/ domingo 10 de febrero de 2019

Anécdotas de un Revolucionario y los Entierros Villistas

Crónicas Urbanas

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com


(Primera parte de dos)



“En esta ocasión tengo la oportunidad de compartirles algunas anécdotas de mi abuelo y mi padre Leucadio y Pánfilo,respectivamente y remontándome en aquellos años “mozos” de su juventud y antes de comenzar, quiero agradecer a El Heraldo de Chihuahua a través de Crónicas Urbanas, la oportunidad para expresarles algunos puntos de vista, vivencias que han quedado guardadas en mi mente y corazón contadas por mi querido abuelito y mi padre”. Así, lo manifestaba don Francisco Colomo Díaz al abrirme las puertas de su casa para hablar de esos muy importantes eventos de la vida de don Leucadio y Pánfilo vividos a principios del siglo XX y en medio de la Revolución Mexicana donde el segundo supo hacerse a los balazos en una lucha en contra de la opresión y la misteriosa idea de enterrar el dinero y los objetos de valor.


Cuenta don Pancho: “Mi abuelo fue hijo de un peón que vivía en las Quintas Carolinas que estaban en los linderos de la ciudad de Chihuahua, por ello su vida transcurría en el diario trajinar en compañía de su padre Aurelio y su madre Anastacia y de sus hermanos que juntos formaban una familia muy feliz, trabajando en dicha quinta. Sin embargo, el capataz de mi abuelo le rentaría unas tierras por varios años y de esa cosecha se beneficiaba la familia y serviría de sustento para el año, sin embargo, tenía que entregar el 50% de la cosecha al patrón y además, pagar las cuentas que siempre había entre él y los medieros.Mi abuelo pensaba que toda esta situación era el resultado simplemente de ser pobres y de la enorme injusticia que existía, además de todo esto, dentro de la quinta existía la tienda de raya que vendía ropa, comida y todas las cosas que hacían la vida llevadera. Muchos esperaban el levantamiento de la cosecha para liberar los créditos que hacían falta; mis tíos trabajaban para el patrón y mis tías le ayudaba en los quehaceres a mi abuela esto ocurría allá por los años de 1908 y 1909.


MUCHAS HISTORIAS


“Mi abuelo con sus siempre mostachos y muy puntiagudos, con ideas de antes tenía una férrea disciplina para con sus hijos, esto no quería decir que era impositiva sino que estaba basada en esa clásica intolerancia paternal de que no se discutieran las órdenes dadas por él. Pocas veces les daba de “manasos” a sus hijos por no hacer tal cosa, sin embargo, había una “cuarta” de caballo colgada, lista y en espera de traseros que sacudir. Por supuesto que todos conocían sus caricias pero aun así todos adoraban al abuelo. Era común además en aquella época, que la gente fuera a los tianguis y mi abuela y mis tías visitaban a la hilera de vendedores que llegaban a ofrecer mil “chucherías” al centro de la ciudad, principalmente en la Plaza Merino y el mercado La Reforma que para 1910 estaba relativamente nuevo. A mi papá, cuando tenía 10 años le gustaba que le compraran carritos y otros que los hacían con pedazos de madera y a punta de cuchillo y navaja les quedaban muy padres. Para completar el carrito, utilizaban las fichas para hacer las ruedas y las latas de sardina se destinaban para hacer lujosos carros que los entretenían por horas y horas.


La quinta


“De niño mi papá iba seguido a nadar al río Sacramento cercano a la Quinta Carolina que era la delicia de todos los chicos del lugar, ya que eran tan pocas las distracciones, inclusive en tiempos de que los árboles se cargaban de fruta, el deporte favorito era robarlas, comerlas y en ocasiones se las “hartaban” verdes, ni modo de llevarlas a casa sin exponerse a una “cueriza” de mi abuelo. Lo que me gustaba de él es que hablaba y contaba sus anécdotas “salpicadas” de ingenios comentarios que eran una delicia escucharlos, de una vida que para nosotros parecía simplemente sólo un cuento de su imaginación así llegaría el cuento del oculto tesoro. Mis tíos y los vecinos de los ranchos cercanos ya en la mera revolución. fueron levantados por la “leva” que no perdonaba a nadie. Mi papá y mis tíos fueron enviados con quién sabe qué general donde les tocó juntos y más adelante supieron que se apellidaba Ozuna, que los trataba más o menos bien quién les enseñó a manejar el rifle, bueno mejor dicho la carabina 30-30, un arma cortita que a mí papá le parecía de mentiras, sólo cuando lo vio “polvear” sus balas después de acordarse del fuerte “culatazo” que había recibido en el brazo y cuerpo la primer vez, empezó a tenerle respeto, más cuándo ellos dependían de ella para vivir y algo muy curioso es qué no le cabía que tuviera el nombre de mujer, así que le nombró “Panchito” en vez de carabina.


