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Crónicas Urbanas: “Los Relatos de don Nacho Ontiveros”

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Por: Oscar A. Viramontes Olivas

Muy buenos días tengan todos ustedes, amigos lectores de esta sección Crónicas Urbanas de El Heraldo de Chihuahua, reciban bendiciones en este domingo 24 de septiembre de 2017. Nos trasladaremos en este día a la casa de don Nacho Ontiveros del barrio “Bajo” muy cerquita del Hospital General; ahí, en un “hueco” donde todavía este sector también como otros barrios está a punto de desaparecer por la urbanización acelerada de la ciudad. Tuvimos la oportunidad de platicar con él, ofreciéndonos parte de sus anécdotas vividas junto con sus padres y abuelos. Espero que está historia sea de su interés, ya que esta sección es de ¡Colección!

Comenta don Nacho, persona muy modesta que tiene una pequeña casa en un rincón del mal visto “barrio Bajo” de la ciudad; él, como todas las personas buenas y honestas que se resisten a emigrar de la zona, nos cuenta una serie de experiencias vividas a lo largo de su vida. Hoy, una persona de la tercera edad me ofrece un bote de 19 litros como asiento y como mesa, un carrete de esos que utilizan las empresas que instalan cableados por toda la ciudad. En cambio él, se pone cómodo en un montón de cartones y periódicos de los cuales, comenta que son muy cómodos para descansar. Ante todo este escenario de humildad y con una taza de café de hoya en un jarro de barro, Nachito, como lo conocen en el barrio comparte para Crónicas Urbanas sus recuerdos los cuales los tiene en su memoria como si hubieran sido ayer, sobre todo de su querido papá Anastasio: “Don Tacho, mi padre, vería la luz por primera vez en el año de 1925, muy cerca de donde vivo actualmente –comenta don Nacho-, del otro lado del río Chuviscar donde en un principio, fue la zona fabril de la ciudad de Chihuahua y me refiero al barrio de Industrial.

“En esta zona tan popular, me refiero al barrio de mi padre, teníamos tantas amistades las cuales siempre nos ayudábamos en la buenas y en las malas. Comenta don Tacho, que cuando él era un joven muy apuesto y buscaba la galantería con alguna jovencita de familia, le daba por ir al cine a disfrutar de una buena película en el cine del sector, ya que el centro de la ciudad en aquel entonces y me refiero al año de 1924, estaba muy lejos como para ir al Alcázar o Azteca.

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Afortunadamente la Industrial contaba con su propio cine, este de nombre Alejandría donde se cobrara 15 centavos la entrada. Este cine tomaría el nombre posteriormente como “Victoria” y después llegaría a su fin al sufrir un incendio en 1954, situación que era muy común en los cienes de aquella época debido a que no existían las medidas de seguridad que hoy se tienen, ya que los materiales utilizados como las películas y otros elementos, eran altamente inflamables, eso le pasaría posteriormente al cine Estrella a mediados de la década de los sesenta el cual, sufriría un terrible incendio que acabaría totalmente con su edificio. Las películas en 1924 eran sin sonido, después de ese año hasta 1935, se usarían discos de larga duración que se sincronizaban con las películas. Para 1940, las películas ya traían su propia cinta de sonido”.

“Mi niñez –comenta don Nacho-, fue igual como la de todos los niños que asistíamos a la escuela primaria y de vez en cuando, se nos ocurría echárnosla de “pinta” hacia el cauce del río Chuvíscar y el Sacramento en el llamado paraje de la “Junta de los ríos” a 15 minutos de la Industrial, ahí, nos bañábamos y divertíamos en sus aguas cristalinas a lo largo del río. De ahí, caminábamos más hacia el norte hasta llegar a “Las Quintas Carolinas” para jugar en sus edificios que todavía estaban en funciones en los años 40s, ya que esta propiedad se resistía a sobrevivir a pesar del declive que estaba teniendo. Se observaban sembradíos de legumbres y solíamos comprar lechugas y zanahorias que nos costaban 5 centavos, así pasó parte de mi infancia y lo más gratificante es que mi familia estuvo formada por mis padres y 15 hermanos, de los cuales, ya todos fallecieron, solo quedo yo. Por mi caminar en la escuela, mis padres pudieron ayudarme para que estudiara en el querido Colegio Palmore, donde hice bonitas amistades las que solíamos ir al cine o a bailar; me acuerdo que en una ocasión, se nos metió lo aventurero y nos fuimos a las grutas de Nombre de Dios y por suerte no nos perdimos, pero en esos días otros muchachos que también se habían aventado a entrar malamente se perdieron y estuvieron desaparecidos durante dos días, siendo rescatados por gente que conocía todos los conductos de esas grutas. Antes de terminar mis estudios, conocí a la que sería posteriormente mi esposa y al egresar del Colegio, empezaría a trabajar en el gobierno del estado como cobrador.

