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Crónicas Rancheras IV

Al despunte del alba, en la sala del “Gran Hotel Colón” de Madrid, dolor de cabeza y revoltura de estómago de por medio, los guías de la Agencia Española conductora del “tour” sigilosamente escogen y se disputan el reparto de los turistas.

Dos largos camiones de cómodos asientos reclinables, con aire, calefacción y video aguardan en el estacionamiento del edificio. Setenta viajeros han sido depurados o apartados al igual que en el rancho corto, a través de un chutis, el ganado preñado, del horror.

Mitad del pasaje en un camión u mitad en otro, bajo la supervisión y mando de sendos guías de turistas. Rocío, nuestra guía delgaducha, avispa, de ojos inquietos y salidos ligeramente de sus cuencas, selecciona para “su camión” sólo matrimonios, con excepción de algunas personas libres del famoso lazo, entre quienes se encuentra una Brasileña, un ingeniero llamado Gonzalo Pérez del estado de Guerrero, Martín Bustillo Ruiz de sonora y el que esto escribe quye aunque soy casado Rocío lo ignora.

Acomodadas la maletas en la panza del camión (y ni un cabrón alka-zeltzer) y grabadas en la mente las instrucciones de Rocío, entre las que destacan el abstenerse de orina hasta las respectivas “paradas técnicas”, partimos de Madrid y enfilamos rumbo al norte, por Astilla la Vieja.

Treinta y cinco turistas, ávidos de aventura por el viejo continente, tripas en erupción, pegamos las narices y taladraos con los ojos las ahumadas ventanas del Autocar para devorar el pasaje. Pero ni una “mendiga” aspirina para mi sufrida panza. Los vinos de anoche –a dos por uno- debieron ser más corrientes que sotol de Coyame en el desierto chihuahuense.

Anoto en mi libreta “…Ambos lados de la autopista el terreno se ondula como un oleaje de mar…” “¡Si cómo no!”. Lo que se ondulan es mi triperío, con eructos de vino rancio.

A las nueves de la mañana, sin detenernos, pasamos por las orillas de Burgos y avistamos, a lo lejos su catedral. Su recuerdo es tan vago y veloz como el hojeo de mi libreta.

Castilla, la Vieja, o Vieja Castilla, con su marea terrestre de dunas rojas y amarillas, ha quedado atrás. Ascendemos el país de los vascos. El panorama se cubre con abetos y pinos.

Aumenta la riqueza española. Los pueblitos enclavados en las estribaciones con sus tejados rojos, aparecen recién llovidos.

Bertiña Matao, la Brasileña dejada de la mano de Dios y también de su marido que en paz descanse, platica con Gonzalo, el Guerrerense, alto, cobrizo, pelo negro y abundante. Ignoro como se entienden. Bertiña sólo habla el portugués y Gonzalo cantinflea el español. Pero algo conversan pues la risa de Gonzalo estremece el camión.

-¿Qué si soy mexicano…? ¡Aguelita de Batman! – Le responde el mexicano a la extranjera.

-¿Qué si soy casado? ¡Nel… Pastel! – vuelve a contestar Gonzalo Pérez. La Brasileña intenta imitar la risa de Gonzalo, al tiempo que voltea hacia nosotros como pidiendo auxilio.

Ben Masso es un Colombiano radicado en el Bronx der Nueva York. Corpulento, rubio y entre calvo viaja con su esposa, su hija Alejandra, de once años y sus compadres y paisanos Juan Estrada y María Asunta de sesenta y tantos años.

Carlos Montinelli y su bella esposa Karla ocupan el último asiento, pues a Carlos Argentino de cepa y acento “a la italiana” le da por fumar habanos. Y al clausurar las ventanillas del camión inunda a los viajeros con su pestilencia.

Junto a mi asiento viene Martín Bustillo Ruíz, oriundo y radicado en Hermosillo, Sonora, de 38 años, blanco, barbado y atlético.

El colombiano Ben charla sobre México, alaba su músico, José Alfredo Jiménez, Lara, Cuco Sánchez, pero afirma que debemos diversificar nuestra economía. No depender solo del petroleó.

Al escuchar esto Gonzalo desde un siento adelante replica: “¡México es más ‘fregón’ que Colombia!… Un baboso completo, este Gonzalito.

Rebasamos como bólidos, el puerto de San Sebastián y logramos apenas distinguir a lo lejos al sur del puerto una torre muy famosa, no sé por qué, ni para qué. En tres horas llegamos a la frontera con Francia. A la derecha, los Pirineos, cerco natural de dos países.

El inicio por Francia parece igual a la orilla norte de España, sólo que las construcciones de los pueblos cambian. Es como la orilla divisora de mi rancho, algo pobretón, con la del rancho de mi vecino el ingeniero Ruiz, algo ricachón. O de Ciudad Juárez, en México, con El Paso, Texas.

Las cosas pueblerinas de ambas fronteras contienen formas parecidas. Sin embargo las francesas como que están recién pintadas, más cuidadas. Al momento de observar estas diferencias interviene Rocío, nuestra guía española para advertirnos micrófono en mano:

“El país Gallo ha sido el eterno enemigo del pueblo español. Conoceremos una Francia pletórica de riqueza agrícola debido a la naturaleza… mientras la mayor parte del territorio español es árido y seco, el de Francia es plano, como una mesa de billar, regado por cantidad de caudalosos ríos”.

Resulta que este país es un autético vergel.

Las eras geológicas les perdonaron grietas, montículos y cañadas… sólo esplendor y frescura. Con excepción, claro, de estos pirineos y algunas montañas escarpadas, como la cadena del Jura, donde registran historia varios castillos medievales.

“¡Lástima que hay franceses!”, remata Rocío.

Fatigadas y malacarientos a las siete de la tarde llegamos a Burdeos vadeando el Río Garona que junto con el Giralda forman un estuario a 96 kilómetros del Atlántico.

Para dirigirnos al hotel, rumbo al norte, cruzamos esta antigua ciudad, como salida de un cuento de brujas, con sus casonas señoriales, altas, de cantera y techos rojos, angostas calles y puentes de piedra.

Famosa por sus vinos y su catedral gótica, Burdeos es cuna de Carle Vernet, pintor de tradición familiar en todo el país. A partir de sus tatarabuelos allá por el siglo XV hasta sus bisnietos, en el siglo XVIII, todos han sido famosos pintores.

También en Chihuahua hay oficios que se heredan de generación tras generación. Sólo que mientras en Francia heredan el arte de la pintura, la música y  otras lindeces que nos dejan con la boca abierta, acá se hereda la tarea generacional de cuidar chivas, vacas, borregos, muchos burros y uno que otro cabrón, guardadas las debidas distancias.

Instalados en el hotel y una vez que Gonzalo cargó con sus maletas y las de la Brasileña, nos dispusimos a cenar papas, ejotes y carne que jamás me enteré si fue de pescado, res, puerco, tejón o gato.

Nada diferente a las cenas del vaquero Juan en el rancho. Sólo que allá si se sabe que cuando Juanito come carne o es de ardillon trampeado en los cercos de piedra o es de algún animal de mi vecino el ingeniero Ruiz, extraviado en mis dominios.

Eso sí, al vaquero nunca le falta ni le faltaran las tortillas “coyotas” de maíz, ni frijoles plagados de gorgojo. Contienen mucha proteína, dicen.

 

 

 

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