/ viernes 1 de marzo de 2019

Reunión sobre abusos a menores

Esta semana el escandaloso abuso de menores por parte de eclesiásticos ha sido el foco de atención a nivel mundial, dado que en el Vaticano terminó la Reunión sobre la Protección de los Menores convocada por el papa Francisco.

Al final de la misa de clausura el mismo Romano Pontífice dio un discurso con una visión de conjunto sobre esta problemática que tiene dimensiones gigantescas a nivel mundial, para referirse, en su momento, a los delitos cometidos por eclesiásticos.

Hay quienes se sintieron defraudados porque el papa no apuntó las medidas concretas que se han de tomar para combatir y erradicar estas fechorías dentro de la Iglesia. Entiendo que a un discurso que pone fin a una reunión de este tipo no se le puede exigir que especifique las medidas puntuales, las penas y suspensiones que convendrá aplicar a los casos concretos, cada vez que se haya demostrado la culpabilidad de los presuntos delincuentes.

Dicho esfuerzo deberá ser continuado buscando, ahora sí, las penas justas, tal como lo ha pedido con fuerza el Pueblo de Dios. También se afirmó que estas iniciativas serán establecidas y comunicadas de la manera más clara, oportuna y detallada posible de acuerdo a los 190 participantes que se mostraron unánimes.

En lo que a mí toca, he de mencionar que me sentí satisfecho por la forma en que el papa se refiere principalmente a las víctimas directas, pero también a los daños que han provocado en millones de personas que han sufrido en su fe, y al agravio que nos han causado a quienes formamos la inmensa mayoría de los eclesiásticos, quienes —a pesar de nuestras imperfecciones— hemos estado luchando durante años por seguir con fidelidad el camino de servicio a las almas y somos vistos, por algunos, como si fuéramos criminales.

Por otra parte, me cuesta entender que los sacerdotes culpables sean capaces de mantenerse en el ejercicio del ministerio sagrado cargando en sus conciencias con el peso de sus culpas, pues, como lo mencionó el papa Francisco, la gravedad de esos abusos es mucho mayor en quienes hemos recibido el encargo de ser pastores de las almas y, por lo mismo, la confianza de los fieles.

www.padrealejandro.com


Esta semana el escandaloso abuso de menores por parte de eclesiásticos ha sido el foco de atención a nivel mundial, dado que en el Vaticano terminó la Reunión sobre la Protección de los Menores convocada por el papa Francisco.

Al final de la misa de clausura el mismo Romano Pontífice dio un discurso con una visión de conjunto sobre esta problemática que tiene dimensiones gigantescas a nivel mundial, para referirse, en su momento, a los delitos cometidos por eclesiásticos.

Hay quienes se sintieron defraudados porque el papa no apuntó las medidas concretas que se han de tomar para combatir y erradicar estas fechorías dentro de la Iglesia. Entiendo que a un discurso que pone fin a una reunión de este tipo no se le puede exigir que especifique las medidas puntuales, las penas y suspensiones que convendrá aplicar a los casos concretos, cada vez que se haya demostrado la culpabilidad de los presuntos delincuentes.

Dicho esfuerzo deberá ser continuado buscando, ahora sí, las penas justas, tal como lo ha pedido con fuerza el Pueblo de Dios. También se afirmó que estas iniciativas serán establecidas y comunicadas de la manera más clara, oportuna y detallada posible de acuerdo a los 190 participantes que se mostraron unánimes.

En lo que a mí toca, he de mencionar que me sentí satisfecho por la forma en que el papa se refiere principalmente a las víctimas directas, pero también a los daños que han provocado en millones de personas que han sufrido en su fe, y al agravio que nos han causado a quienes formamos la inmensa mayoría de los eclesiásticos, quienes —a pesar de nuestras imperfecciones— hemos estado luchando durante años por seguir con fidelidad el camino de servicio a las almas y somos vistos, por algunos, como si fuéramos criminales.

Por otra parte, me cuesta entender que los sacerdotes culpables sean capaces de mantenerse en el ejercicio del ministerio sagrado cargando en sus conciencias con el peso de sus culpas, pues, como lo mencionó el papa Francisco, la gravedad de esos abusos es mucho mayor en quienes hemos recibido el encargo de ser pastores de las almas y, por lo mismo, la confianza de los fieles.

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