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De ausencias y cronopios

  • Redacción El Sol de México
  • en Cultura

“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas…”

El anterior párrafo es parte del poema que viene en el capítulo 7 de la novela “Rayuela”, de Julio Cortázar, que tú te sabías de memoria y que me recitabas mientras acariciabas mis labios y después hacíamos “el cíclope” como decía el escrito y en ese momento utilizábamos las manos… yo atrayendo tu rostro y pegándolo a mi frente, a la vez que tú hacías lo mismo con el mío y entonces éramos bicéfalos infinitos.

Años más tarde separamos nuestros cuerpos, no solo en lo físico, sino cuando ya no había poesía que nos inspirara recrear juntos, pero me dejaste la afición de seguir a Cortázar. Me diste algunos libros de él. Fueron sus cuentos los que preferí tatuar en mi memoria. Tengo muy presente el que se titulaba “Queremos tanto a Glenda”… No recuerdo cómo se llamaba uno de un hombre que había comprado un “pull over” y cuando trataba de ponérselo todo le ocurría. Eran como 20 páginas en las que este sujeto libraba una verdadera pelea a muerte con la prenda de lana. Ahí supe de mi atracción por quienes se les da la terquedad y las obsesiones, como tú comprenderás.

“El Perseguidor” sobre Charlie Parker me marcó de por vida, porque ahora que ha pasado el tiempo me ha hecho apreciar el jazz, la música que a ti te gusta y también ser una devota incondicional de los señores Miles, Marsalis, de John Coltrane… y en la búsqueda de los maestros del “sincopado”, supe quién demonios son: Thelonious Monk y “Dizzy” Gillespie. De las historias de don Julio, de quien por cierto este 12 de febrero se conmemoran 33 años de su fallecimiento, sí tengo presente relatos que provienen del libro “Bestiario” que también me causaron gran hilaridad como: “Carta a una señorita en París”, acerca de aquella mujer que expulsaba conejitos por la boca.

Pero sin duda, el cuento del “Ómnibus”, que también viene en ese libro, es mi favorito, y lo adapté a lo que a mí me provoca, aunque se dice que es una fuerte crítica a la sociedad masificada que margina a todo aquello que le es diferente “es decir, lo otro”, y asimismo a la necesidad del individuo de sentirse aceptado y reconocido.

La historia habla de una joven que se sube a un bus y empieza a ser discriminada por no tener flores como el resto de los pasajeros que van a un panteón…, pero una de las reflexiones que más me llegó de este texto, es la que dice que ir en el asiento de la ventana, te da una sensación de libertad. De eso me acuerdo cada vez que voy en el transporte público y estoy de lado de la calle a través del cristal… emoción que se sublima si llueve, y en ese instante me vuelvo a unir a ti en un fragmento poético y te tocó con la mente. Solo eso y nada más…

(Retomado de la columna “Pecado Capital” de Carmen Sánchez)