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Inauguración de la Casa Salud, hoy Hospital Neuropsiquiátrico de Chihuahua (1946)

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

Muy buenos días, bendiciones a todos ustedes lectores de El Heraldo de Chihuahua y de esta sección Crónicas Urbanas, hoy domingo 12 de febrero de 2017 hablaremos de la inauguración de la Casa Salud, hoy hospital Neuropsiquiatrico de Chihuahua en la época del ex gobernador Fernando Foglio Miramontes, espero sea de su interés, ya que esta sección es de ¡Colección!

Uno de las edificaciones poco conocidas y posiblemente olvidadas dentro de la geografía urbana, fue el Complejo de Salud que el Gobierno del estado de Chihuahua, presidido por el entonces gobernador ingeniero Fernando Foglio Miramontes y junto a otros grupos de la iniciativa privada, se reunieron para ver la posibilidad de crear un espacio cuyo objetivo sería, la rehabilitación de menores infractores, así como la ayuda a personas con necesidades siquiátricas. Éste tendría su asentamiento al sur oeste de la ciudad, muy cerca de donde hoy es la Facultad de Zootecnia y Ecología y la colonia Zootecnia.

Un lugar que en su tiempo, estuvo aislado de la civilización, entre coyotes, víboras y muchos zorrillos; ubicado en los terrenos conocidos como: “La Boquilla de Villa”. Así el 18 de febrero de 1946 se anunciaba que el complejo sería una realidad y que las familias que tuvieran algún paciente con desordenes mentales tendrían la oportunidad de llegar al nuevo hospital que en un principio se llamaría “La Casa Salud”.

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Además del hospital, en los informes de la época se comentaba de manera despreciativa por parte de algunas personas, principalmente de políticos de escritorio, que nunca han estado sensibilizados con el dolor del pueblo, que ni siquiera conocían los terribles problemas de la niñez y de la juventud, pero de que hablaban, hablaban, al mencionar agrito abierto, que los que habitarían en la escuela de Rehabilitación para Menores, a esos muchachos que por circunstancias del destino llegarían a ocupar un lugar en la correccional, todos ellos deberían tener su merecido por “pillos”. Pero otros más concientes del asunto, se expresaban de otra forma: “Cuando señalamos lacras, lo hacemos con el ánimo dispuesto a cooperar en la extensión de todo al lastre moral y al acusar, nos impide un espíritu de justicia.

Cuando como hoy, comentamos la iniciación de una obra gigantesca en cuando al profundo significado social, gozamos de antemano con la satisfacción que la presente aportación de recursos será de beneficio absoluto para todos los sectores del Estado”.

Muchas cosas se dijeron, pero tal vez nada sustancioso. Era el ánimo del tiempo, era la construcción a inmediaciones de la ciudad de Chihuahua en los terrenos “Boquilla de Villa”, de una serie de edificios que serían utilizados en llenar una función preventiva, curativa, benéfica, regeneradora y rehabilitadora.

En el año de 1946, era el tiempo de la posguerra, para que me comprendan, después de la Segunda Guerra Mundial, y la visión del planeta tal vez se concentraba en una minúscula ciudad en el mundo, como era Chihuahua; las obras que se empezaban a proyectar, representarían todo un orgullo para la comunidad de esta “tierra luchadora”, pues los aspectos políticos, financieros, de inflación y crisis, generados por la terrible guerra, no ofrecían garantías necesarias para establecer un proyecto de gran magnitud como era el complejo de salud y rehabilitación, nunca fueron impedimento para la obra.

El gobierno y los hombres de negocios no se dejaron contagiar del egoísmo imperante, recordando los humanos anhelos de las clases desvalidas; se unieron a un esfuerzo común, elaborando un proyecto magnánimo y la promesa que en poco tiempo, se convertiría en realidad. Los incurables, los pequeños sin dirección, los enfermos mentales que por circunstancias familiares tenían que estar en un sitio especial y los ancianos, serían ubicados en un espacio que les ayudaría a descansar en vísperas de su partida.