“Mipadre no sabía lo que eran los plomazos de verdad y afortunadamente todavía la guerra estaba muy lejos de ellos, algo muy distante, sin embargo, resultó que un día los llamó el sargento a filas comunicándoles que tendrían que salir en patrullas de reconocimiento y en eso, se preguntaban qué significa hacer eso. Así que se fueron de patrulla junto con otros muchachos al mando de un sargento. De ahí en adelante, empezaron a saber lo que era caminar a “calzón quitado” como decían los rancheros. Anduvieron rumbeando en una franja a decir el sargento de sólo tantos grados y como no vieron más que arrieros, se regresaron y el sargento rindió informe de “sin novedad”. A mi padre y al resto de la patrulla les dieron dos días libres sin madrugar ni asistir a entrenamientos. Después de esto, les empezaron a enseñar a andar a caballo aunque mi papá ya sabía, pero en los balazos era diferente y como no había suficientes caballos, solo presentaban los que tenían y les decían que en la próxima campaña les darían a todos,


DE LA QUINTA


“Hasta aquí, la guerra, la pelotera o la “refriega” como le decían algunos soldados que ya habían entrado a combate y de ellos empezaron a conocer muchas palabras que en ocasiones no entendían, pero que se escuchaban diferentes en los labios de otros compañeros. Mi papá procuraba decirlas ante sus cuates que igual que él, tampoco las conocían y así, logró tener más respeto porque conoció más y sabía más. Él, durante todas las noches dormía con su “Panchito” (carabina), abrazándola siempre, limpia y lista para disparar ya que siempre tuvo ansias de hacerlo. Cuando se llegaban los días de “la raya”, los formaban a todos a unos les daban maíz y frijol, piloncillo y a veces azúcar, sal y en total, comida. Muchos soldados llevaban en la tropa a sus familias y a mi padre y otros compañeros como iban solos, les daban algunos cuántos reales para comprar comida, lavar ropa y jabón para el baño. Mi padre con sus ahorritos se pudo comprar una pistola 30-40, un pistolón que al cargarla en la cintura lo cansaba mucho, por lo que le consiguió una funda de montado y así la colgaba desde el hombro lo que parecía de la montada del país norteño de Canadá.


“Llegó la fecha esperada para la mayoría, tocaron a reunión, mi papá conocía los toques principales: reunión, ataque, retroceder y firmes. El día 25 de marzo de 1913, se les había informado que había órdenes de atacar una hacienda de un enemigo de la libertad y de los campesinos, por lo que salieron marchando en largas columnas; a muchos, los llevaron sin rifle, simplemente con machetes porque no había suficientes. Así era la cosa, pues ahí iban caminando y caminando junto a una dotación de balas que les habían dado a cada uno que traían carabina y en esa marcha algunos compañeros de mi papá que iban junto a él le expresaban: “Abusado mi chavo, no se vaya a rajar cuando empiecen los cocolazos”. Mi padre respondió: “Sí hombre, ya verán que les voy a poner la muestra a todos”. Sin duda que en su interior tenía mucho “pis pis” y la verdad, discretamente se santiguaba y trataba de rezar aunque la verdad no se acordaba de ninguna oración ¿Me lo creen? En eso se escuchó el clarín para reunión y ya concentrados les dijeron que hacer en las líneas de batalla, largas filas con villistas mal armados pero con un corazón a prueba de balas. Ni tanto, ni tanto, las balas si mataban. Luego la caballería detrás de nosotros donde se emplazaron cañones chaparritos y todo era un correr para acá y para allá; órdenes dictadas a todo pulmón y de pronto el clarín: ¡Ataquen, ahí te vamos! Mi padre no tiraba de su carabina por ir viendo lo que podría pasar, pues no observaba nada al frente y de pronto empezó un “traqueteo”. De repente un compañero le preguntó a mi papá: “¿qué es eso compa?” Respondió mi papá: “No seas güey, pues es una ametralladora, ¡abajo! porque nos quiebran”. Mi padre estaba pegado al suelo cubriéndose con los brazos la polvareda que se levantaba con el fin de que sus ojos no se le opacaran. ¡Arriba, arriba!, ya quitaron la ametralladora, ¡ataquen, ataquen!


