/ lunes 21 de septiembre de 2020

Padre Israel narra cómo superó al COVID-19

Da testimonio de la enfermedad en la que muchos aún no creen, pide a la comunidad cuidarse

Cuauhtémoc, Chih.- El rector del Seminario de la Diócesis Cuauhtémoc-Madera, Padre Israel Gómez Mendoza, narró cómo fue el proceso de estar contagiado por COVID-19. El joven presbítero, quien está a cargo de la primera generación de futuros sacerdotes, puso superar la enfermedad e hizo un agradecimiento a quien le ayudó en este momento tan difícil de su vida, pero, además, hace un llamado a la población a cuidarse y creer que el virus, es real.

A través de su red social, el Padre Israel estuvo en contacto los días que la enfermedad le permitió, pero una vez sanado, aún recuperándose de las secuelas, escribió lo siguiente:

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Covisra.

El 16 de Agosto celebramos la Misa del Espíritu Santo. Nuestro Obispo, algunos sacerdotes, los seminaristas y sus familias, y algunos fieles de la parroquia y del patronato se hicieron presentes para dar ese “arranque” oficial de nuestro Seminario en el Centro Vocacional San Francisco. Ese día me sentía presionado, con un poco de tensión, empezaba para mí un reto nuevo para el que nunca me he sentido capaz. Estaba asustado. Y como en otras ocasiones en que la tensión me gana, empecé con los síntomas del resfriado. Por esos días varios de los 15 que vivimos aquí, mostramos síntomas. Nuestra doctora vino, nos consultó, nos recetó y todos poco a poco fueron recuperando la salud... menos yo. Mis resfriados siempre son difíciles. Terminé con el tratamiento médico pero los síntomas persistían y además otros iban apareciendo: me sentía cansado (pensé que era por el estrés), me dolían las articulaciones, tenía fiebre y con ello falta de concentración... me podía mucho la situación porque no estaba pudiendo responder al ministerio que apenas comenzaba. No tenía cabeza para nada. La doctora muy pronto pensó en Covid-19, pero un cultivo químico arrojó un negativo en el que nos confiamos y perdimos casi una semana más antes de tratarme el contagio. Finalmente me faltó la oxigenación en la sangre y mis pulmones mostraron algo de neumonía, lo que me llevo a la hospitalización.

La experiencia fue muy fuerte, primero porque la respiración me faltaba, empecé a necesitar respirar rápido, me tuvieron que poner oxígeno. Comenzaba el confinamiento. En el hospital Ángeles me recibieron como contagiado de Covid-19 en la madrugada del Domingo 30 de Agosto y fui llevado a un cuarto de aislamiento. Al día siguiente confirmaron el diagnóstico. Fueron nueve días de aislamiento, muchísimos piquetes para poner anticoagulantes y para sacar sangre, horas y horas de silencio y soledad, mucha dificultad para moverme, para girarme en la cama, para sentarme, tremenda fatiga para ponerme de pie, para ducharme o para caminar 15 pasos hacia el baño. Mis pulmones y mi hígado estaban inflamados, no podrían funcionar correctamente hasta conseguir su desinflamación. El tratamiento fue caro, pero me devolvió la salud. Además el aislamiento le suma a la precaria situación de salud. En esos nueve días no vi una sola cara. El personal de salud tiene que cuidarse y entran a la habitación completamente cubiertos y con rapidez, hacían cuanto debían y se iban. Fueron muy amables y muy humanos, pero debían autoprotegerse. A los tres o cuatro días de aislamiento sentí alucinar, estar encerrado es muy desgastante. También sentí miedo, no por perder la vida, pues de corazón espero el encuentro definitivo con el Señor, sino al pensar en las personas a las que pude haber contagiado y puesto en riesgo, principalmente a mis padres con quienes había estado un día antes, las gentes del seminario con quienes vivo. Las ideas también duelen.

Foto: Cortesía | Padre Israel

El tratamiento comenzó a funcionar y comencé a recuperar la capacidad respiratoria, proceso que aún continúo. Poco a poco fui sintiéndome mejor, fui pudiendo concentrarme, comencé a orar, a rezar, a leer, a celebrar la Eucaristía, a poder ponerle atención a la televisión y a leer los muchos mensajes que me enviaron.

