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Crónicas Urbanas: El Anecdotario del Tío Ramón

 

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

 

Muy buenos días tengan todos ustedes amigos de esta sección Crónicas Urbanas de El Heraldo de Chihuahua, en este día reciban bendiciones. Hoy sin duda, es un gran día para recorrer de nueva cuenta las calles, barrios, comercios, escuelas, parques, panteones y barrios de esta creciente ciudad de Chihuahua. Con el relato de mi tío don Ramón, sin duda podremos viajar hasta los rincones más sensibles de nuestra antigua urbe. Espero sea de su agrado, ya que esta sección es de ¡Colección!.

Antes de iniciar con la historia de este domingo, quiero hacer una pausa con el fin de exponer una disculpa pública que versa así: “Por medio de este medio, quiero ofrecer una disculpa pública a la familia Medrano Bencomo, en específico a la señora Socorro Judith Medrano por los datos aparecidos en la sección de Crónicas Urbanas del Periódico El Heraldo de Chihuahua el día domingo 24 de enero de 2016 en el artículo: “Una historia de vida, ¿Existen los milagros?” y buscando ante todo que lo planteado en esta disculpa, sirva de punto de referencia para la convivencia entre los seres humanos. Sin otro particular, agradezco sus atenciones, atentamente, Oscar Alejandro Viramontes Olivas, responsable de Crónicas Urbanas”.

Después de este paréntesis de vital importancia, quiero desplazarme a la casa de mi tío Ramón, hombre de letras, sencillo y muy entregado a la enseñanza a lo largo de su vida; lo abordé en su casa, allá por el periférico Fuentes Mares ya que hacía tiempo que me quería contar algunas de sus anécdotas vividas personalmente en el Chihuahua de antaño en compañía de su papá y en otras de su abuelo: “Era el año de 1930, vivía en un barrio que se encontraba entre los sectores de la Obrera, Centro y Santa Rosa, bueno, pero sin importar exactamente donde se encontraba la verdadera frontera y colindancia de mi humilde casa, lo único que sé es que era muy bonita, en un barrio muy bonito, alegre, muy cercana a la 20 de Noviembre.

Vivía en una vecindad que estaba ubicada en la calle Coronado 908, más arribita de la Allende, entre la avenida Vicente Guerrero y la famosa calle 11, hoy avenida Venustiano Carranza. Vivía en una vecindad muy grande, de pura gente pobre pero sencilla y honrada; hoy en día, ya ni el recuerdo queda, pues es ocupada por algunos edificios de oficinas y departamentos de gente más o menos pudiente.

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Nuestra “hermosa” vecindad, era muy grande, tenía patios amplios y uno de ellos se comunicaba con la Iglesia de la Sagrada Familia que está entre la 11 y casi Nicolás Bravo; por la parte de atrás de este emblemático santuario de la fe, colindábamos con otra enorme vecindad, donde hacíamos frecuentemente muchas retas en diversos deportes como el béisbol, pero también, en una infinidad de juegos que nos entretenían horas y horas.

“Allá por los años 40ª en el pasado siglo XX y colindando con nuestras sagradas vecindades, se encontraban varios establecimientos o pequeños mercaditos donde la gente buscaba lo que quería, porque por la Coronado existían tiendas de abarrotes de chinos, varias fruterías y además el consultorio del médico Agustín Cárdenas, que le hacía a la homeopatía, muy bueno el galeno que hasta alguna vez me llegó a atender. Por otro lado, por la misma calle de la vecindad, existía el expendio de leche de don Chuy que vendía lácteos “broncos” porque en aquellos años no había llegado la leche pasteurizada a Chihuahua.

Así mismo, estaba la menudería de doña Carmelita Chávez que la verdad era excelente haciéndolo, tanto con chile como blanco, lo que allá en el sur le llaman el “bondongo”; quien no se acuerda además de la pequeña fábrica de dulces artesanales de don Víctor muy cercano a la calle 11 y Allende, la cual, hacía las riquísimas greñudas, los cañonazos con dulce piloncillo y clavo; las pepitorias con cacahuate, ajonjolí y coco, así como los deliciosos jamoncillos que eran la delicia de chicos y grandes. Junto a la casa del buen dulcero, estaba una cantina, a la cual, recurrían muchos parroquianos del barrio y más allá de sus límites a echarse una “helada” muy fría. Enfrente de este centro de reunión, estaba la carnicería de Don José, que vendía muy buena carne, pero algunos comentaban por “debajo del agua” que además de res, también le revolvía caballo, burro y no sé qué más.

