/ lunes 25 de noviembre de 2019

El inquilino del puente

Viviendo la libertad a su manera, Mario R., arrastra su vida en dos carritos de supermercado

Noviembre 19 de 2019. Son poco más de las 06:00 horas.

Es un día como cualquier otro de sus últimos cinco años. Mario R. abre sus ojos alertado por el ruido constante de los vehículos que pasan literalmente rozando su cabeza, se “desenrolla” de sus tres gruesas cobijas que una vez más le permitieron pasar otra noche “calientito”, en su cama de cemento y al amparo de un carrito de supermercado, hasta el tope de no sé cuántas cosas que él considera ya sus efectos personales.

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Comienza su odisea, una odisea que se repite día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año. Nada cambia, ni siquiera su ropa, ni su gorra, ni sus zapatos.

Mario R. se pone de pie sin mucho esfuerzo, sin reflejar los 57 años que dice tener; como es su costumbre, echa un vistazo rápido al lodoso lecho del río Chuvíscar, recoge, acomoda sus cobijas, las amarra a un costado de su carrito y ya está. A comenzar el día, en otro largo peregrinar como si de un condenado se tratase.

Un calvario propio de un Jesús pobre de la era moderna, en pleno Siglo 21 y que a cambio de una pesada cruz le han sido “prestados” dos carritos de supermercado para cargar, trasladar y sufrir todo el peso de su penitencia en una larga ruta: La ruta dorada de su miseria.

DERROCHE DE FUERZA

El “Güero”, que a falta de aseo ya luce rostro, cuello y brazos oscurecidos por capas y capas de suciedad, espera el momento para cruzar la calle “Teófilo Borunda”, debajo del puente de la avenida De la Juventud. Toma vuelo con su carrito por delante hasta donde se lo permita el pavimento plano, de una banqueta a otra, hasta alcanzar el cruce con la Ortiz Mena. Llega el momento de meter la doble tracción de sus piernas para retar el primer gran ascenso sobre la lateral del periférico De la Juventud, pasando por el Instituto “José David”. Un esfuerzo supremo digno de un “Iron Man” empujando su pequeño vehículo de cuatro rueditas con una carga que roza los 150 kilos.

Avanzando lento, pero seguro, la figura de Mario R. parece congelarse en el tiempo mientras todo a su alrededor es como un carrusel en movimiento perpetuo, girando a la velocidad del progreso.

Es apenas la punta del iceberg en su recorrido, ya que Mario debe caminar en un lapso de dos días, entre taco y taco, un poco de agua y dos noches “hospedado” en cualquier sitio, un tramo de aproximadamente 25 kilómetros.

ABRIÉNDOSE PASO ENTRE LA OPULENCIA

El tiempo y la experiencia le han dado fuerza y mañas ingeniosas para soportar esa caminata titánica. De subida, empuja de espaldas imprimiendo a fondo la fuerza de sus piernas; luego, de bajada, son sus brazos el soporte que detiene su carrito, valiéndose del cordón de la banqueta por aquello de una posible desbocada.

Siguiendo sobre la lateral, Mario deja atrás edificios, plazas y centros comerciales, fríos y ostentosos testimonios de la pujante modernidad.

El cruce con la avenida La Cantera es uno de sus puntos intermedios. De ahí, con dirección al Ortiz Mena. Increíble.

Han pasado casi siete horas desde su arrancada. En el Parque Extremo, Mario nos tiene una sorpresa, pues ha encontrado intacto su segundo “vehículo” igual de supercargado de cosas, otros casi 150 kilos, la otra mitad de su vida, dice, debidamente estacionado en un área de descanso porque eso sí, es respetuoso de las leyes viales.

Luego de revisar la carga de su segundo “mueble rodante”, Mario sigue su marcha 100 o 150 metros, lo estaciona y regresa por el otro y así, poco a poco, se va llevando los dos a su destino. Le faltan unos ocho kilómetros por recorrer.

Hace una pausa, pues llegó la hora de sus sagrados alimentos, su segunda comida del día, que será la última. Unos frijolitos de lata calentados en una pequeña fogata, con un par de tortillas duras de ayer, lo recargan de energía para seguir su viaje.