“Posteriormente, fui ascendiendo dentro de mi departamento hasta que llegué a ser cajero, éramos cuatro mientras seguía nuestra relación de novios que afortunadamente ambos vivíamos en la misma ciudad y nos veíamos con frecuencia; nos comunicábamos por carta, es decir, cada semana nos escribíamos para decirnos cuánto nos queríamos o reprochábamos lo que nos parecía mal. Aún conservo una serie de misivas donde nos declarábamos nuestro amor, las cuales, estaban en una caja atadas con un listón rosa que de vez en cuando me las llevaba al panteón para leerlas durante la conversación que llegaba tener con ella. Ahí, le contaba sobre la vida con mis hijos que fueron cuatro. Después me fui a trabajar a un banco donde duré muy poco, ya que me ofrecerían el puesto de contador en la ciudad de Cuauhtémoc, Chihuahua, para ello lo consultaría con mi esposa y como teníamos hijos, decidimos radicar en aquella ciudad, probablemente me adelanté en el tiempo y creo que fue por la emoción de recordar viejos tiempos.

“Por otro lado en 1932 cuando era todavía un pequeño, existía dos puentes, aquel donde cruzaba el ferrocarril y el cual lo habíamos bautizado como el “Puente Negro” y además, el del barrio del Santo Niño, que era para la circulación de carros jalados por caballos o burros y para el paso de gente, las cuales, tenían que pagar una cuota para pasar de un lado a otro. En medio de estas dos estructuras, estaba el ranchito de mis papás y por allí, pasaba el río Chuvíscar que llevaba bastante agua y en él, iban señoritas o señoras a lavar sus ropas, ahora, este río esta canalizado y solo lleva agua cuando llueve o conduce aguas mugrosas. Para el otro lado, hacia el sur, estaban las huertas de los chinos, los cuales sembraban verduras de toda clase que regaban con las aguas de la Cervecería Cruz Blanca, la cual, en estos días ya no existe y que se ubicaba en la avenida Juárez. Al otro lado del puente, o esa al lado del barrio del Santo Niño, había las tiendas de abarrotes y la iglesia del mismo nombre que todavía se encuentra allí, existía un molino de nixtamal muy famoso donde las señoras compraban la masa para los tamalitos.

“Al otro lado del río, el famoso molino de nixtamal para hacer tortillas, les platico esto porque viene a mi memoria aquellos recuerdos que teníamos que pasar por ese puente, o sea el “Rojo”, cuando cobraban un centavo por persona para pasar y como me acompañaba la muchacha que hacía los quehaceres de la casa, me mandaban al molino con ella y nos quitábamos los zapatos y ella se subía un poco el vestido para cruzar el río y con este dinero que nos ahorrábamos por no pagar el puente, comprábamos dulces, pues era un centavo de ida y otro de regreso y cómo éramos dos, juntábamos cuatro centavos. Estos recuerdos, vienen a mi memoria de cuando pasábamos mucho trabajo para realizar cualquier cosa a todo ahora, hoy todo es más fácil.

Y déjeme contarle que mi papá, sembraba alfalfa, maíz, caña de azúcar, tenía árboles frutales y mi mamá, vendía flores, plantas como crisantemos, rosales para el día de los difuntos; también, tenía algunas vaquitas y de esos animales, vendía leche. Me acuerdo de los nombres de algunas de las vacas, las cuales eran Lupita, La Pulga, Alejandra, La Pecera, La Gorda y la Colorada y un toro que le llamaba Agapito. Así mismo tenía alrededor del ranchito, álamos muy altos a la orilla del río donde decía la gente que Francisco Villa se dedicó a colgar a chinos en esos árboles altos. El paisaje también se complementaba con verdolagas con un relieve verde y en las aguas del Chuvíscar, se podía pescar charalitos que se utilizaban para hacer algún tipo de guisado. Me acuerdo además del enorme árbol de mora morada y con esta fruta, hacíamos agua fresca. En el árbol, llegamos a colocar una escalera y por ahí se subían las gallinas para dormir donde recogían los huevos para el almuerzo del día siguiente.

