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Crónicas Urbanas: Las Calamidades y Curiosidades de la Revolución en Chihuahua

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Por: Oscar A. Viramontes Olivas

Muy buenos días tengan todos ustedes, amigos de esta sección Crónicas Urbanas de El Heraldo de Chihuahua, reciban bendiciones. En esta ocasión, nos trasladamos a la época del inicio de uno de los conflictos más desgarradores que haya tenido nuestra patria chica, me refiero a la Revolución Mexicana, la cual, generó muchas desgracias entre la población de la ciudad de Chihuahua. Por ello, caminaremos por este sendero para comprender un poco de las penurias y hambres que sufriría el pueblo, mientras dos bandos se disputaban la plaza, pero también de algunas costumbres y cosas agradables de ese tiempo que mantuvieron viva la esperanza de vivir de mucha gente. Espero sea de su agrado, ya que esta sección es de ¡Colección!.

Por todos los caminos y senderos del enorme estado de Chihuahua existía un punto en común, la pobreza y la desigualdad social, mientras unas pocas familias atesoraban riquezas y explotaban al pueblo y los recursos naturales para su beneficio, la gran mayoría vivía en la miseria, tratando de sobrevivir de las “calamidades” del cielo. Los conflictos y zafarranchos en las rancherías, así como los robos y asesinatos estaban a la orden del día, esto generaba mucho miedo entre la gente a finales de la primera década del siglo XX, previo a la Revolución Mexicana. La población comúnmente trabajaba en las haciendas y minas, algunas empresas empezaron a tener un declive debido a la situación de revueltas que se estaba presentando en puntos de la sierra y en las ciudades, obligando a muchas familias a refugiarse en la capital del Estado, ósea aquí en la ciudad de Chihuahua.

Nos remontamos al barrio de Santa Rosa, allá por donde hoy se encuentra el Museo Histórico de la Revolución Mexicana, mejor conocida como la casa del general Francisco Villa, el cual, había sido inaugurado el 17 de noviembre de 1982, ubicado en la calle 10a 3010. Ahí, muy cerquita vivía una familia de reconocida moral, contigua a la residencia del Centauro del Norte en 1909, esta de apellido González Paniagua. Ahí se encontraba Panchito, uno de 15 hermanos de esta tan estimada familia.

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El pequeño se llamaba como el vecino de la “casa grande” y solía ir a la puerta de esa “mansión” a jugar con algunos objetos y también entre juego y juego, se asomaba por una de las bardas que daban al patio donde el papá de Panchito tenía algunos animales, incluyendo dos hermosos caballos.

El “misterioso” señor de la “mansión”, también tenía pero como diez de muy buena “percha” y no faltaba que uno de los garañones enamorados de los González, quisiera brincar las bardas para “echarse al plato” a una de las yeguas del vecino que en una de esas así sucedería por descuido de los custodios que estaban en los patios de esa residencia.

El Centauro, como le decían, siempre fue un admirador de los pequeños, algo así como “Dejen que los niños vengan a mí”, ya que él trataba de ser muy buena gente y más con su amigo Panchito González, el cual, con el tiempo le tomaría mucho cariño y siempre que se acercaba a la puerta o cuando subía por la barda para ver los caballos del coronel Villa, y tan pronto lo veía entrar montado con un enorme caballo “Azabache”, le gritaba: “Amigo, Pancho ¿me podrías subir a tu caballo?”, su tocayo de inmediato le respondía: “¡Por supuesto que sí!”, “¡Súbeme al caballo!” gritaba Panchito y, este se arrimaba su penco para que el niño se pudiera montar, obedeciendo así al pequeño, aquel que tenía fama de tener un pésimo carácter, ya que nunca se dignaba a obedecer a nadie y lo sorprendente es que a Panchito, todo lo que él quería se lo concedía.