Por comida no se queja y agradece que en su diario transitar por esa ruta dorada revestida de opulencia, aún se cruce con gente sensible que valora la vida de otros extendiendo su mano solidaria, para darle lo que sea.

UN PASADO DOLOROSO

Mario tiene claros recuerdos de su pasado, desde que dejó su natal Santa María, California, donde vio la luz en 1962. Dice haber viajado a la capital mexicana en sus años mozos para encontrar un trabajo que casi le cuesta la vida en lo alto de un edificio.

Relata haber caído por el hueco de un elevador descompuesto, no recuerda cuántos pisos, pero sí el inmenso daño que eso le ocasionó, con fracturas que lo mantuvieron casi dos años sin poder caminar. Así que ahora y después de poco más de cinco años de haberse “alojado” en Chihuahua capital, se da vuelo en sus largas caminatas.

El resto de su ruta dorada continúa desde La Cantera hasta el Ortiz Mena, prosigue hasta la Politécnico, vira a la izquierda y baja hacia la Teófilo Borunda. Hasta ahí, lo más pesado. El resto es pan comido hasta volver a su punto de partida, bajo el puente del canal y Juventud. Pero a veces toma decisiones al momento como cuando le da por virar sobre la calle California, retomar la lateral De la Juventud y regresar a su segunda casa en La Cantera. Está de locos.

Su historia de todos los días. Nada nuevo y puras cosas viejas.

Cargado de latas de comida no perecedera, cinco o seis cobijas, un costal de ropa sucia en cada carrito para su cambio de cada semana y sin un jabón que le haga aparecer de nuevo el color original de su piel, Mario toma su baño allá cuando el río lleva agua más o menos limpia. Casi nunca.

UN “HOGAR” DISPERSO, A MERCED DE LA MALDAD Y DEL OLVIDO

Como dice, su vida es así y la justifica interpretando a su modo el artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que dice que toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un estado.

Por lo tanto, su casa es esta parte de la ciudad, tiene su “dormitorio” bajo el puente del cual es el inquilino que no paga renta, menos predial, ni luz, ni agua; tiene otro “depa” por el parque de Los Tronquitos. Su “baño privado” es cualquier lugar oculto donde no ofenda, su “estancia” donde lo agarre el cansancio, su “cocina” donde le entre el hambre y su “cochera” donde no estorbe.

Después de todo, Mario disfruta de sus derechos como persona, como ciudadano, su derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad (Artículo 3) aunque a nadie le desea su muy personal estilo de vida.

Y dice ser feliz viviendo esa libertad, su libertad en medio de la cual su principal diversión es caminar, caminar y caminar, aunque no está a salvo de los riesgos por vivir en la calle.

La policía no lo molesta, tampoco lo ignora, porque en algunas ocasiones incluso lo ha orientado y protegido.

Aunque más de una vez lo han robado. Cuenta cómo unos malandros le quitaron por la fuerza su viejo radio de pilas, lo despojaron de unas latas de comida y por no dejar lo patalearon mientras intentaba conciliar el sueño en su duro lecho de cemento.

Y quien lo dijera. Mario tiene seis hijos que viven en Delicias y a los que no ve desde hace “mucho rato”. Dice que ha tenido suerte cuando en lejanas ocasiones se lo han topado en un punto de su largo peregrinar. Sí… lo ven, lo saludan y se van.

NOCHE BUENA, NOCHE IGUAL

¿Su Navidad?.. Mario sabe cuándo es Navidad… y la disfruta sin recibir regalos, aunque nunca le falta su botella de brandy que algún buen samaritano le lleva para combatir sus fríos.

De la Navidad, le gusta ver esos grandes y lujosos fraccionamientos forrados de luces de colores, luces que iluminan su camino cuando de pronto lo envuelve la noche.

Y ahí viene… otra Navidad para todos, menos para él, menos para otros muchos como él. Otro año que se irá con más pena que gloria.

Mario seguirá siendo ese personaje que día a día va arrastrando su vida en dos carritos de supermercado, algo así como un migrante sin destino, preso de su pobreza, que disfruta a su manera de su propia libertad.

