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La fuerza de la presencia

  • Roberta Cortazar Bickey

Las palabras en un momento fueron eso, simplemente palabras, usadas para la descripción de algo, pero en la evolución de la humanidad, el lenguaje aún y cuando conserva originales y auténticos términos con sus significados, ha ido adquiriendo nuevos sustantivos, calificativos y combinaciones para ir más allá y expresar con más precisión eso que late y empuja al individuo a manifestar lo que ve, lo que piensa, lo que siente, lo que desea, lo que inventa. Las palabras se acompañan de tonos de voz, de ademanes corporales, de gestos faciales, que en sí son más expresivos que cualquier término hablado o escrito. Con el respaldo de la presencia, el mensaje tiene una fuerza y autenticidad que abarca junto con los lapsos de silencio, lo importante, lo real.
Y en esta constante tarea de enriquecer el lenguaje para el entendimiento, sigue la necesidad de ir sumando términos y maneras de expresión.
Podemos manifestar o escuchar la frase: “No tengo palabras” momentos en los que el sentimiento o la emoción le ganan al lenguaje y es aquí cuando surge el respaldo de una mirada, una sonrisa, un abrazo, un apretón de manos, o en dado caso de lo contrario.
Acaba de ser mi cumpleaños y es la primera vez que algunas de las felicitaciones que antes eran por teléfono me llegaron por mensaje, una frase escrita llena de corazones, caritas, besos, abrazo, un pastel con velitas, etc. etc. y la verdad sentí un hueco, como que algo me faltó. Por otro lado disfruté esas llamadas que me dieron el regalo de una voz que me lleva a recorrer los recuerdos y el vínculo con esa persona. Y todavía más conexión y gozo experimenté con quienes en presencia física me abrazaron. Las felicitaciones fueron más, muchas más que en otros años, pero las sentí menos.
Todos esos medios de comunicación que nos acompañan a dondequiera que vamos, son resultado de una tecnología que los adultos experimentamos comparando con las maneras de comunicación de antes, pero los que ya nacen en este mundo de vínculos virtuales no pueden tener un comparativo, porque no vivieron la necesidad de la voz o presencia para decir. Hoy se dice y se dice más que nunca y ese aventar palabras con los supuestos gestos caricaturescos que refuerzan el mensaje, ha ido creando una comunicación excesiva pero definitivamente muy débil para fortalecer relaciones.
Conozco personas que están encerradas frente a una computadora o un teléfono extrayendo supuestamente desde estos medios relaciones e ilusiones desde símbolos e imágenes virtuales, pero con una nulidad de contacto presencial. Es como entablar una relación con una especie de robot que responde pobre y lejanamente, un ser al que obligatoriamente se le dan características irreales, que son afianzadas por esa fantasía que siempre acompaña en la soledad y la ausencia.
Los teléfonos celulares absorben con tal absolutismo que las miradas se están perdiendo de lo que late alrededor, los ojos se adaptan a las pantallas haciéndose débiles y cobardes para observar lo que responde auténticamente.
¿Acaso no es más fácil mandar un mensaje difícil, complicado, que decirlo en persona? ¿Acaso no es más cómodo decir algo y elegir si vemos o no la respuesta?
¿Qué está generando que la presencia se remplace con una máquina?
Celebrar la tecnología es agradecerla, pero siempre cuidando el uso que le damos.
Para crear vínculos fuertes la mirada es esencial, los ojos tienen ese toque profundo que descifra los mensajes más sutiles e importantes del alma, el contacto de la piel en un saludo de mano, en una palmada en la espalda, en un abrazo, responde con efectividad. El preámbulo desde una pantalla antes de un encuentro presencial, puede suprimir la necesidad de un diálogo detallado, pues ya desde la pantalla se palomean sentimientos y emociones desde esos signitos representativos. ¡Ya le mandé una monita abrazando, que agarre la honda! ¡Ya basta de besos, todo el día me mandas! ¡Con la carita de enojo me dijo todo! ¡No me puso caritas, estará enojado!
¿Desde dónde estamos “viendo” al prójimo? ¿La satisfacción de estar en contacto en que la basamos?
Estamos pasado de la era de “no tengo palabras” a la de “para que nos vemos si ya nos escribimos en abundancia” y así los ojos se vuelven evasivos, débiles para percibir “eso” que sólo en la presencia se puede manifestar y descifrar.