LA REVOLUCIÓN


“De pronto observó mi papá a los enemigos en una línea tirados pecho a tierra y otro detrás de algunos montículos en el suelo donde pasaban “chin, chan, chin”, silbaban algunas balas que parecían un baile sólo que sin llevar ningún compás. En eso “Panchito”, la carabina de mi padre, empezó a tronar: “Paz, paz, paz” y que ve de repente a un federal que defendía la hacienda el cual, me miraba con tamaños ojotes y creo que también estaba muerto de miedo como mi padre, porque luego ya si estaba de plano muerto ya que “Panchito” había tronado el cuerpo del iluso federal de donde brotó un chorro de sangre y el pobre cayó de espaldas. Fue mi padre a revisarlo por si no estaba muerto con el fin de ayudarlo a bien morir, pero no fue necesario porque estaba bien frío el pobre; sus ojos aún miraban a mi padre, por lo que se los cerró, poniéndose a llorar. Había quebrado a su primer pelón. El bautizo surtió su efecto y esto le permitió a mi padre ser más aguerrido y así logró escalar algunos puestos hasta alcanzar el de sargento. Para entonces ya tenía 23 años de edad y ya se había casado con una jovencita que lo quería a toda ley y ya para entonces, le habían dado un caballo muy “pajarero” el condenado, ya que entendía el clarín mejor que él y sabía por dónde correr al ataque y al resguardo. Él lo quería mucho pero lo más triste es que se lo quebraron en la toma de Zacatecas cuando Francisco Villa entró con su División del Norte…Esta historia continuará.



Por: Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com


(Primera parte de dos)



“En esta ocasión tengo la oportunidad de compartirles algunas anécdotas de mi abuelo y mi padre Leucadio y Pánfilo,respectivamente y remontándome en aquellos años “mozos” de su juventud y antes de comenzar, quiero agradecer a El Heraldo de Chihuahua a través de Crónicas Urbanas, la oportunidad para expresarles algunos puntos de vista, vivencias que han quedado guardadas en mi mente y corazón contadas por mi querido abuelito y mi padre”. Así, lo manifestaba don Francisco Colomo Díaz al abrirme las puertas de su casa para hablar de esos muy importantes eventos de la vida de don Leucadio y Pánfilo vividos a principios del siglo XX y en medio de la Revolución Mexicana donde el segundo supo hacerse a los balazos en una lucha en contra de la opresión y la misteriosa idea de enterrar el dinero y los objetos de valor.


Cuenta don Pancho: “Mi abuelo fue hijo de un peón que vivía en las Quintas Carolinas que estaban en los linderos de la ciudad de Chihuahua, por ello su vida transcurría en el diario trajinar en compañía de su padre Aurelio y su madre Anastacia y de sus hermanos que juntos formaban una familia muy feliz, trabajando en dicha quinta. Sin embargo, el capataz de mi abuelo le rentaría unas tierras por varios años y de esa cosecha se beneficiaba la familia y serviría de sustento para el año, sin embargo, tenía que entregar el 50% de la cosecha al patrón y además, pagar las cuentas que siempre había entre él y los medieros.Mi abuelo pensaba que toda esta situación era el resultado simplemente de ser pobres y de la enorme injusticia que existía, además de todo esto, dentro de la quinta existía la tienda de raya que vendía ropa, comida y todas las cosas que hacían la vida llevadera. Muchos esperaban el levantamiento de la cosecha para liberar los créditos que hacían falta; mis tíos trabajaban para el patrón y mis tías le ayudaba en los quehaceres a mi abuela esto ocurría allá por los años de 1908 y 1909.


