/ jueves 19 de marzo de 2020

Ventanas rotas o ley de desinterés

De acuerdo a Wikipedia, en criminología, la Teoría de las Ventanas Rotas sostiene que mantener los entornos urbanos en buenas condiciones puede ayudar a la disminución del vandalismo y a la reducción de las tasas de criminalidad. Tal vez, esto tenga su dosis de verdad, debido al efecto de imitar a la comunidad en que se vive, a la filosofía social inculcada desde la niñez, de mantener limpios y ordenados los espacios de la casa, escuela o colonia, y otro poco, por la seguridad de que todo acto negativo de individuos, grupos o del Gobierno, siempre tendrá consecuencias legales.

Dicho de otra manera, la institucionalización del desinterés, tiene consecuencias. Bien, porque el Gobierno no tenga la capacidad ni los recursos para hacer lo que desea, que pretenda tener más poder del que pueda ejercer o que su ideología busca controlar aquellas áreas que corresponden a las facultades que sólo los individuos tienen, son razones suficientes para justificar que un Gobierno no haga lo que deba y los individuos no cumplan, con responsabilidad, sus deberes más básicos. El monólogo de la izquierda y sus soluciones absolutas aíslan la Ley.

Un Estado sin Ley se trasmuta en la Ley del individuo, quien toma en sus manos ejecutarla con rapidez y contundencia, en ausencia aparente de un protagonismo judicial. Y esta falta de acción, de parte de las instituciones, se refleja en un aparente desinterés del político, que no reconoce sus errores, que pretende actuar sin fallas, y que no teme forma alguna de castigo de parte de la Sociedad. ¿Qué interés tendrán los individuos por su ciudad y el patrimonio de los demás si al Gobierno no le interesan los baches de la calle, los robos a los hogares o los secuestros?

No debe sorprendernos que pasemos de una creciente evasión fiscal a una galopante inseguridad social, gracias a una ideología que busca eliminar la marginación, alimentando, paradójicamente, la discriminando de unos grupos por otros. Porque, a pesar de una transformación a favor de los pobres, no existe igualdad frente a la Ley. Esperar que un Caudillo lo solucione todo, es una ingenuidad, aunque se diga de otro modo en mi pueblo.

De acuerdo a Wikipedia, en criminología, la Teoría de las Ventanas Rotas sostiene que mantener los entornos urbanos en buenas condiciones puede ayudar a la disminución del vandalismo y a la reducción de las tasas de criminalidad. Tal vez, esto tenga su dosis de verdad, debido al efecto de imitar a la comunidad en que se vive, a la filosofía social inculcada desde la niñez, de mantener limpios y ordenados los espacios de la casa, escuela o colonia, y otro poco, por la seguridad de que todo acto negativo de individuos, grupos o del Gobierno, siempre tendrá consecuencias legales.

Dicho de otra manera, la institucionalización del desinterés, tiene consecuencias. Bien, porque el Gobierno no tenga la capacidad ni los recursos para hacer lo que desea, que pretenda tener más poder del que pueda ejercer o que su ideología busca controlar aquellas áreas que corresponden a las facultades que sólo los individuos tienen, son razones suficientes para justificar que un Gobierno no haga lo que deba y los individuos no cumplan, con responsabilidad, sus deberes más básicos. El monólogo de la izquierda y sus soluciones absolutas aíslan la Ley.

Un Estado sin Ley se trasmuta en la Ley del individuo, quien toma en sus manos ejecutarla con rapidez y contundencia, en ausencia aparente de un protagonismo judicial. Y esta falta de acción, de parte de las instituciones, se refleja en un aparente desinterés del político, que no reconoce sus errores, que pretende actuar sin fallas, y que no teme forma alguna de castigo de parte de la Sociedad. ¿Qué interés tendrán los individuos por su ciudad y el patrimonio de los demás si al Gobierno no le interesan los baches de la calle, los robos a los hogares o los secuestros?

No debe sorprendernos que pasemos de una creciente evasión fiscal a una galopante inseguridad social, gracias a una ideología que busca eliminar la marginación, alimentando, paradójicamente, la discriminando de unos grupos por otros. Porque, a pesar de una transformación a favor de los pobres, no existe igualdad frente a la Ley. Esperar que un Caudillo lo solucione todo, es una ingenuidad, aunque se diga de otro modo en mi pueblo.

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