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Noviembre 19 de 2019. Son poco más de las 06:00 horas.

Es un día como cualquier otro de sus últimos cinco años. Mario R. abre sus ojos alertado por el ruido constante de los vehículos que pasan literalmente rozando su cabeza, se “desenrolla” de sus tres gruesas cobijas que una vez más le permitieron pasar otra noche “calientito”, en su cama de cemento y al amparo de un carrito de supermercado, hasta el tope de no sé cuántas cosas que él considera ya sus efectos personales.

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Comienza su odisea, una odisea que se repite día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año. Nada cambia, ni siquiera su ropa, ni su gorra, ni sus zapatos.

Mario R. se pone de pie sin mucho esfuerzo, sin reflejar los 57 años que dice tener; como es su costumbre, echa un vistazo rápido al lodoso lecho del río Chuvíscar, recoge, acomoda sus cobijas, las amarra a un costado de su carrito y ya está. A comenzar el día, en otro largo peregrinar como si de un condenado se tratase.

Un calvario propio de un Jesús pobre de la era moderna, en pleno Siglo 21 y que a cambio de una pesada cruz le han sido “prestados” dos carritos de supermercado para cargar, trasladar y sufrir todo el peso de su penitencia en una larga ruta: La ruta dorada de su miseria.

DERROCHE DE FUERZA

El “Güero”, que a falta de aseo ya luce rostro, cuello y brazos oscurecidos por capas y capas de suciedad, espera el momento para cruzar la calle “Teófilo Borunda”, debajo del puente de la avenida De la Juventud. Toma vuelo con su carrito por delante hasta donde se lo permita el pavimento plano, de una banqueta a otra, hasta alcanzar el cruce con la Ortiz Mena. Llega el momento de meter la doble tracción de sus piernas para retar el primer gran ascenso sobre la lateral del periférico De la Juventud, pasando por el Instituto “José David”. Un esfuerzo supremo digno de un “Iron Man” empujando su pequeño vehículo de cuatro rueditas con una carga que roza los 150 kilos.

Avanzando lento, pero seguro, la figura de Mario R. parece congelarse en el tiempo mientras todo a su alrededor es como un carrusel en movimiento perpetuo, girando a la velocidad del progreso.

Es apenas la punta del iceberg en su recorrido, ya que Mario debe caminar en un lapso de dos días, entre taco y taco, un poco de agua y dos noches “hospedado” en cualquier sitio, un tramo de aproximadamente 25 kilómetros.

ABRIÉNDOSE PASO ENTRE LA OPULENCIA

El tiempo y la experiencia le han dado fuerza y mañas ingeniosas para soportar esa caminata titánica. De subida, empuja de espaldas imprimiendo a fondo la fuerza de sus piernas; luego, de bajada, son sus brazos el soporte que detiene su carrito, valiéndose del cordón de la banqueta por aquello de una posible desbocada.

Siguiendo sobre la lateral, Mario deja atrás edificios, plazas y centros comerciales, fríos y ostentosos testimonios de la pujante modernidad.

El cruce con la avenida La Cantera es uno de sus puntos intermedios. De ahí, con dirección al Ortiz Mena. Increíble.

Han pasado casi siete horas desde su arrancada. En el Parque Extremo, Mario nos tiene una sorpresa, pues ha encontrado intacto su segundo “vehículo” igual de supercargado de cosas, otros casi 150 kilos, la otra mitad de su vida, dice, debidamente estacionado en un área de descanso porque eso sí, es respetuoso de las leyes viales.

Luego de revisar la carga de su segundo “mueble rodante”, Mario sigue su marcha 100 o 150 metros, lo estaciona y regresa por el otro y así, poco a poco, se va llevando los dos a su destino. Le faltan unos ocho kilómetros por recorrer.

Hace una pausa, pues llegó la hora de sus sagrados alimentos, su segunda comida del día, que será la última. Unos frijolitos de lata calentados en una pequeña fogata, con un par de tortillas duras de ayer, lo recargan de energía para seguir su viaje.

