/ jueves 18 de junio de 2020

Tiempos de estrés

El estrés es, en el mundo moderno, la mayor amenaza contra nuestros cerebros. Y todos lo sufrimos con mayor o menor regularidad. Pero, en la situación actual, el estrés producido por el Covid-19 puede volverse demasiado intenso o frecuente, con su carga de adrenalina y cortisol. No podemos considerarlo como un sistema no ideal que debería corregirse lo antes posible, porque forma parte de nuestro sistema de sobrevivencia que activa las respuestas de lucha o huida. Pero, por otra parte, puede llevarnos a una crisis nerviosa que nos consuma físicamente y nos deje exhaustos.

Según el neurocientífico Dean Burnett, en este estado la persona puede “explotar”, se “bloquea” o “desmorona”, y dejamos de funcionar mentalmente con normalidad con una desmoralizadora depresión, una agobiante ansiedad o ataques de pánico. Pero no por ser una respuesta automática del cerebro para protegernos del estrés, debería de atemorizarnos sin necesidad. Si lo primero que surge es una idea estresante, deberíamos descubrir lo que es útil de esta respuesta, ya que según el doctor Eduardo Calixto, el 75% de las cosas que nos pasan son sólo una interpretación cerebral.

El estrés puede valorarse como un estado de meditación forzada para recalibrar nuestro cerebro. Puede salvarnos del infierno, donde se oponen nuestro cielo y el cielo de Dios, pero sólo en el nivel en que sirva para aumentar nuestro rendimiento, pero sin terminar en un estado incapacitante (Ley Yerkes-Dodson), que desea aliviar el estrés con el alcoholismo u otros neurodepresores, pero que en realidad sólo lo incrementan, o con otros dudosos mecanismos compensatorios como la insensibilización o disociación, como es el distanciamiento de personas, emociones o realidad.

Tal vez, nunca sabremos cuánto dominio tengamos del mundo, pero tampoco dejarán de existir aquellos estresores que reduzcan esa sensación de control y nuestra potencia para actuar. Nos hace ver que todo ritual, rutina, ceremonia, magia, estudio, ciencia, imitación, lazo social, meditación o atajo mental buscan aumentar este poder y reducir el estrés. Otras acciones para limitarlo son más concretas, como ajustar cargas de trabajo, hacer un estilo de vida saludable o con ayuda terapéutica, incluyendo los consejos de un sacerdote para compensar las hormonas del estrés.

Cierta nota de humildad nos inspira el hecho de que, buena parte de los problemas que las crisis nerviosas nos ayudan a limitar, son causadas por las técnicas que el cerebro usa para lidiar con el estrés, técnicas que a menudo no están a la altura de las exigencias de la vida moderna. Agradecer los servicios prestados por el cerebro por limitar los daños del estrés con crisis nerviosas, casi es como darle gracias a la persona que sofoca el incendio de nuestra casa, aunque esa misma persona hubiera dejado prendida la freidora que lo provocó.


agusperezr@hotmail.com



El estrés es, en el mundo moderno, la mayor amenaza contra nuestros cerebros. Y todos lo sufrimos con mayor o menor regularidad. Pero, en la situación actual, el estrés producido por el Covid-19 puede volverse demasiado intenso o frecuente, con su carga de adrenalina y cortisol. No podemos considerarlo como un sistema no ideal que debería corregirse lo antes posible, porque forma parte de nuestro sistema de sobrevivencia que activa las respuestas de lucha o huida. Pero, por otra parte, puede llevarnos a una crisis nerviosa que nos consuma físicamente y nos deje exhaustos.

Según el neurocientífico Dean Burnett, en este estado la persona puede “explotar”, se “bloquea” o “desmorona”, y dejamos de funcionar mentalmente con normalidad con una desmoralizadora depresión, una agobiante ansiedad o ataques de pánico. Pero no por ser una respuesta automática del cerebro para protegernos del estrés, debería de atemorizarnos sin necesidad. Si lo primero que surge es una idea estresante, deberíamos descubrir lo que es útil de esta respuesta, ya que según el doctor Eduardo Calixto, el 75% de las cosas que nos pasan son sólo una interpretación cerebral.

El estrés puede valorarse como un estado de meditación forzada para recalibrar nuestro cerebro. Puede salvarnos del infierno, donde se oponen nuestro cielo y el cielo de Dios, pero sólo en el nivel en que sirva para aumentar nuestro rendimiento, pero sin terminar en un estado incapacitante (Ley Yerkes-Dodson), que desea aliviar el estrés con el alcoholismo u otros neurodepresores, pero que en realidad sólo lo incrementan, o con otros dudosos mecanismos compensatorios como la insensibilización o disociación, como es el distanciamiento de personas, emociones o realidad.

Tal vez, nunca sabremos cuánto dominio tengamos del mundo, pero tampoco dejarán de existir aquellos estresores que reduzcan esa sensación de control y nuestra potencia para actuar. Nos hace ver que todo ritual, rutina, ceremonia, magia, estudio, ciencia, imitación, lazo social, meditación o atajo mental buscan aumentar este poder y reducir el estrés. Otras acciones para limitarlo son más concretas, como ajustar cargas de trabajo, hacer un estilo de vida saludable o con ayuda terapéutica, incluyendo los consejos de un sacerdote para compensar las hormonas del estrés.

Cierta nota de humildad nos inspira el hecho de que, buena parte de los problemas que las crisis nerviosas nos ayudan a limitar, son causadas por las técnicas que el cerebro usa para lidiar con el estrés, técnicas que a menudo no están a la altura de las exigencias de la vida moderna. Agradecer los servicios prestados por el cerebro por limitar los daños del estrés con crisis nerviosas, casi es como darle gracias a la persona que sofoca el incendio de nuestra casa, aunque esa misma persona hubiera dejado prendida la freidora que lo provocó.


agusperezr@hotmail.com



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