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El riesgo de la reinvención como imperativo educativo

  • Juan Ramón Camacho

 

Ya es del dominio público que el escritor estadunidense AlvinToffler (1928-2016), autor de “La Tercera Ola”, aseveró que el analfabetismo del siglo XXI está representado por quienes no pueden aprender, desaprender y volver a aprender.  En el contexto de la Sociedad del Conocimiento, esta idea cobra un significado enorme.

En un mundo dominado por la agilidad con que se difunde información y se generan conocimientos como nunca antes, los retos de la educación están en la formación de individuos que puedan encarar los retos que plantea esta generación casi espontánea de información y conocimientos que define la situación humana postindustrial.

Así que, desde esta perspectiva, la mejor estrategia educativa parece ser aquella que dispone todos los elementos necesarios para la reinvención constante de los aprendices en las aulas y fuera de ellas. La reinvención es una idea cautivadora, sin duda, que logra inquietar no sólo a educadores de todo el mundo, sino a los líderes en cualquier actividad.

La decisión y la estrategia de reinvención parecen haber ganado mucha simpatía entre emprendedores y visionarios de las distintas áreas del desarrollo humano social e individual, las cuales se enfrentan a un vertiginoso cambio que parece arrebatarle la substancia al mundo.

Pero el reto de reinventarse no es tan sencillo como la palabra que lo nombra.  La complicación en este intento la impone no tanto la falta de disposición para aprender y desaprender, sino el grado de aprendizaje y de desaprendizaje; así que el que el problema radical es el de la identidad de quien aprende y desaprende.

Hay un serio problema antropológico-ontológico en el proceso de reinvención, es el problema de la posibilidad de que se esfume el ser de quien se reinventa al grado de termina sin esencia, sin identidad, termina siendo nadie.

Lo medular de este asunto es que en el aprendizaje (y en el desaprendizaje) hay un ser que aprende (y desaprende). Preguntémonos, entonces: ¿Qué pasará con la identidad de ese ser sometido –sea mediante educación formal o informal- al constante proceso de reinvención? ¿Quién es ese que se reinventa? ¿Qué queda del reinventado y sus respectivas reinvenciones?

Vamos a tener que cuidar atentamente la identidad de las personas, de los grupos, de las comunidades, porque esa identidad es el asidero de los valores y de la convivencia armónica y respetuosa, siempre colaborativa y hasta empática.

Más bien, vamos a tener que cuidar las condiciones (sin rayar en un conservadurismo irracional) para que las personas mantengan su identidad individual y grupal. Debemos encontrar una garantía para ello; no vaya a ser que en el afán de no quedar como personas analfabetas, nos reinventemos tanto que acabemos perdiendo nuestra relación esencial con el mundo y con los otros, la relación de certidumbre y confianza.

El paroxismo de la reinvención en el ajetreo postindustrial no debe dejarnos abandonados en terrenos sin valores, sin principios, sin bases para una construcción social sólida basada en la colaboración y la solidaridad, principios que quedan en riesgo ante el embate de un mundo rebosante de información, de datos, de individualización y de desconcierto.