/ martes 6 de octubre de 2020

¡Venganza!

En muchísimos filmes, novelas, series televisas o casos reales, la venganza se hace presente. La justificación para efectuarla adquiere distintos tintes, desde el deseo de justicia hasta el sentir que solamente así se alcanza serenidad.

Algunos piensan que la mejor arma es vengarse y otros que es algo que, por honor, no debe huirse.

El término vengar procede del latín vindicare y de ahí el sustantivo vindicta, venganza, lo que supone atribuirse la remuneración o pago de una ofensa o daño.

¡Qué bonita es la venganza cuando Dios nos la concede…!, dirá una canción. Y otros afirmarán, para justificarla, hasta la misma Biblia lo dice, refiriendo la ley del talión: ojo por ojo, diente por diente.

En primer lugar hay que decir que Dios no concede el vengarse ni mucho menos, muy por el contrario; y en segundo lugar que la ley del talión representaba una limitación de la pasión vindicativa del hombre, un freno, en los tiempos en que se promulgó, para evitar que el “cobro” que alguien hiciera a otro por algún mal sobrepasará el “valor” de la ofensa.

En la propia Biblia encontramos luego el pensamiento de los profetas que supone otro estadio, una encomienda de esa acción vindicativa a Dios, en quien el justo se refugia (cfr. Jr 11,20). ¡La venganza es mía, dice el Señor! (ver Dt 32,35).

El Nuevo Testamento confirma como atributo exclusivo de Dios el acto de hacer pagar el mal que alguien hizo a otro u otros.

Cristo abroga la ley del talión (Mt 5,38), y Pablo, acorde a la tradición sapiencial (ver Prov 25,21), pide a la comunidad cristiana que se abstenga de todo tipo de venganza (Rm 12,19). La invita, por el contrario, a una vida en el amor como donación propia en aras de la vida ajena.

Jesús va más allá: el amor al enemigo es parte esencial de su predicación (Mt 5,43).

Si bien hay pensadores que defienden la venganza como un deseo humano de impartir justicia o manifiestan que trae satisfacción, otros –y la moderna psicología con ellos- tienden a reconocer que en sí misma no es sana, y puede hacer entrar a quienes la ejercen en una lógica destructiva que no hace bien ni a ellos ni a la sociedad en la que vivimos.

- El hombre debe desarrollar para todos los conflictos humanos un método que rechace la venganza, la agresión y las represalias. El fundamento de ese método es el amor (Martin Luther King, Jr.).

- Quien aspire a la justicia debe saber que la única justicia de verdad efectiva es la que no representa una venganza, que llega después de los hechos para castigar, sino la que previene los males y se esfuerza por impedir que los hechos injustos ocurran (William Ospina).

- No es la violencia la que desarraiga el odio, ni la venganza la que lava la injuria (Charlotte Brontë).

- Es esencial que se haga justicia, y es también de vital importancia que la justicia no se confunda con venganza, porque las dos son totalmente diferentes (Oscar Arias). ¿Lo ven?

En muchísimos filmes, novelas, series televisas o casos reales, la venganza se hace presente. La justificación para efectuarla adquiere distintos tintes, desde el deseo de justicia hasta el sentir que solamente así se alcanza serenidad.

Algunos piensan que la mejor arma es vengarse y otros que es algo que, por honor, no debe huirse.

El término vengar procede del latín vindicare y de ahí el sustantivo vindicta, venganza, lo que supone atribuirse la remuneración o pago de una ofensa o daño.

¡Qué bonita es la venganza cuando Dios nos la concede…!, dirá una canción. Y otros afirmarán, para justificarla, hasta la misma Biblia lo dice, refiriendo la ley del talión: ojo por ojo, diente por diente.

En primer lugar hay que decir que Dios no concede el vengarse ni mucho menos, muy por el contrario; y en segundo lugar que la ley del talión representaba una limitación de la pasión vindicativa del hombre, un freno, en los tiempos en que se promulgó, para evitar que el “cobro” que alguien hiciera a otro por algún mal sobrepasará el “valor” de la ofensa.

En la propia Biblia encontramos luego el pensamiento de los profetas que supone otro estadio, una encomienda de esa acción vindicativa a Dios, en quien el justo se refugia (cfr. Jr 11,20). ¡La venganza es mía, dice el Señor! (ver Dt 32,35).

El Nuevo Testamento confirma como atributo exclusivo de Dios el acto de hacer pagar el mal que alguien hizo a otro u otros.

Cristo abroga la ley del talión (Mt 5,38), y Pablo, acorde a la tradición sapiencial (ver Prov 25,21), pide a la comunidad cristiana que se abstenga de todo tipo de venganza (Rm 12,19). La invita, por el contrario, a una vida en el amor como donación propia en aras de la vida ajena.

Jesús va más allá: el amor al enemigo es parte esencial de su predicación (Mt 5,43).

Si bien hay pensadores que defienden la venganza como un deseo humano de impartir justicia o manifiestan que trae satisfacción, otros –y la moderna psicología con ellos- tienden a reconocer que en sí misma no es sana, y puede hacer entrar a quienes la ejercen en una lógica destructiva que no hace bien ni a ellos ni a la sociedad en la que vivimos.

- El hombre debe desarrollar para todos los conflictos humanos un método que rechace la venganza, la agresión y las represalias. El fundamento de ese método es el amor (Martin Luther King, Jr.).

- Quien aspire a la justicia debe saber que la única justicia de verdad efectiva es la que no representa una venganza, que llega después de los hechos para castigar, sino la que previene los males y se esfuerza por impedir que los hechos injustos ocurran (William Ospina).

- No es la violencia la que desarraiga el odio, ni la venganza la que lava la injuria (Charlotte Brontë).

- Es esencial que se haga justicia, y es también de vital importancia que la justicia no se confunda con venganza, porque las dos son totalmente diferentes (Oscar Arias). ¿Lo ven?

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