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Vergüenza es…

  • Roberta Cortazar Bickey

 

La vergüenza (también llamada pena en algunos países centroamericanos y México, andinos y caribeños) es una sensación humana, de conocimiento consciente de deshonor, desgracia, o condenación. El terapeuta John Bradshaw llama a la vergüenza “la emoción que nos hace saber que somos finitos”.

Su sinónimo ignominia (del latín ignominĭa, cuya etimología remite a la “pérdida del nombre” —de in-nomen, “sin nombre”—) da a entender el efecto de una acción deshonrosa o injusta, términos de los que es sinónimo. La XXI edición del diccionario de la RAE la define como una afrenta pública, en el sentido en que constituye una ofensa personal que queda a la vista de una comunidad que la condena unánimemente. Por ello, la acción ignominiosa está relacionada con la desvergüenza y el deshonor de un individuo a quien las consideraciones morales le son indiferentes y que es consecuentemente objeto del descrédito general. Se suele emplear este término para denunciar una situación de injusticia, generalmente cuando se trata de la obra de un solo individuo que reúne cierta autoridad sobre una comunidad”.

Se ve y se siente que son tiempos de desmedida desvergüenza.

¿Acaso habrá quienes no sean capaces de avergonzarse? ¿Qué es lo que nos lleva a tener vergüenza?

La vergüenza es un sentimiento que está íntimamente ligado con los valores éticos y morales que adoptamos, así que sentirla y vivirla es algo personal. Por eso muchas veces no entendemos y decimos: ¿Qué no le dará vergüenza? Porque quizá nosotros en esa situación estaríamos más que avergonzados, pero otros pueden basarse en valores diferentes o contrarios y vivir ciertas experiencias en una total desvergüenza ante nuestros ojos.

Hay otra situación que abona para no sentir vergüenza y es sentirse protegido, sentirse parte de un grupo que hace lo mismo ¡Somos muchos y avalamos lo que hacemos!  ¡Hago esto porque sé que aun siendo algo mal visto o prohibido por las leyes de mi comunidad, pertenezco a uno de esos grupos que pueden hacer sin consecuencias. Nos protegemos, alimentamos ese “hacer” y buscamos maneras de justificarlo, porque justificar es muy importante para evitar vergüenzas.

Y así comprobamos porque, ante una evidencia tajante de delito de un poderoso o amigo del pudiente, se bloquea la ley ¡Es uno de los nuestros, a ver cómo le hacemos para librarlo, liberarlo! O en dado caso desaparecerlo para que no se ventile lo que “hacemos” en privado y es tan de nosotros, “eso” que no podemos publicar.

Estos escenarios de desvergüenza son hoy cotidianos y aún con la afirmación de la conocida frase: Vergüenza es robar y que te agarren, comprobamos que ni agarrándolos les da vergüenza, porque no se derrotan ante la mentira que viven, y a toda costa se justifican, se autoindultan, para seguir con la farsa.

La vergüenza sólo podrá ser procesada en la humildad de reconocer la verdad, y muchas veces el aceptar tiene consecuencias graves. “Vergüenza es la emoción que nos hace saber que somos finitos” ¡Se acabó! Todo eso que escondía sale a la luz, y con esa evidencia se me acaba esto, se me acaba lo otro. ¡Pierdo algo definitivamente! Mi “buen” nombre,  mi seguridad, y hasta mi vida.

Pero después de aceptar, de pasar la vergüenza, de derrotarnos ante lo obvio ¿Qué sucede? También se acaban las apariencias, las mentiras, se limpia la consciencia, se libera el corazón y puedes decir sin barreras: Soy libre, estoy en paz.