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“En el ranchito de mi papá había una pila grande, la cual se llenaban de agua que salía de un pozo que gracias a la fuerza de un caballo que daba vueltas alrededor de la misma, expulsaba el líquido por un tubo y así se llenaban la pila que servía para regar todos los sembradíos, darle a los animales y para las necesidades de la casa, recuerdos que nunca se me olvidaran. Una madrugada llegaron al ranchito unos

asaltantes, los cuales le habían quitado la soga con que tenían amarrado al toro de mi papá, con está lo amenazaron que si no les daba el dinero, lo colgarían junto con mi mamá, el Bandido por su parte, entraría a la recámara donde yo dormía y junto con mi papá, al sentir al asaltante desperté y vi el rostro de bandido que traía un paliacate rojo amarrado en el rostro para que no lo reconocieran, nomás se le veían los ojos y vi cuando mi papá, les dio el dinero que sumaban $15 que en aquel entonces era mucho dinero.

“Le quitaron el rifle y los dos caballos, el Negro y el Pinto y en eso les dice el jefe a los otros bandidos que eran como 4: ¡Vámonos rápido, ya sonó el teléfono”, luego se fueron rápidamente por la orilla del río pero al llegar a la Concordia se toparon con la montada o policía municipal ya que habían dado aviso y allí se agarraron a balazos e hirieron al jefe de los malandros el cual llevaba el caballo Negro y se cayó al suelo. Entonces el Negro sólo regresó a la casa cuando todos estábamos sentados alrededor de una noria. Cuando vimos llegar al caballo por el río, todos gritamos y aplaudimos de gusto, así mi papá pudo ir a repartir la leche casa por casa porque así se usaba. El otro caballo, el Pinto, lo recogería la montada y mi papá nunca lo recuperaría; el asaltante moriría a las pocas horas y nunca se pudo saber la verdadera identidad de los otros cómplices.

Finalmente, recuerdo que en 1932, empezó a llover mucho y las aguas turbulentas del río Chuvíscar se iba comiendo poco a poco la tierra a las orillas de su cauce, quedando más chico el terreno del ranchito de mi papá. Ese inolvidable día, el río se llevó bastante terreno hasta llegar a la casa, la cual la arrasó junto con el establo y el árbol que estaba lleno de gallinas, se lo llevó con todo y aves; los sembradíos de flores y lo más triste es cuando la gente que disque para ayudar a sacar las cosas se llevaría a sus casas algunas pertenecías de mi papá, ya que comentaban: “Al cabo de lo iba a llevar el río”; las vacas, la sacó un amigo de mi papá y a mí me sacaron en un caballo que le llegaba el agua en la panza. Recuerdo que una vecina me cuido y desde ahí, alcanzaría a escuchar un estruendo cuando se cayó la casa de mis papás.

Todo se lo llevaría el río y con un dinerito que pudo rescatar, compró una casa en la donde en la actualidad yo vivo. El terreno de la casa, donde se encontraba el ranchito de mis papás se encontraba donde hoy es la escuela Gabriela Mistral a un lado de la Pacheco y del otro lado de la escuela, se encontraría el Hospital General del Estado. El puente Rojo que estaba en la avenida Colón lo desarmarían para llevárselo a Hidalgo del Parral, Chihuahua y en su lugar, construirían un puente de cuatro carriles para automóviles”. De esta manera concluía la plática con el buen amigo Nacho Ontiveros.

“Los Relatos de don Nacho Ontiveros”, forman parte de los archivos perdidos de las Crónicas Urbanas. Si usted tiene información que quiera compartir para esta sección y si desea también adquirir los libros:

“Los Archivos perdidos de las Crónicas Urbanas”, Tomo I, II y III, puede llamar al celular 614 148 85 03 y con gusto se lo llevamos a domicilio o bien adquiéralo en la librería Kosmos, localizada en la calle Josué Neri Santos No. 111 o en La Luz del Día, Calle Blas Cano De Los Ríos 401, San Felipe I Etapa.

Fuentes

Sr. Don Ignacio Ontiveros de la Paz.

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