Esta situación se repetía con frecuencia y en una de esas veces, el Centauro le comentaba al padre de este niño, el buen Herculino González: “¡Regáleme a Panchito!” y ante esta embarazosa pregunta del temido vecino de la calle 10a, se quedó con los ojos abiertos, paralizado de no saber que responder. Solo se concretaba a mostrar una sonrisa en la cara y hasta ahí. Estas experiencias embarazosas las compartía en la cantina don Herculino con sus amigos y, con un rostro de miedo, solo se concretaba a tomarse un tequila y otra, combinándolo con una botella de sotol, según lo ameritaba el momento, donde se discutía de política y por el tono de la plática, la gente se imaginaba que algo malo iba a suceder.

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Don Francisco, “el coronel” se dedicaba a la compra y venta de ganado, según algunos, señalaban que una de las carnicerías que él atendía se encontraba en las hoy avenidas Zarco y Ernesto Talavera. Este personaje se ausentaba largas temporadas haciendo negocios y no sé qué más cosas y, cuando volvía de esas travesías prolongadas, seguía con la insistencia hacia Herculino que le diera a Panchito y el papá del niño hacía “honor” a su nombre por el miedo que le daba cuando el “coronel” le pregunta eso.

La historia cambiaría cuando entraba el mes de noviembre de 1910, ya que la Revolución Mexicana comenzaría en Chihuahua el 15 con el levantamiento en Cuchillo Parado de Toribio Ortega y Francisco

Villa, el amigo de Panchito en San Andrés, Chihuahua, el 17 de noviembre. La gente se uniría a la bola por la convocatoria hecha por el Centauro, pero las familias trataban de no ser muy evidentes con los niños de lo que estaba sucediendo en esos momentos. Aún y cuando les ocultaban la penosa realidad, los infantes observaban entrar y salir jinetes con armas y carros con artillería y parque.

En una ocasión, Panchito enfermaría de viruela, por lo que no podía salir y por insistencia de él, lo tenían que dejar sentarse en la ventana para que se distrajera viendo lo que sucedía en la calle ya que pasaban muchos campesinos pobres y tras ellos iban fielmente sus mujeres. Sin duda, eran los primeros soldados de la Revolución Mexicana en la ciudad de Chihuahua, con un pésimo uniforme que representaba la pobreza y armados por la necesidad, en su mayoría, gente desesperada a causa de la dictadura de los Terrazas y la de don Porfirio o bien, arrastrada por un idealismo incomprendido que se convertiría en el paso de los años, ya no una lucha de pobres contra ricos, sino una revolución que sería traicionada convirtiéndose en una lucha de facciones. Los bandoleros, depravados y los sádicos se dedicaban a saquear, ultrajar, asesinar y los ideales revolucionarios quedarían sepultados junto con aquellos primeros hombres buenos que murieron iniciando la lucha.

Cuando la gente se asomaba y veía pasar a los soldados, se daba cuenta que uno de ellos llevaba cabresteando un caballo igual al de Panchito, un potrillo “alepado” que le habían obsequiado en uno de sus cumpleaños por lo que el pequeño empezó a pegar de gritos y puso muy nerviosos a los miembros de la familia, fue una conmoción y en ese momento Herculino de inmediato se dirigió a reclamarle al Centauro y este, ordenaría buscar al caballo y castigaría a quien lo tuviera. Cuál sería la sorpresa cuando le trajeron el animal supuestamente robado, ya que era muy parecido, pero el caballo de Panchito tenía una semejanza extraordinaria con el “robado”, por lo que le prometió que lo devolvería y así fue. Lo anterior originó que el soldado fuera fusilado por robarse el caballo de “Panchito” y en voz de don Francisco comentaría: “Se puede equivocar uno, pero yo nunca me equivoco ante un soldado y si se robó o no el caballo, no le voy a salir con un “¡Dispense usted!”.