Fue una experiencia dura, que me confrontó con mi realidad humana, que me hizo patente lo frágil que soy, lo finito, que me hizo sentir cerca el fin de mi vida. Ya hemos sabido de muchos que entraron al hospital en situaciones similares a la mía y ya nunca volvieron. Fui bendecido por Dios con la atención médica debida y la suficiente salud para luchar contra ese invasor de mi cuerpo. Fui bendecido por Dios con su Iglesia que me hizo sentir acompañado en la soledad del aislamiento, que me fortaleció con la oración, que me animó con la amistad, la fraternidad y la solidaridad cuando apareció la deuda, que me sostuvo con tantos y tantos gestos de cariño inmerecido.

Foto: Cortesía | Padre Israel

Hay muchas personas a las que debo agradecer por el bien que me han hecho (Dios me conceda agradecerles personalmente), pero hay una a la que le debo agradecer especialmente, es Claudia Yazel Pérez, que se ha portado conmigo como la hermana que no tengo y que, incluso arriesgando su salud, se ha puesto al servicio de este enfermo con toda la caridad, disponibilidad y corazón. Gracias Claudia por todo y por tanto, gracias también a Luis Carlos, su esposo y a sus hijas que la respaldaron en este apostolado caritativo que hizo conmigo y que, estoy seguro, el Padre Dios le tomará en cuenta. Gracias a cada uno de mis amigos y hermanos en la fe que se sintieron llamados a ayudarme económicamente para saldar la deuda que tengo en el Hospital. Gracias a todos por las oraciones y la cercanía. La caridad de todos ustedes atestigua la realización de la promesa de Jesús, aquella que dice: “Y todo el que haya dejado casas o hermanos o hermanas o padre o madre o hijos o bienes por mi causa recibirá cien veces más a cambio y heredará la vida eterna.” (Mt 19, 29). ¡Qué grande te has portado conmigo, Amada Iglesia! ¡No me arrepiento en nada de dedicarte toda mi vida!

Ahora, libre del virus y avanzando en mi recuperación, doy gracias a Dios que me libró de este mal y que me mostró cosas muy importantes en esta experiencia: que el dolor es un altar donde se puede presentar a Dios los propios sufrimientos como ofrenda, que si asocio el dolor a la cruz de Cristo éste adquiere sentido, que ni en el aislamiento estoy solo, que la fe se prueba en la dificultad, que la Iglesia está viva y ama a sus sacerdotes, que tengo los mejores amigos del mundo, que siempre escucha mi oración y que me ama.

Sigamos cuidándonos, el virus no es una broma, existe y puede llevarnos a la muerte. Ningún cuidado está por demás. Vale la pena hacer todo para protegernos y proteger a los nuestros.

Dios los bendiga a todos.



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Cuauhtémoc, Chih.- El rector del Seminario de la Diócesis Cuauhtémoc-Madera, Padre Israel Gómez Mendoza, narró cómo fue el proceso de estar contagiado por COVID-19. El joven presbítero, quien está a cargo de la primera generación de futuros sacerdotes, puso superar la enfermedad e hizo un agradecimiento a quien le ayudó en este momento tan difícil de su vida, pero, además, hace un llamado a la población a cuidarse y creer que el virus, es real.

A través de su red social, el Padre Israel estuvo en contacto los días que la enfermedad le permitió, pero una vez sanado, aún recuperándose de las secuelas, escribió lo siguiente:

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El 16 de Agosto celebramos la Misa del Espíritu Santo. Nuestro Obispo, algunos sacerdotes, los seminaristas y sus familias, y algunos fieles de la parroquia y del patronato se hicieron presentes para dar ese “arranque” oficial de nuestro Seminario en el Centro Vocacional San Francisco. Ese día me sentía presionado, con un poco de tensión, empezaba para mí un reto nuevo para el que nunca me he sentido capaz. Estaba asustado. Y como en otras ocasiones en que la tensión me gana, empecé con los síntomas del resfriado. Por esos días varios de los 15 que vivimos aquí, mostramos síntomas. Nuestra doctora vino, nos consultó, nos recetó y todos poco a poco fueron recuperando la salud... menos yo. Mis resfriados siempre son difíciles. Terminé con el tratamiento médico pero los síntomas persistían y además otros iban apareciendo: me sentía cansado (pensé que era por el estrés), me dolían las articulaciones, tenía fiebre y con ello falta de concentración... me podía mucho la situación porque no estaba pudiendo responder al ministerio que apenas comenzaba. No tenía cabeza para nada. La doctora muy pronto pensó en Covid-19, pero un cultivo químico arrojó un negativo en el que nos confiamos y perdimos casi una semana más antes de tratarme el contagio. Finalmente me faltó la oxigenación en la sangre y mis pulmones mostraron algo de neumonía, lo que me llevo a la hospitalización.

