/ domingo 14 de enero de 2018

La familia que desafió a Duarte

Vecinos de San Rafael de Agostadero, obligados a abandonar casas y predios

Balleza.- Aquella noche de verano de 2010 caía sobre los verdes valles que acobijan a la comunidad de San Rafael del Agostadero, ubicada a media hora del municipio de Balleza, donde la familia Segura Cruz sobrevive en una pequeña casa de piedra en los límites del ejido. El viento, con su canto, chocaba con el río de Agujas, creando la ilusión auditiva de estar a unos pasos de la cascada más grande del mundo.

“Ahí vienen otra vez” avisó Jesús Segura a los 11 integrantes de su familia, quienes angustiados por la visita, callaron para pasar desapercibidos. Los perros ladraban, inquietos al escuchar los motores de las camionetas que recorrían a toda velocidad el inhóspito camino de tierra, rodeado de piedras y maleza.

El fuerte ruido que el viento provocaba en las láminas de su techo desconcertaba a la familia, que seguía en silencio en tanto los canes no cesaban sus ladridos; su olfato e instinto animal delataban la llegada de agentes ministeriales de Balleza que, como todas las noches, pasaban rápidamente por la entrada del Agostadero.

¿A dónde iban? ¿Qué hacían? eran preguntas cuya respuesta incierta se despejó esa noche, cuando el llamado a la puerta de la familia Segura se hizo presente con fuertes golpes.

“Venimos a ofrecerles dinero a cambio de sus tierras” gritó una voz grave con marcado acento norteño, a través de la pequeña puerta de madera. “No estamos dispuestos a negociar” contestó Jesús al abrir la entrada de su casa.

El visitante dijo llamarse Alejandro, quien iba en representación de su hermano César Duarte Jáquez, a una semana de haber sido electo por los ciudadanos como gobernador del estado.

“Como le dije, queremos estas tierras y estamos dispuestos a darle hasta 200 mil pesos por ellas, ¿cómo ve?” propuso el hombre, cuyo semblante marcado por una cicatriz en la frente no le restaba seguridad a sus palabras. A Jesús debió parecerle ridícula la cantidad ofrecida por sus casi 100 hectáreas, pues la suma sugerida no alcanza ni para una pequeña casa de interés social en el área limítrofe de la capital del estado.

El recién llegado argumentó la próxima construcción de una presa en la región, por lo que el desalojo de las familias del Agostadero era necesario para llevarla a cabo, a lo que el patriarca rarámuri contestó: “No me voy de aquí ni aunque el agua me llegue a la cintura”.

Así pasaron los días, los ministeriales llegaron para quedarse con las tierras de más de 10 familias agricultoras, que poco a poco fueron perdiendo sus propiedades. Diez, nueve, ocho… cinco, cuatro… una; se contaban a menos familias con el pasar del tiempo. Al inicio los pobladores fueron fuertes, no se doblegaban ante la presión del hermano del gobernador, sin embargo el miedo se apoderó de ellos, obligándolos a salir del lugar que los vio nacer, a dejar atrás todo aquello que llamaban hogar y a tratar de conseguir una nueva casa en Balleza, con tan sólo 200 mil pesos.

Los únicos sobrevivientes del lugar, la familia Segura Cruz, habita el poblado desértico, anteriormente llamado Agostadero de Jáquez, que se observa desolado en medio de montañas donde la señal telefónica se pierde en la corriente del río y los columpios se mueven sólo con la sinfonía del viento. Las casas parecen fantasmales, al igual que la pequeña escuela de la comunidad que ya no alberga risas ni sueños de pequeños que anhelaban convertirse en maestros o bomberos.

Han pasado más de seis años desde que Jesús Segura y su familia han luchado contra corriente, enfrentándose sin miedo a esa autoridad corrupta en la que un día confiaron. “Nosotros votamos por él, porque creímos que era gente de rancho, gente honesta… pero al final fue el que más nos hizo daño” asegura el agricultor de chícharo, maíz y frijol.

La vista se pierde entre las montañas que se observan hacia el sur del ejido; “todo eso que alcanza a ver y más, es propiedad de César” dicen tristes los integrantes de la familia, pues aseguran que los ballezanos, a través de la presión del exmandatario, les han ido quitado poco a poco sus tierras, tumbando cercos a la fuerza para quedarse con todo.