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El Tribunal de menores, o Escuela de rehabilitación, un hecho de la realidad que el progresista Club Rotario pondría en sus manos construirlo. El anhelo de la formación de mentalidades sanas para muchachitos que sin tener inclinaciones perversas son orillados al vicio o a la degradación y al crimen, por la carencia de una disciplina a la vez bondadosa y pedagógica adaptada a cumplir los lineamientos de su delicado cometido. El discurso de los miembros del Honorable Club Rotario, exponían su beneplácito de esta manera: “Pequeños raterillos, vagos y seres que de otro modo se convertirían con el correr de los años en individuos inútiles, encontrarán en la escuela de “La Boquilla”, no sólo albergue, sino también una institución que los encauzará en el carril de la honestidad y honradez.” Así todo niño infractor, por mas corrompido que estuviera moralmente, tendría un espacio para regenerarse. Eran esos tiempos en que los delitos no eran tan lamentables, muchos de los muchachos que ahí ingresarían, sólo habían cometido robos, lesiones o bien andaban “pajareando” con algún tipo de droga por las calles.

Así el mismo gobernador, Foglio Miramontes, había siempre pensado que la salud era una obligación del estado para con la población, por lo cual emprendió con todas sus energías, el proyecto de la construcción de la Casa Salud, donde recibirían a personas enfermas de tuberculosis en un pabellón especial, edificado con un costo de sesenta mil pesos. Allí, las víctimas del terrible mal de la “peste blanca”, tendrían los tratamientos propios de este indeseable enfermedad, que en aquella época estaba muy extendido. El objetivo, muchos enfermos de tuberculosis serían curados y reintegrados a las actividades del trabajo; volverían nuevamente a la vida cotidiana del trabajo y se encontrarían con sus familiares en el hogar, dejando de ser una amenaza de contagio para el mundo. Además para los “incurables”, a los que al transponer “dintel del leprosario” evocada por Dante Alighieri: “Pérdida toda esperanza”, la Casa Salud en la Boquilla de Villa, brindaría un pabellón, por supuesto para los leprosos. Así, en cierto sentido como lo hizo y lo dijo la Madre Teresa de Calcula: “Amar hasta que duela”.

Otra área que se pensaba construir en la “Casa Salud” era el departamento dedicado a los dementes en las que estarían divididas en tres secciones, una para “tranquilos”, otra para “agitados” y finalmente el destinado a observación de los pacientes. Además esta casa, tendría un salón de “distinción” para los enfermos que estuvieran en condiciones de pagar los tratamientos. Finalmente contaría un área administrativa. La verdad era una buena oportunidad para este grupo de personas que más que recibir consuelo y apoyo por parte de la sociedad, eran rechazados y marginados debido a su condición física, fisiológica y mental.

La iniciativa privada junto con el Gobierno del Estado y el Club Rotario, unidos lograrían la obra, así por ejemplo el comercio de Ciudad Juárez, aportaría más de $100 mil pesos; los propietarios del cine Alcázar y sus exhibidores, donarían $100 mil pesos; el comercio, los banqueros y ganaderos así algunos mineros, aportarían donativos importantes para la realización de la construcción del complejo. También quienes se apuntaban al apoyo, estaban los madereros de Chihuahua, que aportarían dos carros de madera con un valor aproximado de $60 mil pesos. Así junto con otras donaciones, la obra de la construcción, tanto la escuela de Rehabilitación para menores o Tribunal para Menores y la Casa Salud, tendría un valor aproximado de $600 mil pesos.

Finalmente la obra estaría acompañada de la construcción de la carretera—imagínese nomás—desde el sanatorio Palmore hasta la Casa Salud, que ha iniciativa del Gobierno del Estado, se construiría para que familiares y amigos pudieran trasladarse a las instalaciones tanto de la escuela de Rehabilitación y a la Casa Salud.