MUCHAS HISTORIAS


“Mi abuelo con sus siempre mostachos y muy puntiagudos, con ideas de antes tenía una férrea disciplina para con sus hijos, esto no quería decir que era impositiva sino que estaba basada en esa clásica intolerancia paternal de que no se discutieran las órdenes dadas por él. Pocas veces les daba de “manasos” a sus hijos por no hacer tal cosa, sin embargo, había una “cuarta” de caballo colgada, lista y en espera de traseros que sacudir. Por supuesto que todos conocían sus caricias pero aun así todos adoraban al abuelo. Era común además en aquella época, que la gente fuera a los tianguis y mi abuela y mis tías visitaban a la hilera de vendedores que llegaban a ofrecer mil “chucherías” al centro de la ciudad, principalmente en la Plaza Merino y el mercado La Reforma que para 1910 estaba relativamente nuevo. A mi papá, cuando tenía 10 años le gustaba que le compraran carritos y otros que los hacían con pedazos de madera y a punta de cuchillo y navaja les quedaban muy padres. Para completar el carrito, utilizaban las fichas para hacer las ruedas y las latas de sardina se destinaban para hacer lujosos carros que los entretenían por horas y horas.


La quinta


“De niño mi papá iba seguido a nadar al río Sacramento cercano a la Quinta Carolina que era la delicia de todos los chicos del lugar, ya que eran tan pocas las distracciones, inclusive en tiempos de que los árboles se cargaban de fruta, el deporte favorito era robarlas, comerlas y en ocasiones se las “hartaban” verdes, ni modo de llevarlas a casa sin exponerse a una “cueriza” de mi abuelo. Lo que me gustaba de él es que hablaba y contaba sus anécdotas “salpicadas” de ingenios comentarios que eran una delicia escucharlos, de una vida que para nosotros parecía simplemente sólo un cuento de su imaginación así llegaría el cuento del oculto tesoro. Mis tíos y los vecinos de los ranchos cercanos ya en la mera revolución. fueron levantados por la “leva” que no perdonaba a nadie. Mi papá y mis tíos fueron enviados con quién sabe qué general donde les tocó juntos y más adelante supieron que se apellidaba Ozuna, que los trataba más o menos bien quién les enseñó a manejar el rifle, bueno mejor dicho la carabina 30-30, un arma cortita que a mí papá le parecía de mentiras, sólo cuando lo vio “polvear” sus balas después de acordarse del fuerte “culatazo” que había recibido en el brazo y cuerpo la primer vez, empezó a tenerle respeto, más cuándo ellos dependían de ella para vivir y algo muy curioso es qué no le cabía que tuviera el nombre de mujer, así que le nombró “Panchito” en vez de carabina.


“Mipadre no sabía lo que eran los plomazos de verdad y afortunadamente todavía la guerra estaba muy lejos de ellos, algo muy distante, sin embargo, resultó que un día los llamó el sargento a filas comunicándoles que tendrían que salir en patrullas de reconocimiento y en eso, se preguntaban qué significa hacer eso. Así que se fueron de patrulla junto con otros muchachos al mando de un sargento. De ahí en adelante, empezaron a saber lo que era caminar a “calzón quitado” como decían los rancheros. Anduvieron rumbeando en una franja a decir el sargento de sólo tantos grados y como no vieron más que arrieros, se regresaron y el sargento rindió informe de “sin novedad”. A mi padre y al resto de la patrulla les dieron dos días libres sin madrugar ni asistir a entrenamientos. Después de esto, les empezaron a enseñar a andar a caballo aunque mi papá ya sabía, pero en los balazos era diferente y como no había suficientes caballos, solo presentaban los que tenían y les decían que en la próxima campaña les darían a todos,