“¿Hasta dónde puede llegar tanta ambición?” se preguntan los sobrevivientes de Agostadero, quienes calculan que las tierras de Duarte Jáquez oscilan entre las 5 mil hectáreas. “Lo que quería César era sacarnos para quedarse con todo, quería que este ejido fuera su casa, su escape… donde pudiera descansar sin que nadie lo molestara; cuál presa ni qué nada, sólo quería deshacerse de nosotros, pero no pudo” asegura Rafael, hermano de Jesús, quien con paso firme ha luchado por lo que más ama: su familia y su hogar.

A veces los perros siguen ladrando de noche cuando ven pasar camionetas o personas ajenas al lugar; al parecer, aunque César Duarte ya no ronde por aquí, se siente como si su fantasma viniera a molestar a los Segura Cruz, presionándolos a abandonar sus tierras para poder sumar otras 50 hectáreas a las casi 5 mil que ya posee.

Escasos metros son los que se tienen que recorrer desde la casa de la familia para llegar al río, un río que separa los lujos de la necesidad, los excesos de la escasez y la abundancia de la precariedad. A 15 minutos tras cruzar el río, donde los más pequeños tienen prohibido visitar, se encuentra la primera propiedad grande de César Duarte, Rancho Medio, donde hace poco más de 10 años habitaba la familia Segura.

Tres casas de color café, acompañadas de una bodega, se encuentran abandonadas junto con camionetas y corrales vacíos, los cuales, como asegura Jesús, alguna vez tuvieron más de 20 cabezas de ganado.

Molinos de agua, paneles solares, pilas, maquinaria y el inicio de la famosa presa en “beneficio de la comunidad”, se encuentran en Rancho Medio, lugar que era habitado por vaqueros del exgobernador. “Aquí seguido se veía al gobernador, claro que no cruzaba todo el terreno feo que hay para llegar, él venía en su helicóptero” comenta Jesús, con un semblante triste al recordar aquellos años.

Un lugar decente y más grande de lo normal, pero nada fuera de los límites, es lo que salta a la mente cuando se observa el lugar. Cualquiera piensa: “Esto con trabajo digno y esfuerzo se puede lograr”. Sin embargo, el camino apenas comenzaba, los pastizales amarillos que bailaban como las olas del mar y los caminos estrechos escondían la propiedad más grande del lugar, un lugar que grita con voz propia “César Duarte Jáquez estuvo aquí”.

 

 

 

Balleza.- Aquella noche de verano de 2010 caía sobre los verdes valles que acobijan a la comunidad de San Rafael del Agostadero, ubicada a media hora del municipio de Balleza, donde la familia Segura Cruz sobrevive en una pequeña casa de piedra en los límites del ejido. El viento, con su canto, chocaba con el río de Agujas, creando la ilusión auditiva de estar a unos pasos de la cascada más grande del mundo.

“Ahí vienen otra vez” avisó Jesús Segura a los 11 integrantes de su familia, quienes angustiados por la visita, callaron para pasar desapercibidos. Los perros ladraban, inquietos al escuchar los motores de las camionetas que recorrían a toda velocidad el inhóspito camino de tierra, rodeado de piedras y maleza.

El fuerte ruido que el viento provocaba en las láminas de su techo desconcertaba a la familia, que seguía en silencio en tanto los canes no cesaban sus ladridos; su olfato e instinto animal delataban la llegada de agentes ministeriales de Balleza que, como todas las noches, pasaban rápidamente por la entrada del Agostadero.

¿A dónde iban? ¿Qué hacían? eran preguntas cuya respuesta incierta se despejó esa noche, cuando el llamado a la puerta de la familia Segura se hizo presente con fuertes golpes.

“Venimos a ofrecerles dinero a cambio de sus tierras” gritó una voz grave con marcado acento norteño, a través de la pequeña puerta de madera. “No estamos dispuestos a negociar” contestó Jesús al abrir la entrada de su casa.

El visitante dijo llamarse Alejandro, quien iba en representación de su hermano César Duarte Jáquez, a una semana de haber sido electo por los ciudadanos como gobernador del estado.

“Como le dije, queremos estas tierras y estamos dispuestos a darle hasta 200 mil pesos por ellas, ¿cómo ve?” propuso el hombre, cuyo semblante marcado por una cicatriz en la frente no le restaba seguridad a sus palabras. A Jesús debió parecerle ridícula la cantidad ofrecida por sus casi 100 hectáreas, pues la suma sugerida no alcanza ni para una pequeña casa de interés social en el área limítrofe de la capital del estado.