La experiencia fue muy fuerte, primero porque la respiración me faltaba, empecé a necesitar respirar rápido, me tuvieron que poner oxígeno. Comenzaba el confinamiento. En el hospital Ángeles me recibieron como contagiado de Covid-19 en la madrugada del Domingo 30 de Agosto y fui llevado a un cuarto de aislamiento. Al día siguiente confirmaron el diagnóstico. Fueron nueve días de aislamiento, muchísimos piquetes para poner anticoagulantes y para sacar sangre, horas y horas de silencio y soledad, mucha dificultad para moverme, para girarme en la cama, para sentarme, tremenda fatiga para ponerme de pie, para ducharme o para caminar 15 pasos hacia el baño. Mis pulmones y mi hígado estaban inflamados, no podrían funcionar correctamente hasta conseguir su desinflamación. El tratamiento fue caro, pero me devolvió la salud. Además el aislamiento le suma a la precaria situación de salud. En esos nueve días no vi una sola cara. El personal de salud tiene que cuidarse y entran a la habitación completamente cubiertos y con rapidez, hacían cuanto debían y se iban. Fueron muy amables y muy humanos, pero debían autoprotegerse. A los tres o cuatro días de aislamiento sentí alucinar, estar encerrado es muy desgastante. También sentí miedo, no por perder la vida, pues de corazón espero el encuentro definitivo con el Señor, sino al pensar en las personas a las que pude haber contagiado y puesto en riesgo, principalmente a mis padres con quienes había estado un día antes, las gentes del seminario con quienes vivo. Las ideas también duelen.

Foto: Cortesía | Padre Israel

El tratamiento comenzó a funcionar y comencé a recuperar la capacidad respiratoria, proceso que aún continúo. Poco a poco fui sintiéndome mejor, fui pudiendo concentrarme, comencé a orar, a rezar, a leer, a celebrar la Eucaristía, a poder ponerle atención a la televisión y a leer los muchos mensajes que me enviaron.

Fue una experiencia dura, que me confrontó con mi realidad humana, que me hizo patente lo frágil que soy, lo finito, que me hizo sentir cerca el fin de mi vida. Ya hemos sabido de muchos que entraron al hospital en situaciones similares a la mía y ya nunca volvieron. Fui bendecido por Dios con la atención médica debida y la suficiente salud para luchar contra ese invasor de mi cuerpo. Fui bendecido por Dios con su Iglesia que me hizo sentir acompañado en la soledad del aislamiento, que me fortaleció con la oración, que me animó con la amistad, la fraternidad y la solidaridad cuando apareció la deuda, que me sostuvo con tantos y tantos gestos de cariño inmerecido.

Foto: Cortesía | Padre Israel

Hay muchas personas a las que debo agradecer por el bien que me han hecho (Dios me conceda agradecerles personalmente), pero hay una a la que le debo agradecer especialmente, es Claudia Yazel Pérez, que se ha portado conmigo como la hermana que no tengo y que, incluso arriesgando su salud, se ha puesto al servicio de este enfermo con toda la caridad, disponibilidad y corazón. Gracias Claudia por todo y por tanto, gracias también a Luis Carlos, su esposo y a sus hijas que la respaldaron en este apostolado caritativo que hizo conmigo y que, estoy seguro, el Padre Dios le tomará en cuenta. Gracias a cada uno de mis amigos y hermanos en la fe que se sintieron llamados a ayudarme económicamente para saldar la deuda que tengo en el Hospital. Gracias a todos por las oraciones y la cercanía. La caridad de todos ustedes atestigua la realización de la promesa de Jesús, aquella que dice: “Y todo el que haya dejado casas o hermanos o hermanas o padre o madre o hijos o bienes por mi causa recibirá cien veces más a cambio y heredará la vida eterna.” (Mt 19, 29). ¡Qué grande te has portado conmigo, Amada Iglesia! ¡No me arrepiento en nada de dedicarte toda mi vida!

Ahora, libre del virus y avanzando en mi recuperación, doy gracias a Dios que me libró de este mal y que me mostró cosas muy importantes en esta experiencia: que el dolor es un altar donde se puede presentar a Dios los propios sufrimientos como ofrenda, que si asocio el dolor a la cruz de Cristo éste adquiere sentido, que ni en el aislamiento estoy solo, que la fe se prueba en la dificultad, que la Iglesia está viva y ama a sus sacerdotes, que tengo los mejores amigos del mundo, que siempre escucha mi oración y que me ama.

Sigamos cuidándonos, el virus no es una broma, existe y puede llevarnos a la muerte. Ningún cuidado está por demás. Vale la pena hacer todo para protegernos y proteger a los nuestros.

Dios los bendiga a todos.



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