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Bueno, solo externo lo que se comentaba en aquella época. Eran interminable los negocios por la calle 11 y mi Coronado querida que sin faltar la zapatería de don Lucio, la cual, se llamaba “Don remendón”, donde mi papá llevaba los zapatos de cada uno de nosotros, ya que en esos tiempos, tener calzado era un privilegio, por eso se arreglaban hasta que de plano ya no se podía hace nada, ni siquiera un milagro. Había también un molino de nixtamal, mercería, panadería, una botica muy cerca de la Sagrada Familia en la esquina de la 11 y Nicolás Bravo, creo que era la Miniatura, llamada así por lo pequeña que era.

Por el sector se apreciaba además unos vinos y licores llamados “El abrevadero” y más hacia el norte, estaban dos peluquerías, una era la de don Triny; también un hotel muy conocido, el taller de pintura de don Armando y el gimnasio Rodrigo M. Quevedo donde los famosos Dorados de Chihuahua durante muchos años, serían campeones nacionales en básquetbol e incluso, llegarían a ganarle un juego a los entonces invencibles “Harlem Globetrotters”.

Más al norte a unos cuantos pasos del gimnasio nos topamos con la emblemática Plaza Hidalgo, que muchos coloquialmente la habrían de bautizar como “la borrachita”, porque siempre se encuentra “tomada” por manifestantes que le vienen a gritar sus verdades al gobierno en turno. Frente de este hermoso lugar, se encontraba otro bello símbolo de la urbe chihuahuense, que ya sabemos que desapreció en 1955 por culpa de un loco piro maniático que sin medir consecuencias, lo quemaría sin remedio a este viejo y enorme edificio.

En sus alrededores, existía el sitio de autos No. 94; en uno de sus costados y me refiero al teatro, estaba el Boliche Chihuahua y unos villares que era el lugar de esparcimiento de mucha gente, sobre todo los fines de semana; además, de las oficinas de los autobuses Flecha Roja que hoy en día ya ni las piedras existen de aquella época llena de vida y encanto. Por la 11 y Allende, caminado por la avenida Vicente Guerrero y Séptima, se encontraba el Sanatorio Moderno del doctor Aranda, además de la estación de autobuses “Chihuahuenses” donde además se observaba hermosas quintas que habían sido construidas por gente pudiente, así mismo, por la Coronado y Vicente Guerreo existía la planchaduría “Regis” de la familia Porras, la cual ofrecía un excelente servicio y hacia competencia con la llamada tintorería “Taylor” y por la misma calle, estaba la imprenta Hidalgo que creo que aún existe y al lado un hotel que se llamó “Casa Blanca” con una florería contigua y con su tan famoso y popular que decía: “Dígalo con flores”.

“Alrededor del sector entre las calles Escorza y Allende, se encontraba la Escuela Normal del Estado, el Instituto Científico y Literario y frente a este el Palacio de Gobierno, atrás, el que era el correo o Palacio Federal. De la Coronado y Calle 11 al sur como 500 metros estaba el cerro Santa Rosa que algunos también le llamarían el cerro de “La Cruz”, ya que en la cima de esta mole se encontraba una cruz muy grande, donde los creyentes católicos bailaban junto con los matachines del buen Macario. Para nosotros los chamacos, era una verdadera aventura poder ir, pues por sí solos no nos daban permiso nuestros papás debido a nuestra corta edad de 7 y 11 años, así es que nos íbamos de vagos sin permiso hacia el cerro que no se encontraba habitado y mucha gente decía que en sus alrededores había muchas víboras, sin embargo, yo nunca vi ninguna, lo que sí, había muchas liebres y conejos las cuales, las perseguíamos para cazarlas con una buenas resorteras y no se diga yo era campeón tirando con ella. De ahí caminábamos hacia el otro lado del cerro Santa Rosa hasta un paraje que le llamaban “El arroyo de agua” y ahí se veía una llanura inmensa, sin embargo esa llanura ya no existe, pues toda ha sido ocupada por barrios y colonias como San Rafael, Independencia y las Lealtades.