Así, el coronel le decía a los padres de Panchito: “De hoy en delante, este animal que yo sé que no era el de su pequeño, se lo regaló y se lo traigo hasta su casa y tiene usted mi palabra, la palabra de Francisco Villa, que nadie de mis muchachitos va a molestarlo a usted y a su familia. Mientras que la revolución tomaba rumbo, el pequeño Panchito se dedicaba a ser niño, por lo que construyó un carrito abandonado de cuatro ruedas, de esos que lo jalaban dos caballitos prietos con una parvada de chiquillos arriba, lo cual, fue un enorme y motivo de felicidad en la niñez; por aquellas fechas, el coronel Villa traería del pueblo de San Andrés, muy cerca de Santa Isabel a su nueva esposa que se llamó Luz Corral, grandota, güera, de ojos zarcos, blanca, cara bonita y siempre sonriente a pesar de su buen carácter, se notaba que el coronel le tenía cierto temor y respeto; también a ella, le simpatizaba mucho el buen Panchito ya que este pequeño la verdad a todo mundo le caía de maravilla.

Durante los terribles comienzos de la Revolución no fue fácil para nadie, ya que poco a poco esto se convertiría en una verdadera problemática para todos hasta que las personas originarias de algún rancho que tenían parientes y que comúnmente les enviaban algo desde allá, como el costal de frijol, el tasajo de carne seca o la rueda de queso al principio de la bola, en la mayoría de los casos, se interrumpiría su flujo desde las afueras, hasta el centro de la ciudad, donde había algunos animales todavía para ayudar a los supervivientes, se veían gallinas para los huevos, vacas para la leche y uno que otro marranito que se criaba con los desperdicios de la comida llamado “friego” y con los desechos naturales del organismo humano, pero esto se acabaría, ya que los federales y revolucionarios, según los que estuvieran en ese momento, se empezarían a robar las gallinas, vacas y puercos que se convertirían en comida para la tropa.

Los animales de los González Paniagua empezaron a desaparecer uno por uno por los robos y por la necesidad que tenían de comer, para entonces, llegaría una vaca lechera suelta la que nunca supieron de quién era; extraviada y hambrienta, se apoderó de un sitio en el corral a pesar de las indagaciones que se hicieron y con el paso del tiempo nadie la reclamaría, por ello, por ser ajena la nombrarían “la Huérfana” y antes de ella, habían tenido otra muy brava que necesitaba torearla para que se dejara dar leche, por lo que Herculino prefirió mejor venderla antes de matarla. La familia ante las penurias, solo le quedaría recordar los buenos tiempos cuando se dedicaba a transportar en mulas diferentes tipos de carga; primero como arrieros y luego como dueños de ellas (mulas).

Este oficio consistía en transportar a lomo de mula barras de oro o plata, desde las plantas de beneficio hasta las ciudades por cuenta de las empresas mineras que a su regreso, ellos mismos surtirían los campamentos mineros y las tiendas de los poblados, acarreando junto a los metales, preciosas provisiones para la gente. Así mismo llevarían dinero para el pago de las rayas de las compañías mineras, cargadas hasta de 90 kilos y se recordaba que siempre se tenía que caminar por los atajos de la Sierra alrededor de ocho a diez leguas diarias, más de 20 km por lo escabroso del terreno. Las guarniciones, monturas de aparejos, la reata y los costales, estaban hechos de cuero de res curtido. Esta historia continuará…

“Las Calamidades y Curiosidades de la Revolución en Chihuahua -La Historia de Panchito-”, forman parte de los archivos perdidos de las Crónicas Urbanas. Si usted tiene información que quiera compartir para esta sección y si desea también adquirir los libros: “Los Archivos perdidos de las Crónicas Urbanas”, Tomo I, II y III, puede llamar al celular 614 148 85 03 y con gusto se lo llevamos a domicilio o bien adquiéralo en la librería Kosmos, localizada en la calle Josué Neri Santos No. 111 o en La Luz del Día, Calle Blas Cano De Los Ríos 401, San Felipe I Etapa.

Fuentes

Archivo Histórico de la Ciudad de Chihuahua.

Profesor Rubén Beltrán Acosta, Cronista de la ciudad de Chihuahua

Fotografías: Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH)-Fototeca.

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