DE LA QUINTA


“Hasta aquí, la guerra, la pelotera o la “refriega” como le decían algunos soldados que ya habían entrado a combate y de ellos empezaron a conocer muchas palabras que en ocasiones no entendían, pero que se escuchaban diferentes en los labios de otros compañeros. Mi papá procuraba decirlas ante sus cuates que igual que él, tampoco las conocían y así, logró tener más respeto porque conoció más y sabía más. Él, durante todas las noches dormía con su “Panchito” (carabina), abrazándola siempre, limpia y lista para disparar ya que siempre tuvo ansias de hacerlo. Cuando se llegaban los días de “la raya”, los formaban a todos a unos les daban maíz y frijol, piloncillo y a veces azúcar, sal y en total, comida. Muchos soldados llevaban en la tropa a sus familias y a mi padre y otros compañeros como iban solos, les daban algunos cuántos reales para comprar comida, lavar ropa y jabón para el baño. Mi padre con sus ahorritos se pudo comprar una pistola 30-40, un pistolón que al cargarla en la cintura lo cansaba mucho, por lo que le consiguió una funda de montado y así la colgaba desde el hombro lo que parecía de la montada del país norteño de Canadá.


“Llegó la fecha esperada para la mayoría, tocaron a reunión, mi papá conocía los toques principales: reunión, ataque, retroceder y firmes. El día 25 de marzo de 1913, se les había informado que había órdenes de atacar una hacienda de un enemigo de la libertad y de los campesinos, por lo que salieron marchando en largas columnas; a muchos, los llevaron sin rifle, simplemente con machetes porque no había suficientes. Así era la cosa, pues ahí iban caminando y caminando junto a una dotación de balas que les habían dado a cada uno que traían carabina y en esa marcha algunos compañeros de mi papá que iban junto a él le expresaban: “Abusado mi chavo, no se vaya a rajar cuando empiecen los cocolazos”. Mi padre respondió: “Sí hombre, ya verán que les voy a poner la muestra a todos”. Sin duda que en su interior tenía mucho “pis pis” y la verdad, discretamente se santiguaba y trataba de rezar aunque la verdad no se acordaba de ninguna oración ¿Me lo creen? En eso se escuchó el clarín para reunión y ya concentrados les dijeron que hacer en las líneas de batalla, largas filas con villistas mal armados pero con un corazón a prueba de balas. Ni tanto, ni tanto, las balas si mataban. Luego la caballería detrás de nosotros donde se emplazaron cañones chaparritos y todo era un correr para acá y para allá; órdenes dictadas a todo pulmón y de pronto el clarín: ¡Ataquen, ahí te vamos! Mi padre no tiraba de su carabina por ir viendo lo que podría pasar, pues no observaba nada al frente y de pronto empezó un “traqueteo”. De repente un compañero le preguntó a mi papá: “¿qué es eso compa?” Respondió mi papá: “No seas güey, pues es una ametralladora, ¡abajo! porque nos quiebran”. Mi padre estaba pegado al suelo cubriéndose con los brazos la polvareda que se levantaba con el fin de que sus ojos no se le opacaran. ¡Arriba, arriba!, ya quitaron la ametralladora, ¡ataquen, ataquen!


LA REVOLUCIÓN


“De pronto observó mi papá a los enemigos en una línea tirados pecho a tierra y otro detrás de algunos montículos en el suelo donde pasaban “chin, chan, chin”, silbaban algunas balas que parecían un baile sólo que sin llevar ningún compás. En eso “Panchito”, la carabina de mi padre, empezó a tronar: “Paz, paz, paz” y que ve de repente a un federal que defendía la hacienda el cual, me miraba con tamaños ojotes y creo que también estaba muerto de miedo como mi padre, porque luego ya si estaba de plano muerto ya que “Panchito” había tronado el cuerpo del iluso federal de donde brotó un chorro de sangre y el pobre cayó de espaldas. Fue mi padre a revisarlo por si no estaba muerto con el fin de ayudarlo a bien morir, pero no fue necesario porque estaba bien frío el pobre; sus ojos aún miraban a mi padre, por lo que se los cerró, poniéndose a llorar. Había quebrado a su primer pelón. El bautizo surtió su efecto y esto le permitió a mi padre ser más aguerrido y así logró escalar algunos puestos hasta alcanzar el de sargento. Para entonces ya tenía 23 años de edad y ya se había casado con una jovencita que lo quería a toda ley y ya para entonces, le habían dado un caballo muy “pajarero” el condenado, ya que entendía el clarín mejor que él y sabía por dónde correr al ataque y al resguardo. Él lo quería mucho pero lo más triste es que se lo quebraron en la toma de Zacatecas cuando Francisco Villa entró con su División del Norte…Esta historia continuará.



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