El recién llegado argumentó la próxima construcción de una presa en la región, por lo que el desalojo de las familias del Agostadero era necesario para llevarla a cabo, a lo que el patriarca rarámuri contestó: “No me voy de aquí ni aunque el agua me llegue a la cintura”.

Así pasaron los días, los ministeriales llegaron para quedarse con las tierras de más de 10 familias agricultoras, que poco a poco fueron perdiendo sus propiedades. Diez, nueve, ocho… cinco, cuatro… una; se contaban a menos familias con el pasar del tiempo. Al inicio los pobladores fueron fuertes, no se doblegaban ante la presión del hermano del gobernador, sin embargo el miedo se apoderó de ellos, obligándolos a salir del lugar que los vio nacer, a dejar atrás todo aquello que llamaban hogar y a tratar de conseguir una nueva casa en Balleza, con tan sólo 200 mil pesos.

Los únicos sobrevivientes del lugar, la familia Segura Cruz, habita el poblado desértico, anteriormente llamado Agostadero de Jáquez, que se observa desolado en medio de montañas donde la señal telefónica se pierde en la corriente del río y los columpios se mueven sólo con la sinfonía del viento. Las casas parecen fantasmales, al igual que la pequeña escuela de la comunidad que ya no alberga risas ni sueños de pequeños que anhelaban convertirse en maestros o bomberos.

Han pasado más de seis años desde que Jesús Segura y su familia han luchado contra corriente, enfrentándose sin miedo a esa autoridad corrupta en la que un día confiaron. “Nosotros votamos por él, porque creímos que era gente de rancho, gente honesta… pero al final fue el que más nos hizo daño” asegura el agricultor de chícharo, maíz y frijol.

La vista se pierde entre las montañas que se observan hacia el sur del ejido; “todo eso que alcanza a ver y más, es propiedad de César” dicen tristes los integrantes de la familia, pues aseguran que los ballezanos, a través de la presión del exmandatario, les han ido quitado poco a poco sus tierras, tumbando cercos a la fuerza para quedarse con todo.

“¿Hasta dónde puede llegar tanta ambición?” se preguntan los sobrevivientes de Agostadero, quienes calculan que las tierras de Duarte Jáquez oscilan entre las 5 mil hectáreas. “Lo que quería César era sacarnos para quedarse con todo, quería que este ejido fuera su casa, su escape… donde pudiera descansar sin que nadie lo molestara; cuál presa ni qué nada, sólo quería deshacerse de nosotros, pero no pudo” asegura Rafael, hermano de Jesús, quien con paso firme ha luchado por lo que más ama: su familia y su hogar.

A veces los perros siguen ladrando de noche cuando ven pasar camionetas o personas ajenas al lugar; al parecer, aunque César Duarte ya no ronde por aquí, se siente como si su fantasma viniera a molestar a los Segura Cruz, presionándolos a abandonar sus tierras para poder sumar otras 50 hectáreas a las casi 5 mil que ya posee.

Escasos metros son los que se tienen que recorrer desde la casa de la familia para llegar al río, un río que separa los lujos de la necesidad, los excesos de la escasez y la abundancia de la precariedad. A 15 minutos tras cruzar el río, donde los más pequeños tienen prohibido visitar, se encuentra la primera propiedad grande de César Duarte, Rancho Medio, donde hace poco más de 10 años habitaba la familia Segura.

Tres casas de color café, acompañadas de una bodega, se encuentran abandonadas junto con camionetas y corrales vacíos, los cuales, como asegura Jesús, alguna vez tuvieron más de 20 cabezas de ganado.

Molinos de agua, paneles solares, pilas, maquinaria y el inicio de la famosa presa en “beneficio de la comunidad”, se encuentran en Rancho Medio, lugar que era habitado por vaqueros del exgobernador. “Aquí seguido se veía al gobernador, claro que no cruzaba todo el terreno feo que hay para llegar, él venía en su helicóptero” comenta Jesús, con un semblante triste al recordar aquellos años.

Un lugar decente y más grande de lo normal, pero nada fuera de los límites, es lo que salta a la mente cuando se observa el lugar. Cualquiera piensa: “Esto con trabajo digno y esfuerzo se puede lograr”. Sin embargo, el camino apenas comenzaba, los pastizales amarillos que bailaban como las olas del mar y los caminos estrechos escondían la propiedad más grande del lugar, un lugar que grita con voz propia “César Duarte Jáquez estuvo aquí”.

 

 

 

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