/ jueves 13 de junio de 2019

Claman justicia en Meoqui

Ante el lamentable hecho de violencia del joven Norberto

“¡Norberto! ¡Norberto! ¡Justicia! ¡Justicia!”, clamaron la mañana de ayer al unísono los habitantes del municipio de Meoqui cuando recibieron los restos del joven Norberto Ronquillo Hernández, quien fuera secuestrado y victimado la noche del martes 4 de junio en la Ciudad de México, crimen que continuaba en la impunidad absoluta.

Convocados entre las 9:15 y las 9:30 horas, numerosos ciudadanos formaron una valla humana desde el cruce con las vías del ferrocarril, frente a una empresa refresquera, hasta el templo de San Pablo Apóstol.

A pesar de la hora temprana, el sol ya quemaba. Algunos de los manifestantes previeron esto y acudieron con sombrillas, gorras y sombreros, otros enfrentaron la furia del astro rey con un pañuelo blanco. Casi todos llevaron vestimenta de este color, como un reclamo de paz y justicia a las autoridades.

“Yo creí que íbamos a ver más gente”, comentó una señora al mirar la fila de personas en dirección norte.

“No, es que hay unos que van a las escuelas”, explicó otra vecina.

Dieron las 9:30 y no se veía llegar el cortejo fúnebre. Se agregaron más personas a la valla, en un acto pocas veces visto en Meoqui, donde la gente se unió solidaria por el dolor de la familia Ronquillo Hernández, una de las más conocidas y apreciadas de esta comunidad.

A las 9:35 horas una mujer avisó: “¡Ahí vienen!, ahora sí están levantando los pañuelos; ahora sí vienen”.

Y en efecto, a lo lejos se vio avanzar en la vanguardia del cortejo a una patrulla de Seguridad Pública Municipal. Detrás de ella venían la carroza blanca con los restos mortales de Norberto y una camioneta en la que se trasladaron familiares del joven.

En pocos minutos el contingente recorrió la calle Aldama hasta dar vuelta por la avenida Ignacio Zaragoza. Rodeó la plaza principal y arribó a las puertas del templo, donde otro grupo numeroso de personas vestidas de blanco aguardaba.

“¡Norberto! ¡Norberto! ¡Norberto!”, seguían gritando algunos ciudadanos.

“¡Shhhhh, shhhhh!, por favor, hay que respetar”, los calló una de las mujeres que sirven en la parroquia.

Levantando la urna con las cenizas de su hijo y con la aflicción en su rostro entró el padre de Norberto junto con Nore, la madre del joven, y un hermano de éste. El padre Homero González, párroco de San Pablo Apóstol, los recibió con un abrazo. Toda la gente se agolpó en el atrio y con dificultad ingresaron al templo, pues en esta ocasión la puerta resultó ser muy estrecha.

Al llegar frente al altar, la madre de Norberto no resistió más y se desmayó. Fue necesaria la intervención de paramédicos de la Cruz Roja para brindarle atención y reanimarla. Alguien dijo que la presión arterial se le bajó, tras muchos días de desvelos y de mal comer, de cansancio físico y emocional.

Saturada la iglesia de personas, varias veces se pidió a los congregantes desalojar los pasillos para evitar algún incidente. La exhortación cayó en oídos sordos y fue necesario que los elementos de Protección Civil y policías municipales metieran orden.

“El día de hoy nos congrega una situación que a todos nos hiere, que nos hiere como ciudad, que nos hiere como iglesia, que nos hiere como familia… presenciamos el dolor de una familia que ha perdido a un ser querido, inocente, que no debía ser arrebatada su vida de esa manera”, expresó en su sermón el padre Iván Grajeda, vicario de la parroquia.

“Podríamos empezar a culpar a todo mundo: el gobierno, la familia, la sociedad… pero quisiera centrarme en las palabras que usted dijo en la entrevista que le hicieron en la Ciudad de México, donde decía, primero, que perdonaba a estas personas, y los perdona de todo corazón. Eso es lo primero que nuestra grey nos indica: perdonar de corazón”, expresó el religioso al referirse a las declaraciones de la señora Norelia Hernández.

Momentos después, el padre Grajeda invocó la bendición de Dios sobre los feligreses ahí reunidos, a quienes recordó que “el cuerpo y las cenizas de nuestro hermano Norberto estarán aquí hasta las seis de la tarde, hasta la misa exequial”.

Posteriormente, invitó a los presentes a formarse para dar sus condolencias a los padres de Norberto, exhortándolos a evitar tocar la urna con los restos mortales, mientras que se rezaba el rosario y se ofrecía el primer misterio por las personas secuestradas, los niños que sufren, las madres de los desaparecidos.

Afuera del templo algunos de los asistentes comentaban sobre la manifestación que se programó a las 19:00 horas y en la cual retomarían el clamor de justicia.


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Convocados entre las 9:15 y las 9:30 horas, numerosos ciudadanos formaron una valla humana desde el cruce con las vías del ferrocarril, frente a una empresa refresquera, hasta el templo de San Pablo Apóstol.

A pesar de la hora temprana, el sol ya quemaba. Algunos de los manifestantes previeron esto y acudieron con sombrillas, gorras y sombreros, otros enfrentaron la furia del astro rey con un pañuelo blanco. Casi todos llevaron vestimenta de este color, como un reclamo de paz y justicia a las autoridades.

“Yo creí que íbamos a ver más gente”, comentó una señora al mirar la fila de personas en dirección norte.

“No, es que hay unos que van a las escuelas”, explicó otra vecina.

Dieron las 9:30 y no se veía llegar el cortejo fúnebre. Se agregaron más personas a la valla, en un acto pocas veces visto en Meoqui, donde la gente se unió solidaria por el dolor de la familia Ronquillo Hernández, una de las más conocidas y apreciadas de esta comunidad.

A las 9:35 horas una mujer avisó: “¡Ahí vienen!, ahora sí están levantando los pañuelos; ahora sí vienen”.

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En pocos minutos el contingente recorrió la calle Aldama hasta dar vuelta por la avenida Ignacio Zaragoza. Rodeó la plaza principal y arribó a las puertas del templo, donde otro grupo numeroso de personas vestidas de blanco aguardaba.

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“¡Shhhhh, shhhhh!, por favor, hay que respetar”, los calló una de las mujeres que sirven en la parroquia.

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Al llegar frente al altar, la madre de Norberto no resistió más y se desmayó. Fue necesaria la intervención de paramédicos de la Cruz Roja para brindarle atención y reanimarla. Alguien dijo que la presión arterial se le bajó, tras muchos días de desvelos y de mal comer, de cansancio físico y emocional.

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Momentos después, el padre Grajeda invocó la bendición de Dios sobre los feligreses ahí reunidos, a quienes recordó que “el cuerpo y las cenizas de nuestro hermano Norberto estarán aquí hasta las seis de la tarde, hasta la misa exequial”.

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