Por comida no se queja y agradece que en su diario transitar por esa ruta dorada revestida de opulencia, aún se cruce con gente sensible que valora la vida de otros extendiendo su mano solidaria, para darle lo que sea.

UN PASADO DOLOROSO

Mario tiene claros recuerdos de su pasado, desde que dejó su natal Santa María, California, donde vio la luz en 1962. Dice haber viajado a la capital mexicana en sus años mozos para encontrar un trabajo que casi le cuesta la vida en lo alto de un edificio.

Relata haber caído por el hueco de un elevador descompuesto, no recuerda cuántos pisos, pero sí el inmenso daño que eso le ocasionó, con fracturas que lo mantuvieron casi dos años sin poder caminar. Así que ahora y después de poco más de cinco años de haberse “alojado” en Chihuahua capital, se da vuelo en sus largas caminatas.

El resto de su ruta dorada continúa desde La Cantera hasta el Ortiz Mena, prosigue hasta la Politécnico, vira a la izquierda y baja hacia la Teófilo Borunda. Hasta ahí, lo más pesado. El resto es pan comido hasta volver a su punto de partida, bajo el puente del canal y Juventud. Pero a veces toma decisiones al momento como cuando le da por virar sobre la calle California, retomar la lateral De la Juventud y regresar a su segunda casa en La Cantera. Está de locos.

Su historia de todos los días. Nada nuevo y puras cosas viejas.

Cargado de latas de comida no perecedera, cinco o seis cobijas, un costal de ropa sucia en cada carrito para su cambio de cada semana y sin un jabón que le haga aparecer de nuevo el color original de su piel, Mario toma su baño allá cuando el río lleva agua más o menos limpia. Casi nunca.

UN “HOGAR” DISPERSO, A MERCED DE LA MALDAD Y DEL OLVIDO

Como dice, su vida es así y la justifica interpretando a su modo el artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que dice que toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un estado.

Por lo tanto, su casa es esta parte de la ciudad, tiene su “dormitorio” bajo el puente del cual es el inquilino que no paga renta, menos predial, ni luz, ni agua; tiene otro “depa” por el parque de Los Tronquitos. Su “baño privado” es cualquier lugar oculto donde no ofenda, su “estancia” donde lo agarre el cansancio, su “cocina” donde le entre el hambre y su “cochera” donde no estorbe.

Después de todo, Mario disfruta de sus derechos como persona, como ciudadano, su derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad (Artículo 3) aunque a nadie le desea su muy personal estilo de vida.

Y dice ser feliz viviendo esa libertad, su libertad en medio de la cual su principal diversión es caminar, caminar y caminar, aunque no está a salvo de los riesgos por vivir en la calle.

La policía no lo molesta, tampoco lo ignora, porque en algunas ocasiones incluso lo ha orientado y protegido.

Aunque más de una vez lo han robado. Cuenta cómo unos malandros le quitaron por la fuerza su viejo radio de pilas, lo despojaron de unas latas de comida y por no dejar lo patalearon mientras intentaba conciliar el sueño en su duro lecho de cemento.

Y quien lo dijera. Mario tiene seis hijos que viven en Delicias y a los que no ve desde hace “mucho rato”. Dice que ha tenido suerte cuando en lejanas ocasiones se lo han topado en un punto de su largo peregrinar. Sí… lo ven, lo saludan y se van.

NOCHE BUENA, NOCHE IGUAL

¿Su Navidad?.. Mario sabe cuándo es Navidad… y la disfruta sin recibir regalos, aunque nunca le falta su botella de brandy que algún buen samaritano le lleva para combatir sus fríos.

De la Navidad, le gusta ver esos grandes y lujosos fraccionamientos forrados de luces de colores, luces que iluminan su camino cuando de pronto lo envuelve la noche.

Y ahí viene… otra Navidad para todos, menos para él, menos para otros muchos como él. Otro año que se irá con más pena que gloria.

Mario seguirá siendo ese personaje que día a día va arrastrando su vida en dos carritos de supermercado, algo así como un migrante sin destino, preso de su pobreza, que disfruta a su manera de su propia libertad.

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