/ martes 5 de mayo de 2020

Sentir la exclusión

El Concilio Vaticano II tenía razón cuando anotaba: “No pocos creyentes… han velado más que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión” (Cfr. Gaudium et spes, 19). Nuestras acciones y actitudes a veces caminan por senderos distintos a los del Evangelio.

Una película –tal vez algún lector la haya visto- define bien la situación. Al arribar a 25 años de matrimonio una pareja decide renovar sus votos, a pesar de que han afrontado en el pasado problemas de violencia familiar y de relaciones no muy sanas. Una de sus hijas, casada, ha sido también golpeada por su marido, y otra hija, policía ella y soltera, quien se ha alejado del entorno familiar, se da cuenta de ese hecho y otros que provocan, si no ruptura, sí resquebrajamiento de las relaciones, el amor y el entendimiento entre los esposos y sus hijos.

Al enterarse del festejo del aniversario de bodas, pregunta que cómo van a celebrar sus votos y recibir la bendición de Dios, ¿qué no la han recibido ya al casarse? Y señala su extrañeza dado el ejemplo poco edificante –y coherente- que manifiesta tal celebración, que repite las promesas de amor y fidelidad, basadas en el amor y respeto de cada día.

La hija, a pesar del alejamiento de su padre, es invitada por su madre a unirse a ellos y a sus hermanos en la conmemoración. Al presentarse, buscando de algún modo el acercamiento con su progenitor, recibe de algún modo la indiferencia y el rechazo de éste, a pesar de que en cierto momento parece va a reaccionar positivamente. Recuerda un hecho de su infancia donde, a pesar de todo, su papá expresó su amor por ella y su hermano, hecho que quedó grabado en su memoria. Hoy, lo confiesa al abandonar la reunión, se siente excluida.

Se trata de una película, sí, pero que refleja situaciones, semejantes o de otro tipo, donde la congruencia entre el decir y el hacer, entre el creer –o manifestar que se cree- y la actuación vital, está muy lejos de asumirse.

Sobrada razón tuvo la extrañeza de la joven ante la citada celebración y también sobre la exclusión de que fue objeto.

En no pocas ocasiones, por orgullo, bien o mal entendido, excluimos o rechazamos a los demás así sean personas a las que en el fondo queremos. Y en no pocas ocasiones también cerramos el corazón a la reconciliación, al restañamiento de las heridas y al perdón, y nos encerramos en nuestro egoísmo y sentimiento de tener la razón. Y, con ello, ocultamos o velamos a los demás, a pesar de que decimos tener fe, el rostro de Dios.

Hoy, que muchos estamos en casa, podemos reflexionar sobre nuestras actitudes, y fomentar el acogimiento y el respeto a cada uno de los que están a nuestro lado, a los cuales a veces los hemos excluido de nuestro entorno. ¿Lo ven?



El Concilio Vaticano II tenía razón cuando anotaba: “No pocos creyentes… han velado más que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión” (Cfr. Gaudium et spes, 19). Nuestras acciones y actitudes a veces caminan por senderos distintos a los del Evangelio.

Una película –tal vez algún lector la haya visto- define bien la situación. Al arribar a 25 años de matrimonio una pareja decide renovar sus votos, a pesar de que han afrontado en el pasado problemas de violencia familiar y de relaciones no muy sanas. Una de sus hijas, casada, ha sido también golpeada por su marido, y otra hija, policía ella y soltera, quien se ha alejado del entorno familiar, se da cuenta de ese hecho y otros que provocan, si no ruptura, sí resquebrajamiento de las relaciones, el amor y el entendimiento entre los esposos y sus hijos.

Al enterarse del festejo del aniversario de bodas, pregunta que cómo van a celebrar sus votos y recibir la bendición de Dios, ¿qué no la han recibido ya al casarse? Y señala su extrañeza dado el ejemplo poco edificante –y coherente- que manifiesta tal celebración, que repite las promesas de amor y fidelidad, basadas en el amor y respeto de cada día.

La hija, a pesar del alejamiento de su padre, es invitada por su madre a unirse a ellos y a sus hermanos en la conmemoración. Al presentarse, buscando de algún modo el acercamiento con su progenitor, recibe de algún modo la indiferencia y el rechazo de éste, a pesar de que en cierto momento parece va a reaccionar positivamente. Recuerda un hecho de su infancia donde, a pesar de todo, su papá expresó su amor por ella y su hermano, hecho que quedó grabado en su memoria. Hoy, lo confiesa al abandonar la reunión, se siente excluida.

Se trata de una película, sí, pero que refleja situaciones, semejantes o de otro tipo, donde la congruencia entre el decir y el hacer, entre el creer –o manifestar que se cree- y la actuación vital, está muy lejos de asumirse.

Sobrada razón tuvo la extrañeza de la joven ante la citada celebración y también sobre la exclusión de que fue objeto.

En no pocas ocasiones, por orgullo, bien o mal entendido, excluimos o rechazamos a los demás así sean personas a las que en el fondo queremos. Y en no pocas ocasiones también cerramos el corazón a la reconciliación, al restañamiento de las heridas y al perdón, y nos encerramos en nuestro egoísmo y sentimiento de tener la razón. Y, con ello, ocultamos o velamos a los demás, a pesar de que decimos tener fe, el rostro de Dios.

Hoy, que muchos estamos en casa, podemos reflexionar sobre nuestras actitudes, y fomentar el acogimiento y el respeto a cada uno de los que están a nuestro lado, a los cuales a veces los hemos excluido de nuestro entorno. ¿Lo ven?



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