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¿Tiempos malos?

  • Mario Góngora Hernández

 

Los tiempos son buenos o son malos según los hacemos. Y si juntamos los buenos con los malos, resulta que todos los años son iguales. Y así, los cambios que tenemos con altibajos, seguramente se nos dan para aprender a tener gratitud de cuando todo anda bien.

Cuando los tiempos andan muy bien, nos sirven para exhibir nuestros vicios, y cuando  andan mal, nos sirven para exhibir nuestras virtudes.

Quejarnos de los malos tiempos no nos sirve de mucho. Nada va a mejorar si nos quejamos y lo que es peor, unos simples minutos de desaliento reducen nuestras energías más que unas semanas de intenso trabajo.

Para volver los días prósperos, no podemos esperar que se den por casualidad, sino de pensar y trabajar intensamente. Para acabar con el desaliento y el desánimo, no hay como escoger algunas de nuestras mejores ideas, desarrollar un plan e ir tras ellas. Las ideas son inagotables, por lo que el trabajo nunca nos debe escasear.

Los malos tiempos sólo alcanzan a los desanimados, y a los que pensando que todo está perdido, dejan de luchar. Si es amplio el número alcanzado por los malos tiempos, todavía es mayor el número de los que se pueden bastar a sí mismos. El que no se cansa, termina cansando a la adversidad y los malos tiempos.

En este mundo se necesitan valor y buen sentido común para ser felices. El perder y ganar son tan comunes como que después de la noche llega el día. Y en la vida debemos estar preparados para las tormentas que se pueden desatar en cualquier momento. Puede esperar lo mejor el que está preparado para lo peor. Podemos empezar por pensar que los tiempos serán duros y difíciles y que inclusive, podremos encontrar gente mal intencionada. Todo esto es normal.

A los tiempos malos debemos lo que hay de mejor en el hombre, lo que le da valor a su vida. Es lo que desarrolla sus mejores virtudes. Estos malos tiempos son extremadamente benéficos porque es cuando nos ponemos a trabajar en serio, es cuando nuestras neuronas cobran vida, cuando tenemos esperanza en el porvenir. Los años, nuestra edad, no cuentan gran cosa en nuestros éxitos. Podemos tenerlos aún como adultos mayores.

Mientras más pensamos en nuestros males, se vuelven más tangibles; más difíciles de erradicar mientras más hablamos de ellos. Mientras más nos quejamos de nuestras desgracias, más de agravan. Compartamos con los  demás nuestras alegrías y nuestros placeres, reservando para nosotros mismos nuestros sufrimientos.

A largo plazo, la sociedad y el mundo entero nos tratarán como lo espere nuestro corazón.