“De nueva cuenta nos devolvimos hacia el otro lado del cerro, mirando a la ciudad de Chihuahua y a nuestra querida vecindad, con calles pavimentadas y escuelas primarias y secundarias por la calle 11; también como medio kilómetro, se encontraba el río Chuvíscar que hoy ya se encuentra canalizado desde la época de don Teófilo Borunda. Pero en mis tiempos, era un río con agua limpia y en verano con mucha agua y calor, por lo que nos íbamos de pinta de la escuela todos nuestros amigo por la tarde para nadar.

Bajamos por la Once hasta el río, de ahí al puente del Santo Niño que era de fierro el cual, se le llamaba el Puente Rojo y otros que era del ferrocarril el llamado “Puente Negro” que colindaba con el barrio de la Industrial. Sólo que por este puente (el Rojo) pasaban los carros y la gente, el único medio para pasar el río. Por debajo del mismo, se juntaba mucha gente y en algunos sectores estaba muy hondo. Los jóvenes más grandes que sabían nadar, se tiraban clavados de lo alto del puente a 5 u 8 metros de altura y los más “morritos” de la orilla. Se me olvidaba decir, que la mayoría de los más chicos como no teníamos traje de baño, nos metíamos al agua como Dios nos trajo a este mundo y como dicen “Tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe”. Un día nos pasó algo chusco, una tarde fuimos a la escuela y de camino nos dimos media vuelta como en el ejército y nos fuimos de pinta al río Chuvíscar, éramos como seis o siete muchachos que vivíamos en la misma vecindad; toda la tarde jugamos dentro del agua y cuando uno de los muchachos se percató que era tarde, nos alertó de la hora. Le gritamos: “¡Ya vámonos!”.

Al salir del agua, nos dimos una verdadera sorpresa, la ropa no estaba donde la habíamos dejado ni siquiera los zapatos. La buscamos por todas partes y nada, nos la habían robado otros muchachos vagos igual que nosotros y ahora nos preguntábamos ¿qué vamos hacer? Unos lloramos, ya que sentíamos que nos iban pegar en la casa. Se los había dicho el más grande ¿Cómo nos vamos a ir a la casa?, teníamos que esperar a que se hiciera noche, dijo uno y nos fuimos por el río entre las jarillas hasta llegar a la altura de la calle 11 y río Chuvíscar. Cuando llegó por fin la noche y como si estuviéramos de acuerdo, todos a tiempo salimos corriendo hasta la casa, atravesamos la avenida del Árbol hoy Niños Héroes, la Juárez, Libertad, Aldama, la Plaza Hidalgo y Allende hasta la Degollado y por fin a la vecindad, donde entramos volando y finalmente las consecuencias de nuestros actos, recibimos una buena “tunda” y junto a un castigo de cuatro días. Pero cuando pasó el castigo, volvimos al río pero uno se quedaba cuidando la ropa para evitar se repitiera lo sucedido días atrás. Eran tiempos hermosos, sin duda ya no se repetirán nunca más.

“El Anecdotario de mí Tío don Ramón”, forma parte de los archivos perdidos de las Crónicas Urbanas. Si usted tiene información que quiera compartir para esta sección y si desea también adquirir los libros: “Los Archivos perdidos de las Crónicas Urbanas”, Tomo I, II y III, puede llamar al celular 614 148 85 03 y con gusto se lo llevamos a domicilio o bien adquiéralo en la librería Kosmos, localizada en la calle Josué Neri Santos No. 111 o en La Luz del Día, Calle Blas Cano De Los Ríos 401, San Felipe I Etapa.

Fuentes

Archivo Histórico de la Ciudad de Chihuahua.

Profesor Rubén Beltrán Acosta, Cronista de la ciudad de Chihuahua.

Fotos: México en Fotos, El Heraldo de Chihuahua, INAH y Crónicas Urbanas.

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