Con el tiempo y cuando el proyecto se concretó, las funciones de estos dos lugares empezaron a dar sus frutos en apoyo a las personas enfermas de tuberculosis. Un pequeño ejército de enfermeras y médicos, empezaron a integrarse a las labores de auxilio de la gente que por circunstancias diversas habrían contraído la enfermedad. Además la “Casa Salud” como se le llamó durante muchos años, también albergaría a muchas personas que por su estado mental, no podían estar junto a los suyos. Por este motivo al pasar los años, se le empezó a llamar “La Casa de los Locos”, término nada apropiado, pues lo que se buscaba era aplacar los comportamientos extraños de los pacientes que entraban a ese lugar. Se comentaba por los medios de comunicación de aquel entonces, que las “escapadas” de algunos loquitos eran tan comunes, que mucha gente que vivía en las rancherías anexas a la casa, preferían no salir de sus propiedades con el temor de que se apareciera un “zombi” en medio de la noche, guardando gallinas, vacas, cerditos en los corrales para evitar ser “plagiados” por los “hombres de blanco”.

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Pero a unos cuantos metros más adelante, ya en funciones la escuela de Rehabilitación, nada parecido a la actual, ya que la antigua escuela, no tenía bardas, ni alambrados de púas muy sofisticados, policías que vigilaran los cuatro puntos cardinales, no, nada de eso, era una escuela donde solo tenía una pequeña cerca de alambre de esa que ponen para el ganado y en su interior, algunos edificios donde los muchachos aprenderían a leer y escribir y además se les enseñaría un oficio, ya sea carpintería, mecánica, elaboración de conservas y otras cosas más. Muchos años estuvo al frente de esta escuela, el profesor Antonio Olivas Robles, mí querido abuelo, a quien se le admira por su incansable labor por los muchachos que por alguna razón estaban cumpliendo una estancia en el centro de rehabilitación. Incluso eran tiempos en que el mismo profesor Olivas se llevaba muchachos a la ciudad para comprar los víveres para la elaboración de alimentos para los internos y otros materiales para los talleres que había en la escuela, lo que no había problema con ellos o que existiera el riesgo de que se escaparan, no nada de eso y el que llegaba a escapar, a los cuantos días se devolvía por su propio pie.

El tiempo fue avanzado y la escuela de Rehabilitación para Menores en la “Boquilla de Villa”, concluiría sus funciones ya cuando mí abuelo Antonio le había llegado el tiempo de su jubilación a finales de los 70s, pues otro edificio se había construido para tal fin rumbo a la salida del Aeropuerto y que es el que ahora existe y en donde las condiciones son totalmente diferentes a las que hubo en las primeras décadas de su existencia.

Finalmente “La Casa Salud”, tomaría años después el nombre de Hospital Neuropsiquiátrico, terminando una época que recordamos con mucho cariño, donde gobierno, rotarios, empresarios y muchas gentes más, pusieron su granito de arena para que esto fuera posible y que la intensión y deseo de servicio en beneficio de la población, tuvieran en este complejo la posibilidad de mejorar su estatus de vida y en donde encontraran los enfermos un lugar de consuelo y ayuda ante sus necesidades físicas, fisiológicas y mentales; así como un espacio donde aquellos muchachos que por diversas circunstancias de la vida, llegaron a infringir la ley y que en la escuela de Rehabilitación tuvieran la oportunidad de rehabilitarse para encontrar en la sociedad un espacio para integrarse en el momento en que concluyera su encierro.

Inauguración de la Casa Salud, hoy Hospital Neuropsiquiátrico de Chihuahua (1946), forma parte de los archivos perdidos de las Crónicas Urbanas. Si usted tiene información que quiera compartir para esta sección y si desea también adquirir los libros: “Los Archivos perdidos de las Crónicas Urbanas”, Tomo I, II y III, puede llamar al celular 614 148-85-03 y con gusto se lo llevamos a domicilio o bien adquiéralo en la librería Kosmos, localizada en la calle Josué Neri Santos No. 111 Col. Zona Centro o en la Luz del Día en la Calle Blas Cano De Los Ríos 401, San Felipe I Etapa, 31203 Chihuahua, con teléfono 413 0610.

Fuentes de Investigación:

Profesor Antonio Olivas Robles,

Profesor Ramón Olivas Rodríguez.

Profesora Ernestina Olivas Rodríguez.

Periódico Tribuna, 1946.

El Heraldo de Chihuahua, 1946.

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