wagnyal.

Así que, amable lector, lectora, y don Ángel Luna, mi “perfect fan”, les deseo ricas lecturas con el pretexto del Día del Libro.


www.silviagonzalez.com.mx

Los huecos que la escuela, la cultura y la familia dejan en nuestra educación se pueden rellenar, saturar, atiborrar, y hasta derramar con libros. Si se toma el hábito de la lectura a los siete años el niño o niña será un ser cuestionante, buscador de la verdad, y adquirirá un criterio tan propio que le servirá para manejar mejor sus propias rebeldías adolescentes; también será buen observador de lo que hacen sus amigos para llamar la atención de sus padres y analizará mejor sus crisis existenciales. Y es que los lectores, como usted y yo, aunque tengamos crisis existenciales sabemos que, por ahí, en algún libro está la respuesta; además de que si se es lector de novela las experiencias de los protagonistas son vividas, sentidas y analizadas por uno mismo mejor que si fueran propias. Por ello la lectura es uno de los referentes con el cual nos vamos a dar una idea del mundo.

Mi experiencia con la lectura es mística, era muy pequeña cuando leí “Crimen y castigo”, lloré mucho cuando Rascolnikov va a prisión, y entendí que robar es robar no importa la justificación filosófica que le des; con la novela “Bajo la rueda” supe que nuestra vida no es para darle gusto a los demás, pero tampoco para suicidarse.

En aquellos años el único libro malo que leí fue el de “Mujercitas”.

Luego me dio por los libros de superación personal, donde, como lo dije al principio, rellené y pulí los huecos de mi educación familiar y escolar: “Tus zonas erróneas”, “Autoestima” de Virginia Sátir, “Poder sin límites”, “Nacidos para triunfar”, “El hombre en busca de sentido”, “El arte de amar”, y hasta algunos del gordito Jorge Bucay, aunque nunca le entendí a sus cuentos. Hoy mis géneros preferidos son la novela histórica como “La Fiesta del Chivo”, de Vargas Llosa, y los de filosofía budista como “Maravillas de la mente natural”, del monje Tenzin Wagnyal.

Así que, amable lector, lectora, y don Ángel Luna, mi “perfect fan”, les deseo ricas lecturas con el pretexto del Día del Libro.


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