/ martes 3 de noviembre de 2020

Tres preguntas

Una de las situaciones más problemáticas en nuestra sociedad la constituye el gran número de conflictos familiares, de separaciones y de divorcios. Son muchos los matrimonios y las uniones que caminan mal, donde cónyuges, parejas e hijos no realizan sus anhelos o no se tratan con respeto y conforme a su dignidad de personas.

El asunto, en no pocas ocasiones, viene de atrás, desde el noviazgo, el encuentro primario con la otra persona, e incluso desde la infancia o adolescencia en el seno familiar de quienes buscan casarse o unirse.

La falta de formación para el matrimonio se hace patente en muchos casos. La razón para asumir un compromiso, que a veces no se ve como tal, tiene muchas aristas. Algunos(as) se unen a otra persona por falta de afecto en su familia o en otros ambientes, otros por decepción o despecho, algunos más atraídos por el físico o la posición económica o social de su futuro consorte. El amor real y la vocación matrimonial quedan en ocasiones de lado o en segundo término.

Es importante, por ello, tener presente las razones por las cuales las personas, hombres o mujeres, se acercan a su unión, sea o no en matrimonio. Para ello las tres preguntas que se hacen a los católicos que quieren casarse resultan fundamentales, pero no únicamente lo son para quienes caminan al sacramento, sino son preguntas para cualquiera que muestre el deseo de unirse a otra persona, sea por el civil o por la llamada unión libre.

Ya en alguna ocasión hemos expuesto esas preguntas. La primera habla de la libertad de los contrayentes. Si al casarse o unirse no existe plena libertad, si hay presiones de otras personas o cosas, como el casarse porque viene un hijo o empujan otros a hacerlo; o bien existen intereses de cualquier tipo que demeriten el amor, la cosa es de pensarse, y probablemente no funcione.

La segunda pregunta alude a la estabilidad de la unión en base al amor y la honra que los esposos o quienes se unen deben profesarse. Esa estabilidad, que en principio es deseo de cualquiera, tiene por base la fidelidad y la firmeza de mantener el lazo a pesar de las situaciones que puedan presentarse. Sin embargo, si desde el principio subsisten las ideas de un “a ver cómo nos va”, “a ver cuánto aguantamos”, “hasta que el divorcio nos separe, que para eso existe” u otras parecidas, la felicidad de la unión puede irse por la borda.

La tercera pregunta se encamina hacia los frutos de la unión: los hijos. La mayoría de quienes se casan esperan dar a luz a nuevas vidas, vidas que sean puntos de unión para ambos padres. Si por alguna circunstancia los hijos son no deseados, el sufrimiento futuro de padres e hijos llegará tarde o temprano, y si el deseo de estar juntos hombre y mujer y no procrear resulta más fuerte, lo probable es que la infelicidad o la separación aparezcan con el tiempo.

Las tres preguntas, pues, resultan claves para quienes, católicos o no, busquen con buena voluntad una unión estable y feliz. ¿Lo ven?


Una de las situaciones más problemáticas en nuestra sociedad la constituye el gran número de conflictos familiares, de separaciones y de divorcios. Son muchos los matrimonios y las uniones que caminan mal, donde cónyuges, parejas e hijos no realizan sus anhelos o no se tratan con respeto y conforme a su dignidad de personas.

El asunto, en no pocas ocasiones, viene de atrás, desde el noviazgo, el encuentro primario con la otra persona, e incluso desde la infancia o adolescencia en el seno familiar de quienes buscan casarse o unirse.

La falta de formación para el matrimonio se hace patente en muchos casos. La razón para asumir un compromiso, que a veces no se ve como tal, tiene muchas aristas. Algunos(as) se unen a otra persona por falta de afecto en su familia o en otros ambientes, otros por decepción o despecho, algunos más atraídos por el físico o la posición económica o social de su futuro consorte. El amor real y la vocación matrimonial quedan en ocasiones de lado o en segundo término.

Es importante, por ello, tener presente las razones por las cuales las personas, hombres o mujeres, se acercan a su unión, sea o no en matrimonio. Para ello las tres preguntas que se hacen a los católicos que quieren casarse resultan fundamentales, pero no únicamente lo son para quienes caminan al sacramento, sino son preguntas para cualquiera que muestre el deseo de unirse a otra persona, sea por el civil o por la llamada unión libre.

Ya en alguna ocasión hemos expuesto esas preguntas. La primera habla de la libertad de los contrayentes. Si al casarse o unirse no existe plena libertad, si hay presiones de otras personas o cosas, como el casarse porque viene un hijo o empujan otros a hacerlo; o bien existen intereses de cualquier tipo que demeriten el amor, la cosa es de pensarse, y probablemente no funcione.

La segunda pregunta alude a la estabilidad de la unión en base al amor y la honra que los esposos o quienes se unen deben profesarse. Esa estabilidad, que en principio es deseo de cualquiera, tiene por base la fidelidad y la firmeza de mantener el lazo a pesar de las situaciones que puedan presentarse. Sin embargo, si desde el principio subsisten las ideas de un “a ver cómo nos va”, “a ver cuánto aguantamos”, “hasta que el divorcio nos separe, que para eso existe” u otras parecidas, la felicidad de la unión puede irse por la borda.

La tercera pregunta se encamina hacia los frutos de la unión: los hijos. La mayoría de quienes se casan esperan dar a luz a nuevas vidas, vidas que sean puntos de unión para ambos padres. Si por alguna circunstancia los hijos son no deseados, el sufrimiento futuro de padres e hijos llegará tarde o temprano, y si el deseo de estar juntos hombre y mujer y no procrear resulta más fuerte, lo probable es que la infelicidad o la separación aparezcan con el tiempo.

Las tres preguntas, pues, resultan claves para quienes, católicos o no, busquen con buena voluntad una unión estable y feliz. ¿Lo ven?


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